Los inmortales del momento

Tarzán de los Monos y su familia

A veces la memoria, ¿o la nostalgia?, reestrena el momento prodigioso de una película en el que la bellísima, la ondulante, la desnuda Maureen/Jane llegaba nadando hacia el ensueño del cinéfilo.

De los muchos intérpretes de Tarzán ofrecidos por las pantallas de tela o de cristal, el hoy recordado como el mejor portador del personaje engendrado en la novela de aventuras, en la historieta dibujada y en la pantalla de cine en que todas las miradas se enlazan (¿lo dijo Breton, o Cendrars?), fue el poderoso nadador y nulo actor Johnny Weissmüller, que lo “interpretó” en doce películas, de las cuales las primeras seis, realizadas en los años treinta, fueron producidas por la Metro-Goldwyn-Mayer, cuyo emblema del León Rugiente la predestinaba a las películas del héroe selvático soñado por el novelista Edgar Rice Burroughs.

Las seis películas del Tarzán poco parlante pero sonoro como virtuoso del inacabable grito ondulado ya proponían un señor de la selva domesticada al modo MGM. La primera de la serie, Tarzán, el hombre mono (Tarzan of the apes, 1932, dirigida por W. S. Van Dyke II), omitía el aristocrático origen inglés del protagonista: un lord Greystoke, y lo sacaba de la nada para ascenderlo a espontáneo policía de la jungla dotado de vida hogareña con la bella Jane (Maureen O’Sullivan) y con una traviesa sirvienta: la chimpancé Cheetah.

Muy importante en la serie Tarzán-MGM era el medio ambiente: la falsa pero funcional selva en medio tono concebida por el “director artístico” Cedric Gibbons como un iluso Edén en el que Tarzán y Jane, facsímiles de Adán y Eva anteriores a la pecaminosa manzana, se amaban en castidad, vivían en la jungla como en un supermercado y se trasladaban por el aire de liana en liana o por tierra a lomo de elefantes con vocación de taxis o tanques de guerra. Luego vino el niño, redundantemente llamado Boy, que, en esa cinematografía robusta e hipócritamente puritana, no fue producto del coito sino de un oportuno accidente de aviación que habría suprimido a los padres naturales... Y así se completó la imagen de la familia ideal en un American Style of Life “selvatizado”.

Sin embargo, en las dos primeras películas del mito reconsiderado por la MGM se abolirían ciertos tabús de la compañía productora y, por extensión, de la californiana “fábrica de ilusiones”. La semidesnuda figura atlética de Tarzán con su exiguo taparrabo, la delicada belleza de Jane también con taparrabo y además tapatetas, no podían menos que hacer eróticamente muy visibles sus cuerpos, que en las escenas de nado adquirían la plusvalía sensual del agua ceñida a la piel de los cuerpos. Esto ocurría en la hermosa secuencia del nado subacuático de Tarzán y su compañera (1934), en la cual, durante un refrescante silencio apenas matizado por el suave estallido de las burbujas, la bella, la delicada Jane, acompañada de su amado Buen Salvaje, nadaba o más bien horizontalmente danzaba en una irrepetible cabal desnudez.

El enorme triunfo taquillero de los dos primeros filmes de la serie de Tarzán/Weissmüller/MGM debía mucho a un fabricado espacio edénico y adánico. En ese mundo sensual y cariciosamente difuso, captado en una fotografía suave lograda con gasas y filtros ante la cámara, esplendían Adán/Tarzán y Eva/Jane como obras maestras de la piel humana.

Las restantes secuelas de la serie Tarzán/MGM desdibujaron la casi total apología fotogénica de la epidermis iniciada en las dos primeras películas tarzánidas. En todos los genéros hollywoodenses se había impuesto una moralina obtusa, según la cual debía restringirse la duración de los besos aun más castos, medir en milímetros el tamaño de los escotes de las damas y canjear la cama matrimonial por un par de menores camas gemelas. A partir de entonces ya no hubo erotismo en las escenas de intimidad de la pareja protagonista en la epopeya selvática. A Tarzán le ampliaron el taparrabos, a Jane le impusieron un “traje de baño” tipo Janssen pero dizque hecho con piel de fiera, y a Cheetah le ocultaron el naturalmente desnudo trasero con una prolongación artificial del pelaje.

Pero a veces la memoria, ¿o la nostalgia?, reestrena el momento prodigioso de una película en el que la bellísima, la ondulante, la desnuda Maureen/Jane llegaba nadando hacia el ensueño del cinéfilo.