Los inmortales del momento

Los anarquistas rusos y la escoba de hierro

En febrero de 1921 se vio en Moscú una última gran manifestación anarquista. Veinte mil hombres, entre ellos algunas mujeres, bajo la nevada y entre banderas negras y pancartas con lemas ácratas y frases contra el Estado bolchevique, desfilaron por una gran avenida tras el ataúd de Kropotkin, el aristócrata que había desertado de su clase para entregarse a la lucha libertaria. Ante su tumba, Aaron Baron profirió un discurso denunciatorio del nuevo despotismo, de los verdugos que actuaban en los sótanos en nombre del comunismo y de la violencia social que manchaba a la revolución.

La prensa europea adicta o favorable al bolchevismo publicó fotos de la manifestación como pruebas de que en la joven patria del socialismo se respetaba la disidencia y no se reprimía a los izquierdistas renuentes a la “dictadura del proletariado” de signo marxista-leninista, pero ese pío periodismo omitía el detalle de que en el mismo día la casi totalidad de los manifestantes había sido devuelta a las prisiones de las que Lenin les había permitido salir para la manifestación luctuosa, aunque estrictamente controlados por la joven policía. Con el idéntico recato, esas mismas publicaciones callaron, poco tiempo después, la desaparición de Baron y su mujer, Fenia, en la red de sótanos del nuevo régimen político.

Este es solo un episodio de la historia de la revolución comunista en los tiempos en que, según Trotski, era necesario barrer con escoba de hierro —la frase es suya— a esas rémoras: los socialistas libertarios, aun si éstos habían colaborado en la revolución. Fueron días en que, según la doméstica pero enérgica expresión de Trotski, se barría con dicha escoba a todos los que disintieran del proyecto marxista-leninista. La represión en nombre del credo instituido e impuesto para la “patria del proletariado” tomaba las formas expeditas del destierro, los campos de alambrada, el tiro en la nuca o el fusilamiento secreto.

Un ala “crítica” del movimiento marxista mundial ha pretendido que el régimen político asentado por la revolución marxista-leninista iba muy bien hasta que, pocos años después, casi por generación espontánea o por algunos meros “errores”, ocurrió una desviación llamada estalinismo (en honor de Stalin, el opaco secretario general del partido que un día sería consagrado padrecito de los pueblos… sometidos). El 25 de febrero de 1956, en el vigésimo Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, su máximo dirigente, Nikita Jruschov, hizo temblar las carnes de la madre Historia cuando denunció el modo siniestro en que el estalinismo consolidó el sistema en Rusia y países adláteres.

Pero, a pesar de esas más o menos escrupulosas revisiones del evangelio comunista al modo estaliniano, se sabe que ya desde hacía algún tiempo la “desviación” no comenzó con el ascenso de un opaco secretario general del partido hacia la estructura burocrática, militar y policial de un candoroso Estado de los trabajadores. El totalitarismo bolchevique ya se había estrenado desde los inicios del régimen soviético con la actuación de Lenin, Trotski y un vasto y exigente comisariazgo. La represión de otras tendencias políticas se inició desde los primeros años de la nueva sociedad. Los anarquistas rusos, aun los que habían contribuido de modo importante a la revolución, fueron de los primeros en ser barridos. De una sistemática corriente de deliberado olvido los rescató en gran parte el libro La revolución desconocida, de Volin.

A pocos días del funeral de Kropotkin, es decir, el 28 de febrero de 1921, la marinería de la flota de guerra surta en Cronstadt, apoyada por la gente del puerto, manifestaba su solidaridad con los obreros huelguistas de Petrogrado, protestaba contra el comisariazgo y pedía la liberación de los alimentos. La respuesta que dieron Lenin y Trotski fue una campaña de difamación contra los “insurrectos” y una dura represión. El segundo, aficionado a la escopeta de caza, fue contundente: “¡Ríndanse o los acribillaremos como a conejos!”, y el símil venatorio fue traducido a fusilamientos masivos en las que perecieron no pocos libertarios.

La “insurrección” de Cronstadt, en la que hubo gente de muy diversas tendencias, incluso marxistas y comunistas, pero sobre todo anónima gente del lugar, no fue en conjunto una rebelión anarquista, aunque los libertarios participaron muy activamente en ella. Allí como en Petrogrado se había buscado aplicar realmente, desde las bases laborales, el poder de los soviets entendidos como organizaciones genuinas de trabajadores. La represión desatada por la revolución petrificada en Estado, que profetizó Bakunin cuando fue expulsado por los marxistas de la Segunda Internacional, revelaba que la consigna bolchevique era clara y contundente: todos los soviets como propiedad del Partido Comunista. Con el “episodio” de Cronstadt el monolito social, político, totalitario, estaría ya concretándose. 

(Continuará)