Los inmortales del momento

Ibargüengoitia narraba la realidad rascuache

Para él las comedias solo eran buenas, eran fábulas sin moraleja, pues ya “de por sí” el mundo era espontánea comedia, y bastaba con cronicar una realidad mexicana siempre un poco destartalada, con trozos de Historia nacional.

Cuando, corpulento y lento, llegaba a alguna reunión en la que rara vez faltaba alguien que lo saludara como al “gran  humorista”, él rechazaba la e-ti-que-ti-ta: “Óyeme, qué chinga —me dijo en un “evento” cultural y de algún fervor alcohólico—: te tildan de humorista y, chin, ya todos esperan que estés haciéndoles reír como locos toda la noche. Si, por ejemplo, dices que está bueno el güisqui, se carcajean como de un gran chiste y te sientes un pendejo… o bien se decepcionan y son ellos los que te creen un pendejo”.

Jorge Ibargüengoitia odiaba el género del chiste, ese humorismo prefabricado y repetible. Su humorismo —que astutamente decía no tener—era al modo de sonrisa ladeada del humour inglés, más, a veces, alguna bien situada chispa brutal o grosera. Era un difamador, no de las personas, sino de la realidad común y rascuache. En su novela “negra” Las muertas, basada en el real y sórdido caso de las Poquianchis (las tiranas de un paupérrimo burdel regido como campo de concentración), la acción gira hacia un subliminal esperpento en el que torvos pistoleros pueblerinos se detienen en un tendajón a comprar magdalenas, chilindrinas, conchas, polvorones y otros panes dulces, y van comiéndolos antes de ejecutar su crimen con tosca pero eficaz profesionalidad.

En Los relámpagos de agosto el mundillo de la política revolucionaria institucional se vuelve una impasible comedia de politicazos y militares que se abrazan como titanes y grandes cuates para, cautamente, palpar cada uno la pistola en un bolsillo del traje del otro. En Los pasos de López, sobre la “gesta” de Independencia de 1810, no hay casi parodia, sino un modo de cotidianizar la Historia y sorprenderla en calzoncillos, de espiar al prócer: un sacerdote conspirador de apellido Periñón fácilmente traducible al real personaje histórico, que frecuenta el burdel de “Cuévano” mientras prepara la guerra liberadora, y los “cuevanenses”, que iban a ser liberados por los independentistas, prefieren irse al cerro a contemplar la batalla desplegada allá abajo, como viendo los toros desde la barrera.

Para Ibargüengoitia la comedia o la novela solo eran buenas si resultaban ser fábulas sin moraleja, pues ya “de por sí” el mundo era espontánea comedia, y, como en las recolecciones de sus artículos periodísticos, bastaba con cronicar una realidad mexicana siempre un poco insuficiente, un poco destartalada, con trozos de Historia nacional despojada de su H mayúscula y vista en la cotidianidad rascuache.

Desde su inteligente y digamos activa apatía, desde su sense of humour a veces con un toque ácido, le divertía el irónico espectáculo del mundo, pero ejercía la escritura como un serio trabajo de narrador que respeta al lector absteniéndose de veleidades experimentales y/o vanguardistas. Para él una novela era una estafa si no contaba su historia con las meras palabras inevitables y una narrativa lineal. Como bien advirtió Octavio Paz, que lo admiraba, Jorge era formalmente conservador: de Los relámpagos de agosto a Los pasos de López van casi 20 años y varios otros libros en los que no hay, ni hace falta, una progresión técnica. A su modo acataba la fórmula stendhaliana de la novela como “espejo paseado a lo largo de un camino”, aunque en Las muertas, quizá su obra maestra, nos deslumbre una página vertiginosa, casi virtuosista, sobre la pelea mortal de dos putillas en el triste prostíbulo pueblerino, y su conclusión en memorable anotación visual:

“Sus cráneos se estrellaron contra el cemento y se rompieron como huevos.”

En Las muertas está todo Ibargüengoitia metido en una nuez: una de las dos criminales hermanas Baladro (las Poquianchis) ya convictas y presas, le reprocha a la otra que, por buscar egoístamente una venganza personal (mandó matar a un desleal amante), arruinó el negocio prostibulario y las arrastró a la prisión:

“Dice la Calavera que Arcángela recriminó a Serafina:

“—Por egoísta, por buscar nomás tu venganza —parece que le dijo—, nos hundiste.

“Serafina contestó:

“—¿Qué culpa tengo de haber nacido apasionada?”.

Y ese momento sublime e irrisorio, de un carácter vuelto un destino, es de tragedia de Sófocles sabrosamente entonada como canción de Agustín Lara.