Los inmortales del momento

El caballero armado retorna

“Cuéntanos la historia de tu primera o última guerra, y sabremos la historia de todas las guerras: de las que fueron, de las que son, de las que serán”.


Mi espada, mi lanza, mi casco, mi caballo, mi perro, mi fe en Dios. Soy un caballero cristiano, el paradigma del Soldado de Cristo que veis en este grabado, Ritter, Tod und Teufel, que hizo Dürer en 1513, y gracias al cual viviré en una suerte de inmortalidad que vosotros (hombres del siglo XXI, dizque muy modernos, muy técnicos, muy civilizados) llamaríais mera inmortalidadvirtual. Y gracias a Dürer, yo perduraré como un soldado de todos los tiempos, pues por donde mi caballo pisó por siglos en tierras enemigas no ha crecido más la hierba. He combatido en todas partes donde se ofendía a Dios, he militado en guerras santas, he castigado a hierro y a fuego a los reacios a la Fe única, fuesen hombres o mujeres, viejos o niños. Estoy en el mediodía de mi edad y en mi aquilino perfil podéis percibir mi viril ánimo. Heme aquí varón de estirpe superior, forjado en el yunque de la guerra, la pasión de los fuertes, único rito que sé y quiero oficiar. A caballo y envuelto en polvo, sudor y hierro, vengo de muchas guerras e iré hacia todas las guerras de fe, de conquista, de represalia y castigo. He vivido mañanas de estruendo y furia y noches de crispada vigilia, he sufrido heridas y agonías y siempre las he vengado, he sobrevivido a batallas y escaramuzas y emboscadas, y por el solo esfuerzo de mi corazón y de mi brazo he ganado tierras que he ido dejando tras de mí, en busca de otras más. La armadura en que habito es mi otra piel formada por la guerra.

Me veis un tanto cansado y adusto, y he de confesaros que lo estoy, pues llevo andados muchos caminos. No he dormido desde no sé cuantas noches o no he cerrado los párpados en esta sola y larga noche, una noche de enfiladas noches en que he debido atravesar este bosque donde
la noche es aún más densa, esta noche de los que parece que al fin estoy saliendo para poder, entre peñascos y breñales, avistar mi castillo... Pero...

Pero, mi castillo, ay, qué lejano lo veo. ¿Llegaré a él? ¿Estará allí mi dama, mi reposo del guerrero, esperándome desde no sé cuántos años? ¿Estará esperando el chirrido de la llave que, abriendo el cinturón de hierro, liberará su coño? ¿La poseeré como a una ciudad vencida, toda ella en fuego ardiendo? Pero...

¿Quiénes son estos innobles y malignos seres que no sé desde cuándo me acompañan? Quién si no la Muerte de collar de zumbantes serpientes y de calavera, que me enseña el reloj de arena, me profetiza la última de mis horas y me dice Omnes Feriunt, Ultima Necat: Todas Hieren, la Última Mata; quién más sino el bizco Demonio, entre perruno y porcino, a la zaga de mi cabalgadura a la que hostiga con su propia lanza. Y solo me sostengo gracias al noble bruto que monto: mirad su mirada casi humana que se pierde más allá de este grabado. ¿Acaso presiente que me encamino hacia mi última hora? ¿Es que este retorno es un final, y va a acabarse la que creía la inacabable fiesta de la cabalgata, del ataque, del asalto y el alarido? ¿Será que está venciéndome el tiempo medido según los granos que caen en el seno inferior de ese reloj de arena? ¿Será que la Muerte de todos ya me tiene cantada la mía y el Diablo no tardará en presentarme la cuenta por haber sido mi cómplice en el pecado, la depredación y el crimen? ¿Será que en ese ahora tan lejano castillo (que ya no sé si fue mío, si solo es una ilusión, o al menos si se puede llegar a él) me esperan la Muerte y el Demonio, de los cuales este viejo desdentado al lado mío y esa babeante bestia atrás de mí serían meras anticipatorias representaciones? No sé, pero, sabedlo, hombres flojuchos y mujeriles de un siglo futuro, hombres que ya no sabréis matar y delegaréis esa misión en aparatos y bombas: todavía no estoy derrotado ni prometido a la Muerte y al Demonio, aunque me veáis inmóvil en este grabado.

Así desde el silencio del grabado nos habla el duro Caballero medieval. Quizá alguien le dijo un día:

“Cuéntanos la historia de tu primera o última guerra, y sabremos la
historia de todas las guerras: de las que fueron, de las que son, de las que serán.”