Los inmortales del momento

Lámparas oscuras y/o luminosas de Renán

La letra, la escritura, la gramática y la tipografía mismas le sugieren al poeta intensidades poéticas visualmente acogidas como significantes más acá o más allá de su significado y su sentido.

Ese personajizador que es el tiempo, pues de año en año va convirtiendo a una persona en un personaje, ha ido dándole al poeta Raúl Renán, nacido en Yucatán en 1928, un aspecto entre de Sócrates de tertulia y de Ulises del Mayab transterrado al archipiélago cafeteril de la Ciudad de México. Lo he tratado desde no sé cuántas tertulias en las cuales él siempre ha tenido muy intensa presencia y a la vez muy poca “identidad tertuliera”, pues es hombre de poco palabrerío oral y de muy decidores silencios. Aun si somos viejos amigos (de 50 años, creo) sé menos de él por lo que hemos conversado que por lo que le he leído. En realidad lo conozco desde su primer libro, o más bien desde sus Lámparas oscuras (haikús), un librito de 1976, impreso en miméografo y publicado en 500 ejemplares por La Máquina Eléctrica, la artesanal editorial fundada por él con sus amigos también poetas Guillermo y Francisco Hernández y Carlos Isla. En ese chapbook, en el que rinde homenaje a las nalgas femeninas, ofrece “breverías” muy visuales, como esta: “Bajo la falda/ se levanta un oleaje:/ lunas cautivas.” O esta otra, imagen en acción acerca
de la cópula: “Trote mullido/ las ancas de la bella: la prisa vuela”.

Renán ha publicado una treintena de poemarios en los que el ímpetu experimental convive con las formas clásicas, las imágenes de la remembranza con las del deseo, los entes de la zoología con los fantasmas del Eros, Mérida con Esmógico City, y los mitos con sus reversos... En uno de los últimos libros hay una intimidad abierta a la creencia no ilusa, como en el intranquilizador poema “El extremo en que yazgo”:

“Está sentado Dios/ al otro extremo de la calle./ A nadie llama ni rehúsa./ A todos ve pasar,/ ve pasar./ Cae una hoja/ y el silencio se espanta:/ divide en dos la calle/ y el extremo en que yazgo/ se desprende y boga a la deriva,/ a la deriva./ No volveré a pasar, lo juro/ bajo el peso de las pestañas./ La corriente se va/ contraria al flujo de la vida,/ de la vida.”

Renán, buen artífice dual, sabe pasar a la prosa, arte que nació en la historia progresando desde el habla rímica. El texto “Una colina rugiente de espuma” es a la vez un poema en prosa y un minicuento fantástico: “Detrás del muro de Ilión, una algarabía de niños seguía al anciano que llevaba colgando algas de sus ropas y arrastraba con trabajo un tridente comido por el salitre. Soeces, le gritaban arrojándole piedras. De las huellas de agua que dejaba su paso saltaban pequeños peces. Desapareció detrás de la colina rugiente de espuma. Los traviesos harapientos se sumaron detrás de su rastro. No pudieron regresar a tierra, convertidos en aletas sus pies y sus manos. Los gestos de sus bocas y narices se quedaron en la angustia de los peces que se ahogan con el oxígeno.”

A Renán la letra, la escritura, la gramática y la tipografía mismas le sugieren intensidades poéticas visualmente acogidas como significantes más acá o más allá de su significado y su sentido. En “Letromantía” trata de las palabras escritas como de cosas que pueden adquirir una inquietante vida:

“Abro la palabra y veo/ la araña de tinta que amenaza./ (…) Resbalan en cascada letras muertas/ por la conjura de los adjetivos. De nada/ sirven los pronombres: marcas/ de no sé qué materia articulada./ Sin el velo de la página del limbo/ los verbos desternillan en tropel.”

En 2011 y en 2013 el Gobierno Federal de Yucatán, el Instituto Cultural de Yucatán y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes publicaron, en un primer tomo de 270 páginas y un segundo tomo de 446, la Poesía completa de Raúl Renán. La edición es poco o nada atractiva con sus portadas verdes lechuga sus meras letras en blanco y ninguna imagen del autor. Lo bueno, ¿hay que decirlo?, va por dentro de los dos tomos mediocremente editados. En el total de 700 páginas vibra la obra de varia inspiración y varia invención de este poeta que ha alcanzado, a los 86 años, tan vivo como activo, la variada madurez de su arte poética, sin que (hasta donde yo sepa) lo hayan descubierto o lo hayan leído o siquiera registrado los antólogos, historiadores y críticos de las letras mexicanas.

Raúl Renán es un poeta todavía por descubrir y es ya un poeta al que admirar y celebrar.