Los inmortales del momento

Goya, soñador de monstruos y maravillas

En la lengua del católico y tan putañero como puñetero siglo XVI español apareció la palabra capricho, derivada del italiano capriccio, que, según etimólogos, es contracción de capo (cabeza) y riccio (erizado) y significa capricho, fantasía, antojo o una nueva y extraña idea en una obra de arte y una briosa y graciosa breve pieza musical.

En el año 1796 el pintor don Francisco de Goya y Lucientes tituló precisamente Caprichos a una serie de grabados al aguafuerte en la que, dijo, trataba “asuntos que se prestaban a presentar las cosas en ridículo, a fustigar prejuicios, imposturas e hipocresías consagradas por el tiempo”.

Ahora, gracias al doctor Freud y seguidores, sabemos, o creemos saber, que bajo la “frivolidad” de una obra de arte caprichosa, meramente debida al ingenio, puede haber un pensamiento “loco” que trabaja desde lo profundo del Id, desde el inconsciente y el subconsciente, desde el oscuro sótano del pensamiento.

Goya, tanto en esas planchas litográficas como en las de otras dos series, los Disparates y Los desastres de la guerra, habría exteriorizado su mitología interior, su fantasmagoría íntima, su secreta tropa de alucinaciones y obsesiones, de magia y brujería. Así lo entendió el poeta Baudelaire en “Los faros”, uno de los poemas iniciales de Las flores del mal:

“Goya: pesadilla hecha de cosas desconocidas,/ de fetos asados en noches de brujas,/ de viejas ante el espejo y muchachas desnudas/ que tientan al demonio estirándose las medias.”

Es decir que la serie de los Caprichos no es solamente una obra satírica sobre los “usos y costumbres” de la dieciochesca sociedad española, sino además, y sobre todo, una obra maestra del romanticismo negro y del arte fantástico. El genial artista habría puesto en la plancha del aguafuerte un contenido latente, habría sacado a la luz sus sueños y sus pesadillas surgidos del paréntesis oscuro que en la noche del dormir, o en la del insomnio, se abre para dejar hablar al pensamiento irracional. En el Capricho número 43, que es la imagen emblemática y justificadora de la serie, un hombre, dormido de cansancio después de haber escrito algo, está con la cabeza derrumbada sobre la mesa y metida entre los brazos, asediado por murciélagos, búhos y lechuzas en “infame turba de nocturnas aves,/ gimiendo tristes y volando graves” (Góngora), mientras un gato nos observa con ojos fosforescentes. El ícono se adelanta al romanticismo negro y a las intuiciones del surrealismo: la leyenda dentro de la imagen ya nos avisa de qué va el asunto, y un texto en pie de página amplifica la sentencia en una teoría acerca de la fuente profunda de la creación artística:

“La fantasía, abandonada de la razón, produce monstruos imposibles; unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas.”

¿Y qué sueña ese hombre que tal vez es el mismo Goya, o que, aparte de la vestimenta de época, podría por adelantado ser Charles Baudelaire, el de la fuga de la ciudad perversa y la invitación al viaje hacia islas o continentes imaginarios; o Edgar Allan Poe, el soñador de un alucinante y terminal horizonte marino sobrevolado por gigantescos pájaros blancos que gritan te-ke-li-li, te-ke-li-li; o Isidore Ducasse, el falaz Conde de Lautréamont, el cantor de Maldoror, que proponía la belleza poética como la conjunción fortuita de un paraguas y una máquina de coser en una mesa de quirófano; o un surrealista, practicante sonámbulo de la escritura automática, que musitase la frase con que se tituló el juego del cadavre exquis: “El cadáver exquisito beberá el vino nuevo”.

Goya pintó fantasías a las que dotó de concreción, de carne, de pelos y señales. En el cartón, en la piedra o en la tela, puso brujas y trasgos y ogros y titanes de un mundo sin barrera fronteriza entre el horror y la maravilla, entre lo humano y lo animal, entre el ser vivo y el fantasma, entre esperpento y belleza. En las series de los Disparates, de los Caprichos, de los Desastres de la guerra, así como en otras obras de asunto fantástico, como en el cuadro El Titán y en las pinturas murales de su Finca del Sordo, parece haber querido mostrarnos que en el interior de cada hombre puede haber demonios y ángeles, o como él los llama, “monstruos y maravillas” brotados en la razón violada por el poder onírico.