Los inmortales del momento

Giono mira el andar de Sor Clémentine

El escritor francés, evocando hechos y personajes de su niñez aldeana, pone en pie, en movimiento, en ritmo, a la bella monja cuyo andar es una secreta danza recreada por una escritura intensamente visual.

La poesía, como el Espíritu en los místicos, sopla donde quiere, y la prosa —la prosa de la novela o del ensayo o de la crónica y hasta la del reportaje— puede vibrar con un tono de lirismo. “Yo quiero recoger el canto del mundo”, escribió Giono, y también quiso recoger la danza de los seres: tanto la de los aldeanos al son rústico de la tarantela, como la de un vagabundo que cantando se complace en zigzaguear rítmicamente por el camino, o la del árbol que, aunque sujeto por la raíz, baila furioso bajo el viento, o la de la bella monja (gionesquiana) que camina como navega un velero.

El francés Jean Giono (Manosque, 1895-Manosque, 1970) pudo decir, como Jules Renard: “Mi aldea es el centro del mundo porque el centro del mundo está en todas partes”. Fue soldado en la Primera Guerra Mundial, fue anarquista pacifista, fue académico de la Goncourt, fue fugazmente cineasta, y fue, sobre todo, un fluvial novelista que la mayor parte de su vida y de su literatura la vivió y la escribió en su terruño natal y desdeñando al muy literato París. En sus novelas de la primera etapa (Nacimiento de la Odisea, Retoño, Un hombre de Baumugnes, Batallas en la montaña, El canto del mundo) ejerció una narrativa lírica, constelada de imágenes y metáforas, en la que los personajes son aldeanos, campesinos, artesanos, pastores y vagabundos que conviven y combaten con los elementos terrestres. En las obras de su segunda etapa, la siguiente a la Segunda Guerra Mundial, su escritura cambió: abandonando la prosa enfática y el lirismo cósmico, adoptó una forma ceñida a lo narrativo y a un más marcado trazo novelesco: Las almas fuertes, El molino de Polonia, y su obra maestra: El húsar en el tejado, en la que el joven húsar Ángelo Pardi, un muchacho amante de la libertad y del azar que largamente recorre pueblos y caseríos ocupados por la peste, es, sin duda, el hermano literario del inmarcesible Fabrizio del Dongo, antiheroico héroe de La cartuja de Parma, la novela de Stendhal.

La tierna, sensual, elegante página sobre Sor Clémentine, de la que aquí doy una versión lo más leal posible, es de Jean le Bleu, libro autobiográfico y apenas novelado, de 1931, en el que Giono, evocando hechos y personajes de su niñez aldeana, pone en pie, en movimiento, en ritmo, a la bella monja cuyo andar es una secreta danza recreada por una escritura intensamente visual.

EL ANDAR DE SOR CLÉMENTINE

“Lo que seducía en Sor Clémentine era la parte media de su cuerpo. En reposo no había allí, a decir verdad, más que el espeso y rudo cíngulo y los pliegues de su negro fustán: dos pliegues que ascendían como guirnaldas contra su pecho y diez pliegues que descendían hasta sus pies. Llevaba la falda un tanto corta, lo bastante para descubrir los desnudos tobillos. Así, inmóvil, con los brazos recogidos contra el busto para sostener el libro, y con la cabeza erguida, tenía la nobleza de las columnas de mármol. Pero, en momentos de nuestra clase matinal, cuando los colegiales, separados del ruidoso mundo de la calle y de la ciudad, sentíamos fluir hacia nosotros el piar de los palomos y el susurro de la hiedra rozando los muros, he aquí que Sor Clémentine echaba a andar. Ahora, cuando escribo con el cigarrillo en un rincón de los labios y con los ojos ardiendo por la lámpara encendida toda la noche, y cuando tras la ventana se vislumbran las tempraneras carretas campesinas, dejo la pluma, medito sobre el despertar de mis sentidos varoniles y sé que nunca he gustado de alegría más pura, más musical, que la de ver andar a Sor Clémentine. Es verdad que ante mí danzaron casi todas las seducciones del mundo. Aquello nacía como un golpe de viento. Sor Clémentine comenzaba a andar y las plantas de sus pies daban suaves chasquidos en el gimiente piso de madera. Una ondulación que era a la vez ola, cuello de cisne, temblor, ascendía por esa columna, y si hubiera subido hasta el cuello la habría quebrado como a un tallo de lirio. Pero Sor Clémentine recibía la oscilación en las bellas caderas, la convertía en un balanceo de navío, y toda la parte alta de su cuerpo —pecho, hombros, cuello, cabeza y cofia— se estremecía como un alto velamen en el que soplara el viento”.