Los inmortales del momento

Platko, aquel oso rubio de Hungría

El domingo20 de mayo de 1928, en el gran campo de futbol de Santander y junto al potente mar Cantábrico que desataba la galerna (viento muy rafagoso y frío), dos oncenas, la del Real de San Sebastián y la del Barcelona F.C., jugaban un partido que, como algunos temían, era además una implícita confrontación entre nacionalismos. Por eso estaba allí la Guardia Civil dispuesta a intervenir ante cualquier conato de trifulca.

Muchos años después, en México, Jenaro de la Colina, mi padre, me contaría aquel encuentro que a mi vez relataré, aunque sea a mi modo de casi completo ignorante en asuntos de futbol.

Además de los hinchas santanderinos había allí no pocos visitantes vascos y catalanes que apoyaban a sus equipos con su presencia, sus gargantas y pulmones, y, si fuese necesario, con los puños. Según cada uno de los dos bandos visitantes, los jugadores ya no eran meros futbolistas sino paladines de los valores regionales allí confrontados. No tardó mucho en haber intercambio de insultos, riñas en la cancha, riñas en las gradas e inquietud de los “tricornudos” (los guardias civiles), ganosos de dar algunos culatazos si crecía más la crispación general. Y en aquel ambiente de apenas embridada furia a la que se unían el viento, la lluvia y el fragor del fuerte mar cántabro, se erguía en la portería barcelonesa el húngaro Franz (o Ferenz) Platko, que guardaba su arco (¿su marco?) como un caballero custodiador del Santo Grial.

Enfrentándose a una violenta embestida vasca contra el arco catalán, Platko paró de urgencia el balón, cayendo con él en brazos entre las adversarias botas, y quedó tendido y herido de una patada en la frente. Hubo un silencio, después una humana ventisca de clamores, y entre bravos, vivas y gritos de ira que iban y venían por entre la metralla de la lluvia, los enfermeros sacaron del campo a Platko. Tras esa pausa, el partido prosiguió, pero ahora con mucho menos brío por parte del Barcelona, cuyo guardameta de repuesto no resultaba tan capaz y brioso como el ausente. En el segundo tiempo, cuando ya el partido iba de mal en peor para el Barcelona, un nuevo y acaso más intenso clamor se alzó al reaparecer en la cancha Platko, que volvía a su portería tan erguido como siempre aunque con la cabeza vendada y algo pálido, pero firme y tranquilo, y de ahí en adelante su presencia y sus heroicas paradas del balón devolvieron el ánimo al Barcelona, que jugó como nunca y en los minutos finales metió un gol triunfador contra el Real de San Sebastián.

Don Jenaro narraba aquel partido con mayor viveza de la que ponía en sus raros (por escasos) relatos de su participación en la Guerra Civil española. En el recuerdo casi volvía a los veintidós años en los cuales, al salir en las tardes de la pequeña imprenta Muñoz de la misma ciudad de Santander, él y otros obreros echaban en una calle o plaza algún partidito de balompié. “Todos los hinchas de España, de los ocho a los ochenta años —me decía—, convertimos a Platko en héroe nuestro, y los arrapiezos santanderinos queríamos todos llamarnos Platko, aunque no ejerciéramos de porteros”.

La ocasión, en la que, como hinchas de categoría, estuvieron el cantante argentino Carlos Gardel y el poeta andaluz Rafael Alberti, pasó a la historia del deporte, luego al mito… y luego a la poesía. Alberti, además de contar la hazaña en sus Memorias, escribió una “Oda a Platko, oso rubio de Hungría” que vino a ser el primero y único poema a un futbolista del que haya tenido noticia yo, que no soy fan del futbol pero sí de la poesía y también reconocedor de hechos heroicos de cualquier género. De aquel poema (hallado en la Antología poética de Alberti, publicada por la editorial Losada de Buenos Aires) reúno unas cuantas ráfagas líricas sin señalar métrica y sin marcar cortes, como si fuese un poema en prosa:

“Nadie se olvida, Platko, no, nadie, nadie, nadie, oso rubio de Hungría. Ni el mar, ni la lluvia, ni el viento, Platko. Fue la vuelta del mar. Fueron diez rápidas banderas incendiadas sin freno. Fue la vuelta del viento. La vuelta al corazón de la esperanza. Fue tu vuelta. Azul heroico y grana, mandó el aire en las venas. Alas, alas celestes y blancas, rotas alas, combatidas, sin plumas, escalaron la hierba. Y el aire tuvo piernas, tronco, brazos, cabeza. ¡Y todo por ti, rubio Platko de Hungría! Nadie, nadie se olvida, no, nadie, nadie, nadie”.