Los inmortales del momento

Hitchcock o el artista de la fisgonería

Luis Buñuel dijo que en las salas de cine debería darse una cerradura a cada espectador para que fisgoneara (¿espiase?) más a gusto a los personajes puestos y expuestos en la pantalla.

En 1954 Alfred Hitchcock filmó Rear Window (en las pantallas mexicanas La ventana indiscreta), una de sus obras maestras que, pese a tener sesenta años, parece realizada hace unos días. Según acabo de reverla gracias al dvd, no tiene una arruga, y creo que, más allá de su carácter genérico de film noir (aunque en technicolor), es una película sobre el voyeur, o sea “el mirón” o “el fisgón”, y, por extensión, sobre el director y el espectador de cine.

Me atrevo a hacer la difícil sinopsis del argumento: el periodista fotógrafo L. B. Jeffries, o solo Jeff (James Stewart), inmovilizado en su apartamento del Greenwich Village por un accidente profesional que lo dejó casi inválido en una silla de ruedas, se aburre cuando no lo visitan su enfermera masajista Stella (Thelma Ritter), su elegantísima novia Lisa (Grace Kelly) y Doyle (Wendell Corey), un amigo detective. Para entretener horas de soledad, ocio, bochorno veraniego y picazón de la pierna enyesada, Jeff se dedica, desde la casi invalidez y ayudado por binoculares y teleobjetivos fotográficos, a espiar “inocentemente”, desde su amplio ventanal, las ventanas del edificio de enfrente. Es como si mirase hacia un diorama de pantallas en el que sus vecinos: un compositor de canciones, una bailarina, dos matrimonios, una solterona, una pareja de recién casados, e incluso un perrito faldero (que sube y baja en una cesta-elevador), etcétera, vivieran las escenas o cotidianas o decisivas de sus propias películas.

Durante ese ¿inocuo? entretenimiento, Jeff advierte que uno de los vecinos de enfrente (Raymond Burr), casado con una mujer enferma y mandona, se porta de manera tan extraña que se hace sospechoso de haberla asesinado y descuartizado. El voyeurismo deviene en espionaje amateur, en intrusión en la vida de otros, para lo cual Jeff tendrá la —al principio reticiente y luego apasionada— complicidad de Stella, Lisa y Doyle. En los momentos terminales, el asesino descubre que fue espiado y descubierto y llega a castigar al entrometido Jeff, quien, parcialmente inmóvil, se defiende deslumbrando con el flash fotográfico al atacante, pero éste logra defenestrarlo y tirarlo al patio. Finalmente el asesino es atrapado y Jeff queda con las dos piernas enyesadas y tal vez curado de la fisgomanía, pero aún inerme ante el furor nupcial de Lisa.

François Truffaut, durante la extensa serie de entrevistas que hizo a mister Alfred para el libro El cine según Hitchcock, dijo tener Rear Window entre sus dos películas favoritas (la otra es Notorius). Es comprensible que un joven cineasta surgido de los Cahiers du cinéma, aquella catedral de la teoría y la crítica de cine, tan idólatra de Hitchcok, tuviera entre sus preferencias a La ventana indiscreta, pues quizá sea la obra más emblemática de las de su realizador por proponer una triple y tal vez no deliberada metáfora del cine, del cineasta y del público cinéfilo. En ella el protagonista central, el fotógrafo Jeff, representa al voyeur profesional: el cineasta, y simultáneamente al cinéfilo: el fisgón amateur, quien a su vez es fisgado y manipulado por Hitchcock: el fisgón autoral, que espía y captura a sus personajes para subirlos a la pantalla cinematográfica como a un “ventanal indiscreto”. Y todo ocurre en una película de vanguardia sin pretensión de serlo, en un drama criminal entreverado de comedia que tras el argumento manifiesto da el tema latente del pecado del voyeur, o el mirón o el fisgón, es decir: el cinéfilo.

No se sabe qué pensaba Buñuel de La ventana indiscreta (en el caso de que la haya visto), pero sí supimos Tomás Pérez Turrent y yo —como consta en nuestro libro Prohibido asomarse al interior. Conversaciones con Luis Buñuel— lo que pensaba del cine como un arte de la fisgonería. A propósito de su película Él, cuyo paranoico protagonista espía a su mujer a través de ojos de cerraduras, le preguntamos si a su juicio el espectador de cine sería un voyeur, un fisgón irredento. Don Luis respondió que en las salas de cine debería darse una cerradura a cada espectador para que fisgoneara (¿espiase?) más a gusto a los personajes puestos y expuestos en la pantalla.