Los inmortales del momento

Lovecraft y el legendario "Necronomicon"

Escribía relatos que son como pesadillas en las que se alían mitologías arcaicas o apócrifas, zoologías aberrantes, erudición científica de segunda mano, imaginación y narratividad eficaces y una mala prosa excesiva en adjetivos “impresionantes”.

En los años veinte del siglo XX, en una vieja casona de Providence, Rhode Island, Nueva Inglaterra, EUA, un alto, flaco, prognata y ojón hombre con fuerte vocación de soledad y desdicha: Howard Phillips Lovecraft, tras ventanas cerradas y bajo permanente luz artificial, escribía relatos (La música de Eric Zann, La llamada de Cthulhu, El color que cayó del cielo, En las montañas de la locura, etc.) que son como pesadillas en las que se alían mitologías arcaicas o apócrifas, zoologías aberrantes, erudición científica de segunda mano, imaginación y narratividad eficaces y una mala prosa excesiva en adjetivos “impresionantes”.

Lovecraft logra la suspensión de la incredulidad del lector mediante bibliografías impostoras. Si cita el Thesaurus Chemicus de Bacon, el De masticatione Mortuorum in Tumulis de Raufft, el Ars Magna et Ultima de Lulio, el Libro de Toth, el Zohar, libros realmente existentes, igualmente inserta entre ellos los títulos imaginados por él o por amigos también autores del género: el Libro de Eibon, la Cábala de Saboth, el Daemonolorum, el De Vermis Mysteriis, etcétera. Invención totalmente suya es el Necronomicon del “árabe loco” Abdul Alhazred.

El Necronomicon ha sido buscado por lectores y bibliófilos especializados. Rafael Llopis, erudito en literatura fantástica, cuenta que vio en la lista de encargos de la librería parisiense La Mandragore un gran número de solicitantes de la obra y que en archivos de la Biblioteca General de California apareció esta ficha:

“BL 430/B 47/ Alhazred, Abdulaprox. 738 D.C. NECRONOMICON (Al Azif) de AbdulAlhazred. Traducido del griego por Olaus Wormiu (Olao Worm), xiii, 760 págs, grabados madera, enc. tablas, tam. fol. (62 cm.) Toledo, 1647.”

Aún más: la sección de ofertas de la publicación especializada Antiquarian Bookman anunciaba:

“Alhazred, Abdul. Necronomicon, España, 1647. Encuadernado, piel algo arañada descolorida, por demás buen estado. Numerosos pequeños grabados madera signos y símbolos místicos. Parece tratado (en latín) Magia ceremonial. Ex Libris. Sello en guardas indica procedencia Biblioteca General de Universidad Miskatonic. Se vende al mejor postor.”

El Antiquariam Bookman realmente existe, o existía hasta hace unos años, pero la Universidad de Miskatonic es otro fantasma prestigioso que Lovecraft y su Círculo mencionaban para dar a sus relatos el tono de la seriedad “científica”. 

Más recientemente el Necronomicon se habría aparecido en una “traducción castellana (León, ¿1330?), hallada por F. Torres Oliver en el Archivo Histórico de Simancas”, en la que hay, ¿pergeñados por quién?, párrafos de hipotética prosa del siglo XIV:

“De los Primero Engendrados, escripto está que esperan sienpre al unbral de la Entrada, la qual se encuentra en todas partes é todos los tienpos, ca Ellos non conosçen tienpo nyn lugar, é los ay que tomar pueden diferentes Fformas é Maneras, é revestir una Fforma é un Rrostro; é las Entradas dEllos están en cualquiera parte, mas la primera es aquella ca fize avrir, a Saber: Irem, Çibdat de los munchos Pylares so el Desyerto, mas sy ome alguno dixere la Palavra prohibida avrirá allí mesmo una Entrada é podrá aguardar a Los Que Atravesaren la dicha Entrada, que asy podrán ser: Doles é el Mi-Go, é el pueblo Cho-Cho, é los Profundos de la Mar, é los Gogos, é las Descarnadas Animalias de la noche, é los Chogotes é los Vormis, é los Santacos que fazen custodia de la Kadat del Desyerto de los Yelos é la meseta de Leng.”

Aunque la crítica anglosajona considera a Lovecraft un autor de tercer orden, lo cierto es que, además de su mal gusto prosístico, poseía refinados recursos para el juego literario: entre sus trucos, que no desdeñarían ni Schwob ni Borges ni Arreola, está la invención de títulos que “documentan” una mitología del espanto.

Pero a través de los años el Necronomicon intenta desfantasmarse. En una librería de saldos hojeé una “versión”, impresa en Argentina o en Uruguay, que no pude comprar en el momento. Un amigo tan lovecraftófilo que cree, como Jacques Bergier, que Lovecraft  es “un genio llegado del Más Allá”, posee esa edición y no me la presta, pues quizá teme que mi “erudición” en su autor favorito le destruya la ilusión de leer el auténtico y legendario “grimorio”.