Los inmortales del momento

Venus monologa ante el espejo

¡Estás viéndome como mi madre me habría traído al mundo! ¡Y qué! Lo que importa es que tú, quienquiera que seas, estás mirándome.


Sí, quiero, sí. Deseo que don Diego Rodríguez de Silva Velázquez me pinte como quiera pintarme, como está pintándome, como me ha pintado ya para la eternidad, pues acaso el lienzo, el óleo y las pinceladas, acariciándome mientras me crean, han de durar forever and ever (que diría Willy Shakespeare).

Estoy en una silenciosa intimidad, en mi alcoba, en mi lecho, y además estoy en el estudio del Maestro y en un museo, un lugar público, ¡y estás viéndome como mi madre me habría traído al mundo! ¡Y qué! Lo que importa es que tú, quienquiera que seas, estás mirándome. Siento tu mirada en la espalda, en la piel, en mi forma, mis formas. Y tu mirada es otro modo de tacto, una mano etérea y fantasmal que me palpa deslizándose por cabello, nuca, cuello, espalda, nalgas, muslos, pantorrillas, pies, paseándose por mí como por un paisaje.

Sí, oh mortal de perecederos carne y hueso y un pedazo de pescuezo, estoy "encuerada", y deseo que todos me contempléis, que admiréis la perfecta línea de pies, pantorrillas, muslos, nalgas, espalda, nuca y cabello, que son todo mi ajuar, todo mi lujo. Deseo que tu mirada, como una mano inmaterial, fluya en una continua caricia viajante por mi piel, re-creando y a la vez poseyendo mi figura, recorriéndola de pies a cabeza, de cabeza a pies, y vuelta a empezar, pues a mi modo tengo una sola superficie pero de infinito recorrido, como una cinta de Moebius.

Sí, quiero, sí. Quiero que tú, de ojos paseantes por mi cuerpo, transcurras en las leves hondonadas, los minúsculos valles, los hoyuelos que te aguardan allí donde mi espalda empieza a perder el casto nombre y se vuelve dos carnales lunas gemelas, es decir las lunae sororem según habrá de celebrarlas en famoso soneto un poeta del siglo XX: Gabrielle D'Annunzio...

Y aquí estoy reposando durante la eternidad iniciada en el lienzo en que don Diego serenamente ha osado pintar uno de los dos raros (por infrecuentes) desnudos de mujer a los que se ha atrevido el arte español durante siglos. El otro magno desnudo es el retrato que don Francisco de Goya y Lucientes hará a la Maja Desnuda, o más bien Desvestida, pues habrá una segunda Maja pero Vestida, y también creada por una mano sabia y gozosa... Ah, y a propósito: no sé si la tal Maja, por desnuda que se ponga, podría, dándose la vuelta, ofreceros una suntuosa espalda como la mía, pues competimos como unas pin-ups girls adelantadas, aunque desde luego no tenemos muchas competidoras, y ciertamente no tenemos rival en otra fémina famosa: la demasiado visitada y pregonada italiana, la tal Mona Lisa, la de Leonardo, y yo pregunto: ¿cómo podría nadie preferir a esa mujer a la cual yo encuentro fea y casi bizca pero que, según sus fans, posee una sonrisa mágica, misteriosa, inmarcesible?, y ¿qué vale ella ante mi esplendor sereno? O quizá alguno preferiría a la Venus ante el espejo, de Rubens, y admito que ésa es una suntuosa mujer, de suelto cabello como un río de oro, pero con un excesivo y casi brutal gran lomo tonto, de demasiada carne, de demasiado nalgatorio, sin la finura y la curva y la elegancia de mis nalgas y de mi entera espalda, que me configuran en una de las más bellas piezas de la feminoteca de los desnudos que en el mundo pintados de mano genial han sido...

Y ya sé que he pertenecido, como mero cuadro pictórico, a un tal Marqués de Eliche, el muy rico gran amateur d'art y de mujeres, y se sospecha por eso que represento a la esposa o la amante del marqués... Pero yo soy la ideación y la hija y la amante de Velázquez... Y soy como quien dice patrimonio de la humanidad, pese a que algunas no lo entiendan, por ejemplo aquella fanática feminista (¡inglesa tenía que ser para estar contra una española!) que en 1914 me dio siete puñaladas y me dejó otras tantas heridas que, como veis, han cicatrizado bien. Quizá la atacante era una de esas, de esos, a quienes la belleza los ofende como un esplendor obsceno y una suerte de blasfemia... Pero qué estoy diciendo, no vaya a oirme la Inquisición, la acechante de hasta los íntimos y deseosos pensamientos. Yo no me meto con nadie...y tampoco en cama de nadie. Hecha solo de líneas y colores, del sueño y el genio de un pintor, yo solo susurro que soy una criatura de belleza, de serenidad, de luz...

Y soy de Velázquez, el que me creó, y soy de ti, el que me mira.