Los inmortales del momento

Sor Juana Inés de la Cruz… y la otra Juana

La Historia no es democrática: recoge a personajes de primero, segundo y tercer orden, y a los demás, a los hombres y mujeres que no mueven sino que son movidos por el tiempo histórico, los asume en cifras pero desdeña narrarlos.

Ante un horizonte tapiado de libros, la bonita monja jerónima sor Juana Inés de la Cruz, hieráticamente sentada, yergue el busto tras el hábito elegante y el escudo de monja. Está viva, desdeñando la reciente noticia de que se han encontrado restos de su esqueleto, y posa para el retrato que ella mentalmente se pinta antes que para los de Miguel Cabrera o de Juan de Miranda y quizá otros artistas, pero todos ellos quizá no retratistas originales, quizá copiadores sucesivos.

Se diría que Juana Inés seriamente jugaba a ser monja con una pícara seriedad de niña linda y bien plantada, de muchacha que fabricaba los juguetes verbales y la prodigiosa alquimia de sus imágenes para obtener una música que, entretejida con los días luminosos y las noches de prieta obsidiana, dulcificase la piedra tezontle volviéndola sabrosa carne de mamey.

Favorita de los virreyes, amada de la virreina, star intelectual del virreinato, en frágil equilibrio sobre la línea fronteriza entre el convento y la corte, entre la “publicidad del siglo” y “las trampas de la fe” (que la atraparán), Juana Inés sueña astronomías y astrologías desde su linterna mágica interior, tan o más prodigiosa que la de su maestro Anastasius Kircher. Pero también sabe tener los pies sobre la tierra: es archivista y contadora del convento, por sus poemas y arcos floridos y piezas teatrales recibe de los virreyes favores y alabanzas y prestigio ultramarino (ellos le publican los poemas) y posee alhajas… y hasta tiene una esclava. Dicen documentos y dice Octavio Paz en su exhaustivo estudio Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe:

“Durante los primeros años de vida conventual la acompañó su esclava, una joven mulata cuatro años menor que ella, Juana de San José, que su madre le había donado al tomar los hábitos. Vivió con ella unos diez años; en 1683 la vendió, a ella y a su hijo de pecho, por 250 pesos oro, a su hermana Josefa”.

¿Quién era esa otra Juana? ¿De dónde venía? ¿Quiénes fueron sus padres? ¿Cómo fue su vida con y antes y después de estar al servicio de la monja genial? ¿Cuáles fueron sus trabajos en el convento? Si sor Juana se levantaba a las seis para “los rezos de la prima hora”, ¿a qué hora de la madrugada se ponía en pie Juana de San José, y a cuál salía del convento a hacer las compras? ¿Qué platos le cocinaba a su ama? Su hijo de pecho ¿fue fruto del amor con un igual o de la violación cometida por un señor criollo? ¿Hubo amistad y calor humano entre las dos mujeres? ¿Qué pensaba la esclava respecto de su ama? ¿Tuvo algo que ver esta otra Juana con la literatura de Juana Inés?, y, por ejemplo, ¿la otra Juana la habría “documentado” sobre el habla de negros y mulatos para unos jocosos villancicos?

Preguntas que inútilmente persiguen las respuestas. Juana de San José no fue la modelo del más mínimo “engaño colorido”, ni incitó la curiosidad de los historiadores. No es siquiera un fantasma gris, ni un micropersonaje: es solo un nombre y dos o tres escuetos datos. Y, puesto que seguramente nadie, ni el microhistoriador más micro, investigó algo más acerca de Juana de San José, la mulata y su hijo se han evaporado en los siglos.

La Historia no es democrática: recoge a personajes de primero, segundo y tercer orden, y a los demás, a los hombres y mujeres que no mueven sino que son movidos por el tiempo histórico, los asume en cifras pero desdeña narrarlos. Mientras sor Juana Inés, con toda justicia y por fortuna, está en la gran historia de la Cultura Mexicana, y goza de grandes biografías y ensayos sobre su vida y su obra, libros consagratorios firmados por estudiosos y poetas, la otra Juana, la mulata que durante diez años convivió con su ama en la celda conventual, no tiene ni una minibiografía, y, registrada apenas en un acta de compraventa y en diez líneas de otro gran poeta, es menos que una “lágrima en la lluvia”, según diría el agónico Roy Batty, lúcido personaje de la película Blade Runner.