Los inmortales del momento

Villa y Zapata y el fulgor

“Hubo un ratito en que hablaron muy bajo y yo creo que compitieron en hacer cuentas y en presumir de todos los cabrones a los que les habían dado a balazos su quietud ya para siempre”

En la foto del archivo de los hermanos Casasola y de 1914 están el general Francisco Villa, de uniforme militar y el kepís entre las piernas, y el general Emiliano Zapata, de atuendo de caballerango y sosteniendo con la mano el puro y el copudo sombrero campirano sobre una rodilla. Al lado izquierdo de Zapata y en el lado derecho de la foto se halla el lugarteniente Otilio Montaño con una venda o un pañuelo ciñéndole la frente quizá herida. Y todavía más a la derecha hay un hombre de pie, que quizá sea un oficial villista, con el sombrero puesto y apoyando un brazo en el hombro de un individuo que tiene lentes y un lápiz en una mano (¿un reportero?). Los otros allí presentes, todos hombres, menos una mujer que acaso es una activista revolucionaria, han quedado en el ícono histórico como comparsas momentáneos y sin nombre.

Es de notar que en la imagen hay por lo menos dos niños o muchachos a los lados de los caudillos. Uno asoma el rostro ojiabierto junto a la silla protagónica, mientras el otro, atrás de Zapata, entrecierra fuertemente los ojos como fusilado por el flash del magnesio. Yo sé que las fotos, aunque informan de mucho, son mudas y sordas, pero me permito “escuchar” el susurro de uno de esos chamacos metidos furtivamente al Palacio y a esa imagen:

“Posí, nos colamos al Palacio yo y el otro chamaco, que ya ni me acuerdo de cómo se llamaba, y estuvimos allí junto al general Villa y el general Zapata, y eso nadie nos lo puede quitar, ainomás donde ustedes nos ven estamos con don Pancho y don Miliano en el mero documento fotográfico (como dicen), y no es por presumir, pero, lo que sea de cada quien, les oíamos lo que se estaban diciendo los dos grandes generales, y ustedes se preguntarán si, así como los agarró la foto, mi general Villa estaría diciendo un chiste o ufanándose de sus victorias en el Norte, o si mi general Zapata le replicaría con sus propias victorias en el Sur, o elogiaba su caballo contra el de Villa, o diría alguna otra cosa, pero no un chiste pues bien serio que era el Miliano, eso como que luego luego se ve, ¿no?, y hubo un ratito en que hablaron muy bajo y yo creo que compitieron en hacer cuentas y en presumir de todos los cabrones a los que les habían dado a balazos su quietud ya para siempre, o quién sabe, pero lo que puedo decir es que cuando ya se estaban levantando de las sillas mi general Villa nos dijo, y se adivinaba que algunas de sus palabras las decía con mayúscula:

“Vénganse con nosotros, chamaquitos, vengan a hacer la Revolución, yo les doy un cuaco y una carabina 30-30 y mis hombres los van a enseñar a pelear y a cantar corridos y la van a pasar a todas mechas haciendo Justicia y haciendo Historia con los que de veras inventamos la Revolución para dar libertad y pan o cuantimenos tortillas a todos los pobres del país, tal como lo demanda la Patria, y tengan en cuenta que la Historia, o sea la Eternidá, va a pasar lista y los que se rajaron se quedarán no solo fuera de las fotos como las que nos acaban de tomar, sino además, y lo que es peor, fuera de la Historia o sea de la Inmortalidá.

“Y le prometimos a mi general Villa y a mi general Zapata que sí, que nos iríamos con ellos, y el otro cuate quién sabe qué hizo, a dónde se fue, pues ya no lo volví a ver, y yo me regresé a la casa a decirles a mi mamá y mis hermanos que me iba a revolucionar el país, pero ellas, que solo me tenían a mí para conseguirles de qué comer (pues de mi papá ya hacía tiempo que no se sabía de él, quién sabe si era soldado de los contrarios), me rogaron que me quedara, y, chin, ni modo, me quedé, pero de que estoy en la foto histórica, pues sí, eso ya nadie me lo quita, y a veces me he preguntado si yo no era el otro chavo, el que cierra los ojos por el fulgor, y que tal vez se fue con un cuaco y una 30-30 a revolucionar el país con el general Villa o con el general Zapata, y quizá pasó a la Historia, o sea a la Inmortalidá, ¡suerte del canijo!... o quién sabe, a lo peor pudo tocarle la bala que no se oye silbar porque no pasa de largo y se queda en uno”.