Los inmortales del momento

¿Cuál era el libro que leía Hamlet?

Ese libro “actuaba”  el papel de otro volumen que en principio no existía sino en la imaginación shakespeariana; es una obra, pues, tan espectral como el puñal mental de Macbeth o como el filosófico cuchillo de Lichtenberg.

Cuando en la tragedia de Hamlet, Príncipe de Dinamarca, el protagonista, patético, peripatético —y para mí (¡gulp!) uno de los personajes menos simpáticos de la tan varia como poderosa obra de Shakespeare—, recorre la galería del palacio de Elsinor meditando sobre cómo armar la venganza prometida al fantasma de su padre, y leyendo o fingiendo leer un libro, ocurre que el viejo chambelán y charlatán Polonio le sale al paso y, con la intención de investigar las intenciones del príncipe, inicia un diálogo pretendidamente casual.

"¿Qué estáis leyendo, señor?", pregunta el gentilhombre de cámara improvisado en espía palaciego. "Palabras, palabras, palabras", responde lateralmente Hamlet. "¿Y de qué se trata, Alteza?", insiste el servidor áulico, cándidamente astuto.

"¿Entre quiénes?", inquiere a su vez el príncipe, astutamente cándido. "Quiero decir: ¿de qué trata eso que estáis leyendo, señor?", responde el anciano en lo que al parecer será un diálogo de preguntas. Y Hamlet responde en el modo tan pedante e intratable que acostumbra (endilga peroratas filosóficas a sus íntimos amigos; da no solicitadas lecciones de actuación a humildes pero curtidos actores profesionales; insulta a la inocente y amorosa Ofelia; hace irrespetuosas bromas al fantasma de su padre y, queriendo destruir a un solo hombre: el nuevo marido de su madre, torpemente produce, de carambola, una carnicería general en la que solo le faltará morir al apuntador). Responde con este comentario en el que más parece injuriar al añoso Polonio que reseñar un libro: "¡Calumnias, amigo mío! Porque el maldiciente satírico dice aquí que los viejos tienen la barba gris, que sus rostros están surcados de arrugas, sus ojos destilan espeso ámbar y goma de ciruelo y que adolecen de una cuantiosa falta de juicio, a la vez que de una gran flojera en las nalgas; todo lo cual, señor mío, aunque yo lo creo a pie juntillas, no encuentro, sin embargo, decente que lo pongan así en estos términos, porque vos mismo, amigo, seríais como yo si pudiese andar hacia atrás como los cangrejos".

Recuerdo que cuando en la adolescencia y en una arrabalera sala de cine de la Ciudad de México (¿el Parisiana, o el Rialto, o el Cairo?) asistía yo a un insólito programa doble: Las aventuras de Robin Hood y Hamlet, me hallé sorpresivamente viendo y oyendo la tragedia del príncipe danés filmada por Lawrence Olivier y actuada por él mismo con cierta letargia de zombi a tono con el protagonista, el cual, para mi gusto, se veía demasiado inactivo después del saltarín y sonriente Robin Hood-Erroll Flynn...aunque, a decir verdad, en el duelo final, el príncipe saltaba espada en mano desde una alta terraza hasta el piso del salón palaciego, logrando así un performance de atleta circense muy propia de Flynn y aun de Douglas Fairbanks senior en cualquier maravillosa película "de espadazos". Y en una tranquila/intranquila escena me inquietó el hecho de que no se notificara el título ni el autor del libro, pues el fotógrafo nunca ofrecía un primer plano del volumen.

¿Qué libro leía el filosofante Hamlet? El dato no podía ser trivial en un drama tan serio y protagonizado por quien, aunque muy dubitativo, no hacía nada de manera espontánea e irreflexiva. ¿Mentía el taimado príncipe y estaba leyendo un tratado sobre la eliminación de parientes traidores o la fabricación de venenos tan mortales como indelebles? O bien tal vez el príncipe tenía en las manos precisamente la mismísima tragedia de Hamlet escrita por William Shakespeare, con lo cual podría suceder lo que en francés llaman la mise en abîme: Hamlet lee un libro en el que Hamlet lee un libro en el que Hamlet lee unlibro...y así hasta lo infinito.

De cualquier modo, aparecido en la página y luego en el tablado y luego en la pantalla de cine y luego de la tele, ese libro está presente solo en modo "virtual". El príncipe Hamlet leía y hasta ahora sigue leyendo un libro fantasma que siempre será incógnito para quienes leamos o contemplemos su drama en el tablado o en la pantalla del cine o de la televisión. Y, aun si, para poner un libro en las manos del actor, el departamento de utilería de la compañía teatral o filmográfica habrá aportado un tomo de cualquier tema, pero lindamente encuadernado en piel, lo cierto es que ese libro "actuaba" el papel de otro volumen que en principio no existía sino en la imaginación shakespeariana. Es una obra, pues, tan espectral como el puñal mental de Macbeth o como el filosófico cuchillo de Lichtenberg. De lo cual puede deducirse que se trata de uno de los trucos shakespearianos para inquietarnos el cerebro, para hacernos meditar acerca de la vejez (estado que, por cierto, nunca alcanzará Hamlet) o de cualquier otro asunto que al espectador le pudiera venir a la mente, aun si éste, como yo, andaba todavía en la edad angelical, es decir, la quizá transicional edad boba.