Los inmortales del momento

Recordaré, Juan, mientras yo viva…

Recordaré, Juan, que tu escritura presenta la vida como un tejido de ritos en los que la realidad y el deseo luchan en amoroso antagonismo, en desgarradora anagnórisis, por eternizar cada minuto de vida, de viviente y desvividor tiempo.


Ahora, en este 27 de diciembre de 2013, en el que se cumplen exactamente diez años de que fuiste colectado por la muerte, te escribo, querido Juan, estas líneas que van tal como los recuerdos vienen a mí, es decir atropellados y revueltos:

Recordaré, Juan, que nos conocimos a mediados de los años cincuenta y en la noche de una función de Poesía en Voz Alta en el Teatro del Caballito, pero según tú no fue ni allí ni entonces, sino una tarde en que habríamos coincidido en un autobús hacia la Ciudad Universitaria, tú leyendo a Thomas Mann yo leyendo a Marcel Proust, y que por encima de los abiertos libros habíamos empezado a conversar.

Recordaré, Juan, que, incipientes escritores de vocación torrencial, escribíamos cuentos, ensayos, críticas de libros, de cine, de teatro, de pintura, de lo que se ofreciese, en las revistas culturales de otros o las nuestras, y que éramos pobres de ganancias y ricos de ganas de escribir, y que todavía no empezaban los años sesenta, ésos en los que iniciaríamos la rueda de las fiestas no castas aunque sí inocentes, y que junto a Tomás Segovia (que era el mayor de nosotros) y a Huberto Batis, a Juan Vicente Melo, a Juan José Gurrola, a Inés Arredondo, a Meche Oteyza, a Michelle Alban, a Pixie, a Martha Verduzco, a Isabel Fraire, y a tu hermano Fernando, el pintor, luego seríamos agrupados, sin saberlo entonces, bajo el membrete de “generación de la Casa del Lago”.

Recordaré, Juan, que ya nos habíamos adelantado a los años sesenta, los de la eclosión de la juventud y sus nuevas y libres maneras, y tú usabas peinado y modales de Beatle  avant la lettre, con los cuales, en nuestros reventones (¿entonces quizá llamados happenings?), conquistabas hasta casi sin intentarlo a todas las muchachas a las que habíamos echado el ojo, ah cabroncito.

Recordaré, Juan, que eras nacido en 1932, dos años antes que yo, pero ejercías la arrogancia de ser más joven que todos nosotros, y que Batis te apodó Baby Face para siempre, y que habías decidido, con tu santa terquedad de cabezón yucateco, estar más vivo y escritor que nadie, y para eso un día te instalaste en la silla de ruedas: para escribir y escribir, decías, from here to Eternity.

Recordaré, Juan, que sólo, pero nada menos, escribías del deseo, de la circulación del deseo, del deseo como fiesta y conflicto, y que pusiste en tus libros a nuestra generación y sus ritos en los combates de la amistad, del erotismo, del amor, y que discutíamos sobre quién había sido el primero, tú o yo, en traer a cuentos el asunto del incesto: ¿en tu “Tajimara” o en mi “Barcarola”?, y que tú lo escribiste mejor que yo en una narración sombría y fulgurante que Gurrola transpuso al cine con la ayuda de las bellas Pilar Pellicer y Pixie Hopkins.

Recordaré, Juan, que la mirada, como inicial acto de la circularidad del deseo, es precisamente el gran motivo que recorre tu obra literaria, y que tu modo de mirar era también un modo de pensar, de sentir, de desear y de escribir, y si algún  maestrillo publicó por ahí que “el mundo de la ficción garciaponciana es muy pequeño y estrecho de horizonte, pues lo componen sólo su generación, su ambiente, sus amigos”, eso era olvidar que nuestra generación, como cualquier otra, podía decir lo que Jules Renard escribía de su pueblito natal: que era “el centro del mundo, porque el centro del mundo está en cualquier parte”.

Recordaré, Juan, que tu escritura presenta la vida como un tejido de ritos en los que la realidad y el deseo luchan en amoroso antagonismo, en desgarradora anagnórisis, por eternizar cada minuto de vida, de viviente y desvividor tiempo, y que has narrado los ritos, las ceremonias y los combates de amor y de desamor con una escritura dedicada a eternizar las criaturas transitorias, y de ahí viene tu mejor título: Crónica de la Intervención, es decir crónica y ficción de la intervención del deseo en el tiempo de las vivas criaturas mortales.

Y, querido amigo Juan García Ponce, mucho más que no acabaría de contarse lo recordaré siempre… o, mejor dicho, mientras esté yo vivo y con agradecida memoria.