Los inmortales del momento

Retrato de poeta en una placita y en el mundo

Lugares de la Historia y de la vida y la obra de Octavio; lugares leídos con palabras, que son pasos, que vuelven a ser palabras escritas y nuevamente pasos, una y otra vez y siempre como por primera vez palabras vivas, vida en palabras.

Cuando se le creía aquí, en su México fraternal y a veces adverso, ya estaba en otro lugar, aunque de todas maneras nunca dejaba de estar aquí, inasible como una gota de azogue yendo y viniendo en el filo de la navaja. Ahora está en todas partes y en ninguna, pero está, y se le ve de pie en la luz total y totalitaria del mediodía, apoyado en el tronco de un árbol hermano (un fresno, sin duda) y mirando y leyendo los detalles de su pequeña plaza de Mixcoac, que tiene el nombre de Gómez Farías, pero es la de su niñez, la de su memoria, la plaza que es un lugar central suyo y de todo el mundo, pues como decía Jules Renard: “Mi pueblito es el centro del mundo, porque el centro del mundo está en cualquier parte.”

Y allí o aquí Octavio Paz, como en la foto de Ricardo Salazar (¿años cincuenta?) y mira con mirada clara la plaza materna, el caserón paterno, la placa con el nombre de su abuelo Ireneo Paz, y aquella pared cuya rajadura en el muro era como un coño abierto, disponible y esquivo, y mentalmente el poeta reconstruye una lírica geografía de ciudades y paisajes simultáneos: París que gira no en torno a la demasiado vista Torre Eiffel, sino en torno a la alegórica y alquímica Tour Saint-Jacques, y Angkor de enlazadas esculturas nunca acabando de surgir de la piedra y la selva, y Londres fundada cada brumosa mañana por las campanadas del Big Ben, y Nueva York recorrido por el subway febril como por un populoso y tumultuoso monólogo interior, y Tenochtitlan con el sueño vengativo de un corazón de sangres oscuras, y Tokio y su bullente cuerpo nocturno tatuado de mensajes en gas neón, y Madrid con ecos de metralla y retrospectivo grito de “No pasarán”, y nuevamente la Ciudad de México en palimpsesto sobre Tenochtitlan, y el Paseo de la Reforma con su pueblo de estatuas célebres aunque algunas anónimas, y el nocturno barrio de San Ildefonso y el mediodía asolador del Zócalo, y algún lugar de Yucatán en la estación total entre la piedra y la flor. Luego y siempre el poeta retornaba en su mirada a la placita de Mixcoac, aún viva en la ciudad muerta de México, ahora degradada a Esmógico City. Lugares de la Historia y de la vida y la obra de Octavio; lugares leídos con palabras, que son pasos, que vuelven a ser palabras escritas y nuevamente pasos, una y otra vez y siempre como por primera vez palabras vivas, vida en palabras.

Octavio, de ojos europeos, de manos de indígena mexicano, de voz de niño gozosamente preso en las lejanas órbitas del trompo y de las canicas dibujadas sobre suelo soleado, donde en la noche la luna dejará cicatrices de ramajes. Octavio avanza con el pensamiento y la mirada y la escritura, sus únicas armas, entre árboles, piedras, olas, idiomas, civilizaciones, ideologías, literaturas, pinturas, danzas, ritos, asesinatos, revueltas, revoluciones, hombres de su siglo y de los otros siglos, y entre sueños y pesadillas de la Historia, casi sin parpadear, siempre interrogando al instante, al efímero y eterno latido de tiempo, que es el único y grande e irrisorio material de esa ilusión, ese inútilmente esperanzado invento de todos los hombres de todos los tiempos: la Eternidad.

Escribió, entre sus casi innumerables libros, El mono gramático, en el que la andadura por el camino indio de Galta es a la vez un viaje en el espacio y en el tiempo y en la ilusión de la Eternidad, libro de rumorosa escritura en movimiento, de constante interrogación del camino y del instante en trance de eternizarse. En sus poemas intentaba mirar a los ojos a las palabras, hacerlas revelar su secreto, preguntarles por su sentido y su contrasentido, y a veces, abrazándolas, combatía con ellas.

Acaso la palabra clave de Octavio Paz sea la preposición entre, una palabra que es lazo, puente, puerta, paso a nivel y a desnivel, transición de la medianoche al mediodía, latidos en el instante total y la eternidad, trayecto de la moneda respecto a la mano que la lanzó como en el dibujo de Tamayo para Águila o sol, y un ir y venir permanente entre la vida y la literatura, vasos comunicantes.