Los inmortales del momento

Visitantes desde la noche al alba

Como le pareció que prohibir a sus queridos súbditos el soñar sería una medida demasiado dura y bárbara, dispuso que se gravaran los sueños con un impuesto acorde con los ingresos de cada soñador.

En la alta noche propicia a la duda, al insomnio, a la alucinación, cuando te miras al espejo y, sintiéndote aburrido de encontrar el mismo rostro de siempre, haces unas cuantas muecas para distraerte un poco poniéndote una cambiante máscara de carnaval, ocurre una suerte de silencioso clic en tu pensamiento y empiezas a ver que tu rostro se multiplica en otros rostros que susurran sus historias, exigiéndote que las
cuentes. Y con ese susurro a su vez ocurren imágenes que, si no las escribes, pero también si las escribes, te mantendrán despierto hasta más allá de que ocurra la luz del día.

Desordenados para no someterse a la Historia como una vacua colección de fechas e imágenes fijas, aquí van algunos de los personajes que te visitan en un escenario como el del cuadro de René Magritte.


Atila

Batalló con sus huestes en estepas fogosas o heladas y en praderas y en bosques umbríos; fue el terror de su siglo y venció imperios de Oriente y Occidente, pero, como por donde pisaba su caballo no volvía a brotar la hierba, descubrió un día que su verdadero, obstinado e invencible perseguidor era el Desierto.

Narciso

En todas partes donde encontraba un espejo se detenía largo rato a contemplarse, pero su mala suerte quiso que un día encontrara un espejo vampiro, en el que se miró y admiró tanto rato que su mismo reflejo lo fue sorbiendo, nutriéndose de él y creando en el cristal su imagen cada vez más hermosa pero más evanescente, hasta que el Narciso de carne y hueso desapareció y desde entonces el espejo solo refleja una habitación vacía.

El intruso

Aprovechando que Dios, tras haber trabajado seis días de la semana en la creación del Mundo, se había tomado el domingo y retirado a descansar, el Diablo entró en la Tierra y fundó la Historia.

Teseo

Días y noches y años dando vueltas con la espada oxidándosele en la mano buscó al monstruo en el laberinto y murió de hambre y fatiga sin saber que allí no había más monstruo que el mismo Laberinto.

Un tirano ilustrado

Como le pareció que prohibir a sus queridos súbditos el soñar sería una medida demasiado dura y bárbara, el tirano dispuso que se gravaran los sueños con un impuesto acorde con los ingresos de cada soñador.

Diógenes

—¡Vaya con ese filósofo tan exigente! —dijo el que había visto el suceso—. Iba como de costumbre con su linterna en busca de un verdadero hombre, topó con el espejo de la puerta de la barbería... miró a Diógenes... y siguió de largo, buscando, como de costumbre.

Orfeo

Habiendo perdido a Eurídice, la lloró largo tiempo, y su llanto fue volviéndose canciones que encantaban a todos los ciudadanos, quienes le daban monedas y le pedían encores. Luego fue a buscar a Eurídice al infierno, y allí cantó sus llantos y Plutón escuchó con placer y le dijo:

—Te devuelvo a tu esposa, pero solo podrán los dos salir de aquí si en el camino ella va atrás de ti y nunca te vuelves a verla, porque la perderías para siempre.

Y echaron los dos esposos a andar, él mirando hacia delante y ella siguiéndolo.

Mientras andaban y a punto de llegar a la salida, recordó Orfeo aquello de que los Dioses infligen desgracias a los hombres para que tengan asuntos que cantar, y sintió nostalgia de los aplausos y los honores y las riquezas que le habían logrado las elegías motivadas por la ausencia de su esposa.

Y entonces con el corazón dolido y una sonrisa de disculpa volvió el rostro y miró a Eurídice.

Poe

El poeta Edgar Allan Poe vagaba borracho por Baltimore. Era día de elecciones locales y los partidarios de un candidato se apoderaban de los vagabundos, los mendigos y los borrachos y los llevaban por todas las casillas de votación para que llenaran y firmaran papeletas y las depositaran en las urnas. Así, Poe votó innumerables veces por un hombre que no conocía y que seguramente lo hubiera expulsado de aquel condado por malas costumbres.

Cinco días después, Poe moría tras una agonía delirante en el hospital público de la ciudad. Acaso el candidato por el que votó repetidamente salió electo gracias al apoyo de las muchas papeletas de Poe. Lo que ciertamente no habrá llegado a saber es que esa vez, además del escritor, votaron sus fantasmas, los Poes que había en él y que siempre deseaba ahogar en el alcohol.