Los inmortales del momento

Mona Lisa, la de vampiresca sonrisa

Pater no anota la sonrisa de la dama, pero hace referencia al parentesco de la retratada con peligrosas mujeres míticas como Leda y Helena de Troya y, particularmente, con el vampiro humano, el mil veces resurgente.

Tal vez, de todos los cuadros de su género en la historia del arte, sea el retrato de Mona Lisa, o La Gioconda, el más famoso, el más admirado y más interrogado por críticos, por ensayistas, por poetas, por novelistas y, ¡el colmo!, hasta por psicoanalistas, esos sinuosos y temibles desmitificadores.

Ahora que la exposición de Leonardo da Vinci ha dejado la Ciudad de México (ante cuyo Palacio de las Bellas Artes hizo “cola” más de un cuarto de millón de personas), recuerdo que en dos gozosamente desveladas noches de mi lejana adolescencia leí El Renacimiento, del novelista y ensayista inglés Walter Pater, y que en ese libro que reúne ensayos sobre la pintura de Pico della Mirandola, de Botticelli, de Lucca della Robia, de Miguel Ángel y Da Vinci, incluye el retrato verbal de la leonardescamente retratada señora Mona Lisa, o sea Lisa Gherardini (Florencia, 1479-1542), esposa del rico comerciante en telas Francesco del Giocondo, cortesano de los Médicis y mecenas de Leonardo. Esa página, la más traducida, antologada y celebrada entre las del autor inglés tan admirado por Marcel Proust, va así en mi aproximada versión:

“La figura que tan extrañamente se alzó a la orilla de un lago expresa lo que en el transcurso de siglos los hombres han deseado y buscado. Hacia su rostro de párpados cansados convergen todos los horizontes del mundo. Su belleza fue creada desde el interior del cuerpo y en ella habitan ensueños fantásticos, pensamientos raros, pasiones exquisitas. Colocadla frente a una blanca diosa griega o frente a cualquier bella mujer y ellas quedarán turbadas de envidia ante esa figura en la que se infiltró la inquietud del alma. Todos los pensamientos y todas las experiencias del mundo la modelaron mediante un magno poder de hacer que se exprese la belleza: el animalismo de Grecia, la lujuria de Roma, el misticismo de la Edad Media con sus tensiones espirituales y sus amores sublimados, y el retorno del mundo pagano y los pecados de los Borgia. Es más antigua que las rocas entre las que se asienta. Como el vampiro, ha estado muerta incontables veces y sabe de los secretos de la tumba. Ha descendido a la profundidad de los mares, cuya luz mortecina perdura alrededor suyo. Ha hecho tráfico de extraños tejidos con los mercaderes del Oriente. Como Leda, ha sido madre de Helena de Troya, y como Santa Ana, madre de María. Y a todo esto no hizo más que oir el canto de liras y flautas, que perdura en la fluida delicadeza que moldeó sus rasgos y en el color que le ha teñido párpados y manos”.

Confieso que entonces no quedé convencido, y sigo sin convencerme, de que Mona Lisa sea tan bella ni tan sensual como Pater la sueña ni que merezca su otro nombre célebre, La Gioconda, que significa la alegre, aunque este “apodo” lo adquirió al casarse con el rico comerciante en telas Francesco del Giocondo, cortesano del salón de los Médicis y mecenas de Leonardo.

Unos años después, tras haber podido contemplar el cuadro mismo en el Museo del Louvre —en el cual la visitadísima señora, inmune e irónica ante el paso de los siglos, parece situada, más que ante un paisaje, en el gran salón de los Giocondo o de los mismos Médicis—, hube de admitir el lugar común de que la belleza del personaje, más que en sus rasgos, en su pecho o en sus manos, aletea en esa leve sonrisa ambigua y quizá algo burlona hacia el pintor, quien rodeó a la dama con flautas y liras pagadas por el marido para motivar esa actitud entre pícara y misteriosa, quizás alternativamente desaparecida y reaparecida en el modelo vivo como la sonrisa del inquietante gato de Cheshire de Alicia en el país de las maravillas.

La página de Pater, abundante en referencias culturales y en lirismo simbolista, no anota la sonrisa de la dama, pero tiene vida propia en su exaltado impulso lírico y en la referencia al parentesco de la retratada con peligrosas mujeres míticas como Leda y Helena de Troya y, particularmente, con el vampiro humano, el mil veces resurgente, el de las leyendas y cuentos de miedo de Europa Central. La dizque Gioconda resulta así una vampira, la hermana imprevisible de Drácula, el bien novelizado por Bram Stoker, y de Nosferatu, el genialmente cinematografiado por Friedrich Wilhelm Murnau.