Los inmortales del momento

El asesinato del cisne

“Ve a su verdugo, baja el cuello, intenta escapar zambulléndose en el río, pero el águila, atacando con el pico desde abajo de la víctima, le dispara picotazos al vientre y a las alas, obligándola a permanecer en vuelo”.

Hace años copié a mano una terrible y hermosa página ajena que titulé “El asesinato del cisne” y la guardé, pero olvidé anotar el autor. Pensaba yo que sería el poema en prosa de alguien muy influido por los Cantos de Maldoror de Isidore Ducasse, el “Conde de Lautréamont”, pero pasando el tiempo llegué a creer que el texto era mío pues un insomnio me habría hecho poeta momentáneo.

Esta es la página:

“En el otoño, cuando millares de aves huyen del norte hacia cielos soleados, que tu barca se abandone a la corriente del Mississippi. Cuando veas dos árboles más altos que los demás, y uno frente al otro en opuestos márgenes, detén el esquife y mira hacia arriba. Verás un águila, que, posada en una rama cimera, escudriña toda la extensión de las aguas escuchando los más leves ruidos del paisaje. En el árbol aún más alto de la orilla opuesta se halla de centinela el águila hembra, que de vez en vez lanza un agudo grito para pedir paciencia al macho, y éste, inclinando el pico y batiendo las alas, responde con un graznido que es como la siniestra risa de un loco. Patos silvestres, pollas acuáticas y avutardas huyen en apretados batallones arrastrados por el río. Por fin las águilas acechantes oyen el aleteo de un ave que viene volando alta sobre las aguas y emitiendo un canto como el soplo de una ronca trompeta. Es el canto del cisne. Con un grito de dos notas, la hembra del águila avisa al compañero, que se estremece y se prepara al ataque picoteándose el plumaje. Ya va a lanzarse en vuelo.

“El cisne, blanco como la nieve, se acerca adelantando el largo cuello y con ojos inquietos. El precipitado aleteo apenas basta a sostenerle el cuerpo, y sus patas no son visibles por ir replegadas contra el vientre. Se oye un grito de guerra y el águila arranca, veloz como el relámpago. El cisne ve a su verdugo, baja el cuello, intenta escapar zambulléndose en el río, pero el águila, atacando con el pico desde abajo de la víctima, le dispara picotazos al vientre y a las alas, obligándola a permanecer en vuelo. Esta táctica de agresión rara vez le falla al ave de presa. El cisne se debilita, se cansa, pierde la esperanza de salvarse. Su verdugo, temiendo que se hunda en el río, le da un hondo arañazo bajo un ala y lo precipita en caída oblicua hacia una orilla.

“No se puede contemplar sin espanto el triunfo del águila: aletea y aúlla de alegría, baila sobre la moribunda presa, le hunde las garras en el pecho, bebe del corazón abierto, levanta hacia el cielo la calva cabeza y los ojos inflamados de sangre y orgullo. La hembra se junta al macho y los dos agujerean el pecho de la víctima y se sacian de sangre caliente”.

Un día me llegó a las manos un facsímil del libro The Birds of North America, del estadunidense John James Audubon (nacido en Haití en 1785, y muerto en Nueva York en 1851), que fue a la vez un científico naturalista, un pintor de la escuela del neoclásico Jean-Jacques David, y un escritor de libros de observación de la naturaleza, que aunque solían retratarlos con una escopeta, presumía de cazar las aves con la sola mirada y así compuso los cinco volúmenes de sus “biografías ornitológicas” con prosa documental y en momentos casi lírica, y con 435 láminas en colores en que retratan a 1150 aves norteamericanas. Obra monumental por su valor científico, literario y artístico, Las aves de Norteamérica fue celebrada por el zoólogo Georges Cuvier como “el más bello monumento que el arte y las letras hayan elevado en homenaje a la Naturaleza”. Y de ahí venía el texto que quizá traduje de alguna antología de Audubon.

La briosa página comienza con un casi teatral paisaje natural y termina como el tenso espectáculo de una feroz coreografía aérea en la cual, como un matrimonio macbethiano, la pareja de águilas acecha, persigue, hiere, mata al cisne, y luego, en el cruento festín, baila su danza triunfal en torno a ese ángel de las aves del que diría Mallarmé que ni su blancura defendía.