Los inmortales del momento

Santa Claus como ogro filantrópico

Vemos cómo este personaje lleva más de un siglo de funcionar como universal promotor de ventas contratado por los grandes mercaderes (y no diré cuáles, pero sigan mi mirada).

El marchito póster presenta a un personaje de gesto y hocico desmedidos que aúlla su mensaje de Happy Christmas en el silencio icónico. Enmarcada por la barba y la melena presumiblemente postizas (pues el tipo debe poseer un cráneo calvo y crapuliforme), la gran boca atroz, de tiburón “humano”, se abre como una caverna sin fondo, como la entrada de un oscuro y voraz túnel hacia el invisible estómago insaciable, mientras el imperativo dedo índice nos apunta desde una versión draculesca de Santa Claus, el personaje dizque bondadoso y jovial que en los millones de vitrinas comerciales de todas las ciudades de la sedicente civilización cristiana lanza su estentóreo “¡jo-jo-jo-jo-jó!”, y por doquier y sin parar tintinean las jingle bells (pronúnciese “chíngol bels”) y berrean los merengosos villancicos en los que incesantemente anda y anda la Marimorena, María se asusta porque el chocolatillo se lo están comiendo quién sabe quiénes, beben y beben y vuelven a beber los peces en el río por ver a Dios nacer y al pie del abeto o del pino, naturales o de plástico y cargados de coloridas esferitas muy fácilmente rompibles (y por ende recomprables), hay regalos para las familias esforzadas en sentirse felices y fraternales contra las catástrofes, los infortunios y las recesiones (tres palabras que, bien mirado, vienen a ser una).

El sensacional póster que aquí se presenta (solo a los adultos, porque a los niños puede traumatizarlos y volverlos rehenes del sofá psicoanalítico, ¡en edad tan tierna!) es de autor desconocido y quizá fue publicado en los años cuarenta. Es un icono agresivo como el cartel publicitario de una película gore en la que el santo repartidor de juguetes, que pese a su gordura goza de tan asombroso don de ubicuidad (¿cuántos millones de hogares del mundo presume de visitar en una sola noche?), se hubiera transformado en un zombi de aquellos que George A. Romero, en su obra maestra en estremecedor blanco-y-negro: la revulsiva y poética The Nigth of the Living Dead (1968), desenterró de un suburbano cementerio para ponerlos a convulsivamente andar movidos por el hambre y por el rencor a los vivos. Y aunque el tal Santa Claus (cuya verdadera función en el mundo y en la civilización del consumo parece ser la de promotor del deporte del big shopping) suele ocultar ese rostro feroz tras la máscara del ventripotente, el rojiblanco, el dulce y carcajeante abuelo de la humanidad entera (incluidos negros, amarillos, judíos y hasta podría ser que aviesos contestatarios del American Way of Living, pues la caridad cristiana es ecuménica y globalizante), he aquí que las letras de ese franco cartel caníbal dicen (más bien silenciosamente gritan) el obvio mensaje: “¡Te busco a TI para que gastes un montón de dinero y así pruebes que amas a tu familia!”.

Así vemos cómo Santa Claus, o San Nicolás, o Père Noël, o Papá Noel, o el Viejito Pascuero, o Father Christmas, o Julemandem, o Sinterklaas, o Kris Klauss o Santaclós, o Santiclós, o Santo Clown —o como usted guste nombrar o apodar a quien algunos investigadores de mitos suponen nacido de la conjunción contra natura de dos leyendas: la del filantrópico San Nicolás de Licia, obispo de Constantinopla en el siglo IV, y el dios Thor, el señor del trueno y de la guerra en la mitología nórdica—, lleva más de un siglo de funcionar como universal promotor de ventas contratado por los grandes mercaderes (y no diré cuáles, pero sigan mi mirada).

No importa que se vea descolorido y marchito ese póster que por el gesto del personaje se parece mucho a los carteles en los que Uncle Sam aparecía también disparando el dedo índice y profiriendo en grandes letras: “¡Alístate en el ejército, tu País te requiere”. El amenazante icono de un feroz “espíritu navideño” sigue vigente, sigue conminándonos a que, para demostrar el amor a la Familia, a los amigos y por extensión y simbólicamente a la sobrepobladora Humanidad, gastemos las estiradas y sudadas quincenas y las sobras de los esforzados ahorritos anuales en los comercios animados por facsímiles del blanquibarbado, sonrosado, gordo y jo-jo-jo-jovial vampiro filantrópico.

Y… ¡oh, gran boca, gran abismo, gran monstruo filantrópico del Espíritu Navideño!