Los inmortales del momento

El acertijero Dante Alighieri

Solo podemos conjeturar que Dante se había divertido inventando el depravado argot de los demonios como un momento de relajo para el lector acaso abrumado por obra tan terrible. 


Los diversos modos del enigma verbal han fascinado por siglos a los italianos y todavía hasta hace poco los puestos de periódicos de Roma exhibían un rico surtido de publicaciones dedicadas a los pasatiempos: acertijos, charadas, palíndromos, anagramas, crucigramas, logogrifos, alegorías,  etcétera, presentados con esmero gramatical, literario y tipográfico, y a veces compuestos con tanto ingenio que se podía sospechar tras el seudónimo a algún autor glorioso. Desde sus comienzos, es decir desde el momento en que abandonó el latín por el idioma toscano o vulgar, la lengua italiana ha producido distinguidos autores que no desdeñaban practicar los juegos verbales, comenzando por el más ilustre, el autor de la obra mayor, central, esencial, de las letras de Italia: Dante Alighieri.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua define la alegoría como una “ficción en virtud de la cual una cosa representa o significa otra diferente”. Esa definición  también podría ser la de la adivinanza, que el mismo tumbaburros de dicha academia define con una sola palabra: acertijo. Y una enorme vegetación de alegorías, adivinanzas o acertijos nos espera desde el comienzo de La divina comedia, esa especie de novela en clave rimada en 4,777 tercetos de endecasílabos, que comienza así:

Nel mezzo del cammin di nostra vita

mi ritrovai per una selva oscura

che la diritta via era smarrita.

[En medio del camino de nuestra vida

me hallaba en una selva oscura,

pues había perdido la recta vía.]

Entonces ya de entrada tenemos ese primer enigma: “En la mitad del camino de nuestra vida”. ¿Cómo podía saber Dante cuántos años iba a vivir? Los eruditos suponen que ese primer verso se refiere a la mitad de los setenta años de vida física que la Biblia aconsejaba vivir a los hombres prudentes, y que por tanto Alighieri situaba la acción de su poema en el año 1300, en el que tenía treinta y cinco (con lo cual ese mismo verso es también una apuesta: viviré setenta años). Luego, el autor (que, como algunos cineastas de la llamada politique des auteurs, es también el protagonista y el responsable de la puesta en escena) nos cuenta que se había extraviado “en una selva oscura”, quizá significando que su espíritu, oscurecido por las controversias que dividían a sus contemporáneos en asuntos tan graves como la política y la religión, no sabía por dónde encontrar la verdad, pues no iba por la vía intelectual correcta. Tercetos después, brota una pantera que le obstruye el camino y lo asusta, y esto, en el plano moral, puede aludir a la lujuria y, en el plano político, a Florencia metida en la querella entre los güelfos, partidarios del Papa, y los gibelinos (los afiliados a los emperadores alemanes); y, también alegórico y adivinables, entran en escena un león que en su soberbia representaría a la orgullosa casa de Francia y una loba que simbolizaría la avaricia de la curia papal.

Y ya que toda la dantesca tournée por el Infierno, el Purgatorio y el Cielo sigue en el mismo estilo emblemático y enigmático, no nos extrañe que generaciones de especialistas en Dante, más algún pedante, hayan erudita y heroicamente fatigado la obra para explicarse hasta el más trivial de los detalles en el que podrían agazaparse un acertijo u otra imagen alegórica. Esa multitudinaria búsqueda ha producido un gran acopio de aclaratorias notas al pie de página en innumerables ediciones de la Comedia, pero he aquí que en el íncipit del canto VII del “Infierno” se atraviesa, inquietante bloque caído de un desastre oscuro (si es que no espina atorada en el gaznate), un famoso y endemoniado endecasílabo, emitido en la estremecedora invocación rugida por la voz de “Pluto, il gran nemico”:

¡Papè Satân, papè Satân aleppe!

Verso que nadie, aun consultando diccionarios de lenguas vivas, de lenguas muertas, de lenguas zombis, de lenguas rayadas, y aun usando todos los métodos de interpretación simbólica, alegórica, metafórica, etcétera, ha podido desentrañar, o siquiera desextrañar, de tal modo que finalmente habríamos de admitirlo como una especie de jitanjáfora, esto es (según Alfonso Reyes, que no inventó pero sí instituyó el género) una combinación silábica sin sentido, un lenguaje puramente eufónico, un diabólico blablablá. Y solo podemos conjeturar que Dante se había divertido inventando el depravado argot de los demonios como un momento de relajo para el lector acaso abrumado por obra tan terrible, seria y ¿divina o humana, demasiado humana?