Los inmortales del momento

James Dean o la frágil juventud eterna

Igual que ÉL, todos, en nuestra condición de inmortales del momento, morimos jóvenes, solo que algunos, por tontería o hipocresía o supersticiosa persistencia en la ilusión, nos empeñamos en "sentir" que no moriremos.

En el anochecer del viernes 30 de septiembre de 1955, en sus 24 años, el muchacho famoso abordó su automóvil Porsche y, sin atender los consejos de sus amigos y de los mandamases de la Warner Bros, partió raudamente de la ciudad de Los Ángeles hacia el valle de Salinas, donde al día siguiente participaría en una más de las carreras de autos que le apasionaban. Iba quizá silbando un aire de moda, quizá pensando en su amada Pier Angeli, quizá recordando un frase de El principito, de Saint-Exupéry, su libro favorito, cuando vio venir otro veloz vehículo en dirección contraria, y por evitarlo hizo girar el volante, pero chocó contra yo no sé cuál obstáculo, y el estruendo de metal y cristales reventados habrá sido lo último que oyó antes de entrar en la muerte de su persona y en la inmortalidad virtual del cine.

James Dean ascendió a un nivel legendario desde que, en 1951, había había sido anónimo cadáver de soldado en A bayoneta calada, de Samuel Fuller, para en 1954 protagonizar Al este del Paraíso, de Elia Kazán, y en 1955 lograr la definitiva imagen mítica en Rebelde sin causa, de Nicholas Ray, donde se esbozó la rebelión juvenil trece años antes de 1968, y luego con Gigante, de George Stevens, que no vio terminada, alcanzar la cumbre entre Elizabeth Taylor y Rock Hudson.

Si aún palpita el mito James Dean quizá se debe a que ningún actor de cine habría logrado, tan intensamente y de modo a la vez
tan deslumbrante y sombrío, encarnar la vitalidad, la incertidumbre y la pasión de la juventud (eso que algo después Nathalie Wood, su novia en Rebelde sin causa, expresaría también en Esplendor en la hierba, del mismo Kazán). Si hoy su protagonismo en un solo tríptico fílmico parece pasado de moda por el manierismo gestual del Actor's Studio, a final de cuentas expresa de modo fascinante y conmovedor el derroche vital de los jóvenes, su narcisismo y su alegre o desesperada inconformidad con la vida que la sociedad adulta quiere imponerles. Y François Truffaut, años antes de dar Los cuatrocientos golpes, escribía estas fraternizantes líneas: "En James Dean la juventud actual se reconoce, menos por las razones que se dicen: violencia, frenesí, pesimismo y crueldad, que por otras infinitamente más sencillas y cotidianas: pudor de los sentimientos, caprichos instantáneos, pureza moral sin relación con la moral corriente, gusto por probarse, ebriedad, orgullo y pesadumbre de sentirse fuera de la sociedad, negativa y deseo de integrarse a ella, y la aceptación o el rechazo del mundo tal cual es".

No es casual que las dos primeras películas de Dean lo enfrenten, a través de una alta corriente dramática, con las totémicas figuras paternas o maternas: el padre moralizante y dictatorial y la madre patrona de casa de putas, en Al este del Paraíso; el padre cobarde y la madre como represora guardiana del hogar, en Rebelde sin causa, como tampoco es casual que en Gigante Dean sea desde el comienzo un joven pobre, huérfano y solitario, que ha nutrido su personaje en los desesperados sueños y en el vivo rencor de la orfandad, de modo que en esa película, si los padres faltan, en cambio "brillan por su ausencia", lo cual genera en el muchacho un compensatorio afán de poder, ya "maduro", y deseo de una jovencita como mágico talismán de una segunda juventud.

No puede desearse que nadie muera joven (en fin: no puede desearse que nadie muera), pero pienso que, para alimentar su mito, James Dean quiso dejar de ser inmortal del momento para ser inmortal de siempre, o por lo menos de mientras dure la civilización de la imagen. Un famoso cineasta francés, Abel Gance, dijo que, gracias a la invención del cinematógrafo, la muerte dejó de ser total. Esto es verdad por cuanto, aunque solo ocurra en las cinetecas, o por medio de los cineclubes y de la videocasetera, convivimos con los fantasmas virtualmente vivos de quienes han sufrido muerte biológica hace ya un siglo o unas décadas, pero pueden respirar, parpadear, moverse y hablar como entre nosotros, ya sean los anónimos obreros de la fábrica Lumiére filmados en 1895, o sean Chaplin o Greta Garbo o Humphrey Bogart o Marcelo Mastroianni, o Louise Brooks o Gene Tierney o Ingrid Bergman, presencias tan preservadas de la muerte como del tiempo, pues podemos tratarlas en los momentos en que alcanzaron su "definición mejor" (José Lezama Lima dixit).

Hay instantes cinematográficos de James Dean que me han acompañado en la vida y quizá seguirán haciéndolo mientras siga yo vivo: son un viaje friolento en el techo de un vagón de tren, y un instante idílico con la muchacha amada, en lo alto de una "rueda de la fortuna" (en Al este del Paraíso), y un pasmo ante el cosmos trágico de un planetarium y el juego magníficamente irresponsable de Jimmy y un amigo y Nathalie Wood en una casa abandonada, que es por una noche el castillo hechizado de la infancia (en Rebelde sin causa), y la mirada enamorada y triste hacia Elizabeth Taylor, y la salvaje actitud celebratoria cuando se baña en la cascada de chapopote (en Gigante).

Igual que James Dean, todos, en nuestra condición de inmortales del momento, morimos jóvenes. Solo que algunos, por tontería o hipocresía o supersticiosa persistencia en la ilusión, nos empeñamos en sentir que no moriremos. Y Jimmie boy escapó al peso de los años y logró ser siempre joven en la inmortalidad virtual del cine.