Los inmortales del momento

Fred Astaire o la levedad y la gracia

En sus películas era un cineasta completo, pues regía el modo de filmar sus números, y resultaba, además, un pensador que hablaba con la telegrafía del zapateado para proponer la danza y la música como condición para la felicidad.

La danza, que confiere cuerpo visible a la música, según escribió Walter Pater, es el arte a cuya condición aspiran todas las demás artes. Tal vez esa frase me suscitó anoche un sueño en el que ante mí bailaba Fred Astaire (Fritz Austerlichtz, Omaha, Nebraska, 10 de mayo de 1899-Los Ángeles, California, 22 de junio de 1987), uno de los mejores bailarines de su siglo según desde las cimas del ballet reconocieron Nureyev y Baryshnikov. Pero Astaire no fue solo un gran bailarín del teatro y el cine, sino además un poeta de la escritura corporal en la gran página de la pantalla.

Astaire era en sus filmes un cineasta completo, pues regía el modo de filmar sus números (se le debía encuadrar de cuerpo completo y en tomas largas), y resultaba además un pensador que hablaba con la telegrafía del zapateado (el tap) para proponer la entrega a la danza y a la música como condición para la felicidad. Con la frase que al comenzar a filmar un número dirigía a sus partenaires: “Let yourself go” (es decir “déjate ir”, o bien “deslízate”), daba una lección de baile como una lección de vida.

En la mayor parte de su filmografía, desde Sombrero de copa y La alegre divorciada hasta Bandwagon (en México: Brindis al amor) y Medias de seda, cuatro de sus obras maestras, alzó un personaje que, presentándose como un profesional de la danza, o como un dandi, o como un mero flaneur (paseante), tenía, además de la elegancia vestimentaria formal o informal, una abierta disponibilidad al ocio, al azar, a la mujer. En sus filmes siempre parece haber una temprana, esperanzada e idílica noche de sábado. Su danza misma, de una técnica precisa en la que se evaporaba cualquier apariencia de esfuerzo y virtuosismo, se veía efectivamente como un dejarse ir o un deslizarse, y esto lo ilustra la admirable secuencia “Dancing in the dark”, de Bandwagon, en la cual Astaire y Cyd Charisse, tan bella que te cortaba el aliento, caminan en la noche por un hollywoodizado Central Park y suavemente pasan del inicial paso del andar al paso de la danza, igual que un poeta pasaría con toda naturalidad de la prosa al verso. En ese instante encantado, de una gozable fluidez (como solía suceder con otras parejas de Astaire, sobre todo con Eleanor Powell y Ginger Rogers, pero también con Vera Ellen y Ann Miller), pareciera que Cyd, de cuerpo más imperioso que el de Fred, perdiera materialidad en brazos del bailarín menudo y flaco, y que el airoso revoloteo de la falda, en torno a las perfectas piernas de ella, fuese como el íncipit del vuelo.

La exquisita reserva, el encanto flotante, la desenvoltura aérea y amable que caracterizan el arte astairiano se concentran en una sola palabra: levedad. Y la levedad, la primera de las seis propuestas de Italo Calvino para la escritura ideal, es acaso el principal de los dones de Astaire, una especie de magia natural que él podía comunicar no solo a la bailarina adjunta, a esas maravillas de lo femenino eterno que eran Cyd y Ginger, sino hasta a un bastón, o a una escoba, o a un perchero, en fin: a cualquiera de los objetos del decorado que él lograba convertir en elementos activos, en otros compañeros de danza, otros personajes que girasen en la órbita del hombre que vive su baile y baila su vida, y que con su acto ya no solo multiplica el espacio, sino también anima las cosas. Las técnicas del cine apoyaban metafóricamente esa virtud: de la mediocridad del Royal Wedding se salvan una o dos escenas de danza; en la mejor, un escenario giratorio sobre un eje horizontal permite que Fred baile zapateando en las paredes, en el techo, alrededor del plafón, y virtualmente venciendo a la ley de la gravedad y multiplicando y variando el piso con la voluntad alegre de señorear el espacio.

Como “un árbol bien plantado mas danzante” (decía Octavio Paz en uno de sus poemas mayores, “Piedra de sol”), Fred Astaire, personaje nacido de la triple boda de la música, la danza y el cine, filósofo en acto, en la levedad y la gracia, fue el caballero danzante de las libertades imaginarias (quizá las únicas que existen).