Los inmortales del momento

De algunos personajes míticos

Sucede con algunos personajes de las mitologías que se van modificando, alterando, deformando, empequeñeciendo, hasta a veces perder la identidad mítica; a eso algunos lo llaman "contemporaneización".

Sucede con algunos personajes de las mitologías que, precisamente cuanto más míticos se vuelven, cuanto más transcurren por demasiados tiempos, geografías, idiomas, poetas, novelistas, dramaturgos, pintores, filósofos, sociólogos, ensayistas, cineastas, psicólogos y, claro está, "mitologistas", se van modificando, alterando, deformando, empequeñeciendo, hasta a veces perder la identidad mítica. A eso algunos lo llaman contemporaneización de los mitos, y quién sabe si tal gloria o infortunio les ocurre a estos que aquí van bajo mi responsabilidad o mi culpa.

DIOS Y EL DIABLO

Aprovechando que Dios, tras haber trabajado seis días de la semana en la creación del mundo, se había tomado el domingo y retirado a descansar, el Diablo entró en la Tierra y fundó la Historia.

LEDA Y EL CISNE

El acto, han comentado los cronistas de espectáculos, es sencillo, de dudoso gusto y excitante:

La mujer, blanca y rosa y dorada y sonriente, con el nombre de artista de Leda, se tiende bocarriba sobre la arena y abre los muslos y los alzados brazos, y el cisne de alas enormes, blanquísimas y rumorosas, desciende y cubre ese espléndido cuerpo y hacen el amor con una dulce música de Chaikovsky que ni la irrisoria orquesta circense ni los excesivos sonidos de placer de la mujer logran arruinar.

Al final, el público aplaude, el director de pista hace sonar el látigo y los artistas se retiran.

Y (pero esto no lo cuentan los cronistas) mientras Leda recibe a sus admiradores en el camerino, el cisne sale a tomar en la cafetería más cercana su modesta cena, café con leche y dos piezas de pan dulce, y luego, esperando la próxima función, fuma un pausado cigarrillo que sostiene finamente con las plumas, amarillentas de nicotina, del ala que le sobresale de una oscura manga de la levita.

TESEO

Días y noches y años dando vueltas con la espada oxidándosele en la mano, buscó al monstruo en el laberinto y murió de hambre y fatiga sin saber que allí no había más monstruo que el mismo laberinto.

ORFEO

Habiendo perdido a Eurídice, la lloró largo tiempo, y su llanto fue volviéndose canciones que encantaban a todos los ciudadanos, quienes le daban monedas y le pedían encores. Luego fue a buscar a Eurídice al infierno, y allí cantó sus llantos y Plutón escuchó con placer y le dijo:

—Te devuelvo a tu esposa, pero solo podrán los dos salir de aquí si en el camino ella te sigue y nunca te vuelves a verla, porque la perderías para siempre.

Y echaron los dos esposos a andar, él mirando hacia delante y ella siguiendo sus pasos...

Mientras andaban y a punto de llegar a la salida, recordó Orfeo aquello de que los dioses infligen desgracias a los hombres para que tengan asuntos que cantar, y sintió nostalgia de los aplausos y los honores y las riquezas que le habían logrado las elegías motivadas por la ausencia de su esposa.

Y entonces, con el corazón dolido y una sonrisa de disculpa, volvió el rostro y miró a Eurídice.

DON JUAN Y MADAME D

Don Juan había ya tenido a todas las más bellas mujeres de la rica y elegante ciudad, y a las más difíciles de todas las clases, desde monjas hasta putas arrepentidas, y solo, según la voz popular, le quedaba por conquistar a Madame D, reputada de ser la más honesta e inexpugnable de todas, o como dijo el poeta áulico, "un jardín que en realidad es una fortaleza".

Madame D, quien por su parte ardía en deseos de caer en las redes del seductor, se presentaba en los salones que el famoso caballero frecuentaba, le dirigía la palabra con cualquier pretexto, se mostraba dispuesta a valsar con él la noche entera, le dedicaba exquisitas sonrisas no muy disimuladas, al hablarle se sonrojaba y palidecía y suspiraba y se inclinaba de modo que él pudiera aspirar el dulce aroma de su escote.

Y Don Juan, si bien no dejaba de conducirse ante ella con una fina pero meramente convencional galantería, mostraba no sentirse atraído por ella como si aquella belleza y aquellos seductores gestos desplegados como en un suntuoso y delicado abanico de la feminidad no fuesen bastantes para él, lo dejasen indiferente, frío, lo cual indignaba a muchos adoradores de la dama rechazados por ella y en consecuencia deseosos de verla caer aun si no lo hacía en los brazos de ellos, y hasta Monsieur D estaba irritado, considerando una ofensa el poco valor que don Juan mostraba hacia la más preciada de sus posesiones: su adorada esposa. Y empezó a correr el susurro de que don Juan había empezado ya a ver disminuida su virilidad que lo afamaba como "el Campeón del Ataque en el Momento".

Pero no era que a don Juan le fuese indiferente Madame D, sino que él en este caso practicaba la menos frecuente aunque más astuta de sus tácticas, la cual, inspirada en los recuerdos de su infancia y motivada por ciertas especiales señoras deseables de entonces, consistía en demorar lo más posible el acto de posesión, tal como un chiquillo se complace en no llevarse inmediatamente a la boca el caramelo regalado, sino en guardarlo por un largo rato en el bolsillo para saborearlo imaginariamente una y otra vez antes de, al fin, consumirlo.