Los inmortales del momento

Las dos Sofonisbas

“He pintado mucho y todo lo que he querido pintar, menos a los ciervos, a las sirenas y a Dios, a los que nunca he visto, desdichada de mí, y de los que hubiera deseado hacer retratos”.

Sofonisba, ese nombre que, según el Diccionario etimológico comparado de nombres propios, de Gutierre Tibón, significa, en lengua hebrea-numidia, "la conservadora de príncipes", y que fue el apelativo de una reina de Numidia muerta a manos de su amante Masinisa (pero con el propósito de que no cayera viva en las garras de Escipión el Africano), ha merecido figurar en muchas obras literarias de varios idiomas, sin que ninguna sea más recordada que Sophonisbe, la tragedia homónima del poeta escocés James Thompson (1700-748), que paradójicamente tuvo un éxito de risa loca a causa de una sola línea proferida por uno de sus protagonistas: "¡Oh, Sofonisba, Sofonisba, oh!".

Ese fue el verso que estalló en medio de la dizque sublime tragedia de la reina numidia; y esa línea estúpida hizo que el público a su vez estallara en carcajadas y que la crítica hablase de un nuevo modo de teatro: el "género Sophonisbe", el de la comedia involuntaria.

Diferente es el caso, y no de risa, sino de seriedad artística, de otra Sofonisba, la que quizá sea la primera de las mujeres a quienes la historia del arte pictórico ha registrado con nombre y apellido: Sofonisba Anguisola (Cremona, 1527-Palermo, 1623), quien fue, en efecto, la más célebre pintora del Cinquecento en Italia y en España. De origen noble, estudiosa de humanidades y aprendiz en el taller de Bernardino Campi entre 1546 y 1546, obtuvo tal prematuro dominio del arte que el maestro se declaró incapaz de enseñarle más. Adquirió fama de excelente retratista de personas y grupos, como el de La partida de ajedrez, de 1955, en la que están sus hermanas más ocupadas de mirarnos que de jugar sobre el tablero.

Tanto Vasari, el de las Vite de' più eccellenti architetti, pittori, et scultori italiani, da Cimabue insino a' tempi nostri, y probable acuñador del término Renacimiento, quien la calificó de gran hacedora de rostros bellos y/o característicos, así como de paisajes humanos, y el gran muralista y musculoso escultor Miguel Angel Buonarroti, con quien ella conversó e intercambió dibujos y bocetos de cuadros, acrecentaron la fama de la signorina Anguisolina y motivaron que en 1559 Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, le requiriese de ir a Madrid, para que en la corte de Felipe II fuese dama de honor de Isabel de Valois y en sus "ratos libres", que resultaron ser los más del año, pero no libres sino que obligados por la pasión de pintar, hiciese retratos del rey, de la familia real y de los pululantes cortesanos. Allí, aunque era poco agraciada físicamente, fue muy galanteada por algunos cortesanillos, hidalguillos y señoretes que en realidad querían que les hiciese gratuitos pero muy favorecedores retratos de una elegancia algo severa, según la voluntad del rey.

Sofonisba se aburría, la fastidiaba que familiarmente la apodaran Sofo o Sofita, se irritaba si por algún capricho de la Valois, y hasta por alguna fiesta, pasaba demasiado tiempo sin mover el pincel, pero hallaba, pese a las horas vacías, "horas tontas" (decía ella), una compensación en las idas a Toledo en visita al gran Domenicus Teotocópulos, el Greco, para, viéndolo pintar y oyéndolo hablar, seguir sorbiendo el arte. Y lo sorbía tanto que actualmente algunos historiadores y ensayistas de arte, por ejemplo Jean Cassou, Leopoldo Olmedo, William Everet Sloane y Andrés Marceñohan, han llegado a sospechar que el muy conocido retrato de la hermosa Jerónima de las Cuevas, la otra y no leonardesca Dama del Armiño, es decir la mujer del españolizado artista griego, es de mano de Sofonisba, aunque sea en el modo de Teotocopulous.

"En toda su pintura, Sofonisba Anguisola —ha dicho Leopoldo Olmedo— aporta la sensibilidad de la experiencia junto a su familia y sus seres cercanos, lo que explicaría el intimismo, la fragilidad y la dulzura que sus telas dan a respirar".

En 1580, a los 53 años, Sofonisba, cansada de una España a la que, desde la corte más bien severa de Felipe II, y durante veintiún años, ella vio demasiado aficionada a vestir de negro (antes de que vieran negrísima a su patria los escritores españoles de 1998), volvió a su luminosa Italia, donde a veces, además de quizá gozarse nadando en el querido mar tan a mano, y de ondas tan serenas, cálidas y centelleantes, ¡el Mediterráneo al fin recobrado!, continuó pintando retratos, su género favorito, así como algunas de las llamadas precisamente "escenas de género", con la familia propia o con grupos de seres cercanos y amigos en sus fiestas, sus banquetes, sus juegos de ajedrez o de pelota o de lo que fuese, pero eso sí, en la felicidad de estar juntos y sencillamente vivir. Y a veces pintaba escenas religiosas, pero quizá no eran lo suyo.

Mientras tanto la ceguera, acaso iniciada en la oscura España de Felipe II, iba avanzando y finalmentele impediría seguir con su placer esencial: la pintura.

"He pintado mucho y todo lo que he querido pintar —diría poco antes de morir en 1623, ya muy cerca de los cien años—, menos a los ciervos, a las sirenas y a Dios, a los que nunca he visto, desdichada de mí, y de los que hubiera deseado hacer retratos".

Sí, retratos, que era lo suyo.