Los inmortales del momento

Cuando los Tres Grandes posaron en Yalta

El hecho, si una imagen es un hecho, es que en los días finales de la Segunda Guerra Mundial un fotógrafo desconocido capturó a ese trío de personajazos que sin tener la nariz de Cleopatra cambiarían la faz del mundo.

Oh, río del Tiempo, detente, y déjame parpadear por unos instantes ante una de esas imágenes que (¿con la furia de la pasión o con la serenidad de la indiferencia?) te llevas hacia la Historia o hacia la Inmortalidad ¿o hacia la Nada? El hecho, si una imagen es un hecho, es que en los días finales de la Segunda Guerra Mundial (hace, pues, setenta años y unos días) un fotógrafo desconocido capturó a ese trío de personajazos que sin tener la nariz de Cleopatra cambiarían la faz del mundo.

El clic perpetuador del momento irrepetible sonó en el palacio de Livadia, Yalta, Crimea, en febrero de 1945, un año en el que concluiría la guerra, se abrirían los campos nazis de concentración y exterminio (Auschwitz, Buchenwald, Dachau y otros) liberando a solo miles de hombres, mujeres y niños sobrevivientes de millones de prisioneros exterminados, y Adolfo Hitler “cometería” suicidio en su búnker de Berlín y estallarían en Japón dos sucesivas bombas atómicas que iniciarían el final de la susodicha gran guerra mundial y el nuevo orden político internacional, que pronto se vería amenazado por los signos de la guerra fría.                               

Los “Tres Grandes” que posaron en aquella imagen fueron transitorios seres de carne y hueso “y un pedazo de pescuezo” (según decíamos los escolapios de México), pero ya eran históricos, es decir ya propuestos como inmortales por el siglo XX. Son, de izquierda a derecha: Winston Churchill, entonces primer ministro de Inglaterra, Franklin D. Roosevelt, entonces presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, y Iosif Dzhugashvili Stalin, entonces supremo dirigente (y dueño) de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.    

Churchill, redondo, fumador de su emblemático puro (de los que un día llevarán su nombre) y por una vez sin hacer el gesto de la V de la Victoria, se abotona un puño de la camisa o acaso busca en la manga del abrigote una pluma estilográfica con la cual anotar algo para su Historia de la Segunda Guerra Mundial (con la cual ganará el Premio Nobel de Literatura por méritos de guerra y no precisamente literarios).

Roosevelt, demacrado, con fantasmal aureola de canas y un aspecto enfermizo que anuncia la muerte que le alcanzará unos meses después, mira hacia fuera de cuadro como si interrogase a un futuro del que ya le queda tan exiguo horizonte.       

Y Stalin, con el bigotazo canoso, pero con aspecto robusto y militar, delata un afán de actuar apenas retenido en las rudas manos de astuto campesino georgiano autorrealizado en tirano; y quizá ya ha logrado que los otros dos acepten el imperio soviético sobre una no pequeña parte de Europa central y algunos alrededores.         

Durante la espera del clic acaso Churchill habrá dado una muestra del británico sense of humour, acaso Roosevelt habrá dicho algún buen gracejo de estirpe marktwaniana, acaso Stalin habrá emitido un fuerte proverbio ruso y políticamente biscornuto. Pero tales distracciones no negaron lo serio de la reunión, en la cual Roosevelt consiguió que Stalin hiciera la guerra al Japón y participara en el acuerdo de la división de Alemania en zonas controladas por británicos, soviéticos, franceses y norteamericanos. Y en ese instante (pues ¿en qué momento de la Historia se habría reunido semejante trío de principalísimos jefes o amos del mundo?) parecería que los personajes habrían acertado en suscribir la Declaración de la Europa Liberada y en que se instaurasen elecciones libres y gobiernos democráticos en los países que habían estado bajo el dominio de Alemania, pero he aquí que los inmediatos comentaristas occidentales los acusarían  de haberse repartido la geografía mundial y ceder países al totalitarismo de la Unión Soviética.

Un detalle circunstancial, pero quizá indicativo de una proximidad de la guerra fría, ¿ya intuida por Churchill?, es que en el día de la foto había muy baja temperatura: los famosos Tres Grandes están forrados de gruesa ropa (Roosevelt con una manta a modo de capa) y uno de los personajes laterales allí presentes, el joven, fuerte y muy atento oficial de la izquierda de la foto, se inclina encogido de hombros y con las manos en los bolsillos del abrigo.