Los inmortales del momento

Aquel capitán don Alonso de Contreras

Ejerció en tiempos del reinado de los Austrias una vida de aventura y truhanería que sería calificada por el filósofo Ortega y Gasset como “ejemplo superlativo y químicamente puro del hombre aventurero”.

Desde que en una riña de colegiales mató a un condiscípulo con un llamado “cuchillejo de escribanías” y huyó por caminos y pueblos de la España y del mundo del siglo XVII, don Alonso de Contreras (Madrid 1582-…1641) ejerció en tiempos del reinado de los Austrias una vida de aventura y truhanería que, aunque su crónica es mestiza entre testimonio y ficción, sería calificada por el filósofo Ortega y Gasset —que la editó con el muy prestigioso sello de la Revista de Occidente— como “ejemplo superlativo y químicamente puro del hombre aventurero”. El libro, que fue escrito en 1630 en casa del gran poeta don Félix Lope de Vega, quien apadrinaba literariamente a don Alonso, fue por primera vez impreso en 1900 y muchas veces reeditado en varios idiomas.

Durante su azañosa errabundia en la que se empleó de soldado, de corsario, de agente secreto y otras innumerables actividades, muy pocas de ellas exentas de turbulencia y turbiedad, Alonso de Contreras cruzó el mar Mediterráneo y el de las Nuevas Indias, pisó tierras de Italia, combatió y se integró a naves pirata en aguas de Berbería, guerreó con holandeses y turcos, fue colega del pirata Caradalí, recorrió las rutas marineras y, según dice, “todo el Levante, Morea y Natolia y Caramanía y Suria y Africa, hasta llegar al Cabo Cantí en el mar océano e islas de Candía y Chipre y Cerdeña y Mallorca y Menorca, hasta Cartagena y costas de España y desde Cabo San Vicente, Sanlúcar y Gibraltar, hasta otra vez Cartagena y de ahí a Barcelona, costa de Francia y Génova y Liorna y Nápoles hasta el golfo de Venecia…”.

Espadachín a sueldo o por mero amor al arte de la riña, don Alfonso tuvo en una posada un cruce de espada y cuchillo (de cocina) en el cual ensartó mortalmente al cocinero y hubo de escapar a Sicilia, donde lo persiguió la justicia del virrey, por lo cual debió huir a Nápoles, donde se enroló con los secuaces del Duque de Palermo y, tras una gran trifulca de banderías que produjo muchos muertos y heridos, escapó a Malta, donde lo hicieron caballero de la Orden de San Juan, con hábito y cruz. Pero no tardó en volver a las andadas, a las navegadas, a las espadachinadas, y sedujo, ¿o secuestró?, a la concubina húngara del caudillo Solimán de Catania, quien le prometió atraparlo y hacerlo sodomizar y empalar por seis esclavos (ni uno menos).

En otro retorno a España, le acaeció un asunto sentimental en el que resultó un confeso cornudo, lo cual parece desdecir de la figura de un autoglorificado aventurero, y lo relataría en modo tanto más feroz cuanto más veloz:

“Yo tenía un amigo del alma. Entraba en mi casa como yo mismo y fue tan ruin que comenzó a poner los ojos en mi mujer, que yo tanto amaba. La mala fortuna quiso que yo los cogiera [es decir: los atrapara] juntos y se murieron [es de suponer que con intervención de Contreras]. Téngalos Dios en el cielo si se arrepintieron en aquel trance”.

“Trance” que debió doler moralmente al capitán, pues, haciéndose asceta por un tiempo, mendigaba en las encrucijadas y comía tres días a la semana un bodrio de pan, aceite, ajos y hierbas. Las autoridades, creyéndolo un moro levantisco, lo encarcelaron, lo enjuiciaron, y cuando al fin obtuvo la libertad, sirvió en la milicia de Flandes y ejerció de espadachín mercenario en Borgoña, donde, ahora acusado de espía, estuvo a punto de ser ahorcado.

La carrera de Contreras reverdecía siempre en turbulencia. En Madrid fue detenido por apuñalar a una amante; en Roma y en Osuna lo envenenaron envidiosos de su fama y de su esgrima; en Nola se salvó a piernas del eruptivo Vesubio; en la isla Pantanalea casi lo lincharon por desempeñar una turbia gubernatura; en aguas de Puerto Rico dizque puso en fuga a un tal corsario que él llamaba Watarraily a quien los ingleses solían llamar Walter Raleigh.

Contreras murió en 1641 a los 58 años de muy curtida edad. Dejaba inédita la trepidante autobiografía titulada (¡paciencia, lector!): Vida, nacimiento, padres y crianza del capitán Alonso de Contreras, natural de Madrid, Caballero del Orden de San Juan, Comendador de una de sus encomiendas en Castilla, escrita por él mismo/ oDiscurso de mi vida desde que salí a servir al Rey, de edad de catorce años, que fue el año de 1597, hasta el fin del año de 1630, por primero de octubre, que comencé esta relación.

En El Rey sin reino, comedia “de capa y espada”, Lope de Vega glorificó al amigo aventurero en ristras de rimas inusitadamente desabridas en tan genial pluma:

Puso el valor natural

pleito al valor heredado,

por más noble, más honrado,

más justo y más principal;

siendo la verdad fiscal,

probó el natural valor

la fama, laurel y honor

de Contreras en España

y por la menor hazaña

tuvo sentencia a favor.