Los inmortales del momento

A Fernando del Paso

Pero qué digo, si en realidad lo tuyo, aparte de que hayas escrito poemas en verso, es hacerle a la poesía a través de la prosa narrativa, o sea poéticamente violar el género novela.

Querido Fernando:

Celebro con alegría la noticia de que el espíritu de Miguel de Cervantes haya soplado a través del areópago que te otorgó el desde hace mucho más que merecido galardón estelar. Desde que supe la noticia me puse a releer algo tuyo, algo del tiempo en que nos conocimos, como si se tratara de volver a esa época fundacional de una amistad que, si la memoria no me hace trampa, comenzó hacia 1957 en esta Ciudad de México —aún no Esmógico City— en la casa temporal de nuestro común amigo colombiano y magnífico escritor Antonio Montaña (que, lo sabes, no es un seudónimo o heterónimo agigantador de mi "identidad", sino que estaba realmente en pie hasta hace un par de años).

A tal casa, en la avenida Sonora casi esquina con la avenida Chapultepec, llegaste allá por 1956 o 1957, cuando sentados Antonio y yo frente a frente, con una mesa y máquinas de escribir de por medio, tecleábamos presuntuosos largos párrafos narrativos dizque conradianos, dizque proustianos, dizque faulknerianos, los cuales de cuando en cuando nos leíamos en voz alta el uno al otro, pues competíamos en escribir (a fuerza de gerundios y conjunciones, incisos y paréntesis y estirones de la sintaxis) las oraciones más largas, a veces de más de una cuartilla y aún más.

En una pausa del furioso/gozoso tecleo nos dijiste que acababas de escribir unos cuantos sonetos "algo barrocos" que nos leíste con la buena voz de locutor en español de la BBC que, para ganarte el condumio, serías en Londres unos años después. En tales "poemitas", como los llamaste, ya entonces advertimos tu loco amor por las palabras (pero "había método en tu locura", diría el William paradigmático). En técnicamente irreprochables cuartetos y tercetos, en los canónicos catorce versos de once sílabas y con acento en la sexta, ejercías un bien llevado delirio verbal, una escritura automática moldeada por la imperiosa rima, más alguna leve intrusión de un neovocablo, como ocurre en ese padre paraguas muy de recomendar a los dolidos de cotidiana música crepuscular, a los aquejados de mañana gris y lloviznosa, a los heroicos cursis extraviados en la ciudad, esos lectores de nubes malignas y de tiernamente chantajistas miradas de perro transeúnte.

Y aquí va el poema, lamentando que vaya de largo con solo diagonales para separar los versos de principio a fin escritos, pues así los quisiste, con letra minúscula:

"mi corazón mojado solicita/ ser hijo de un paraguas cotidiano,/ y graduado en sus alas, tan temprano/ enjuagar las escuelas de visita.// en la lluvia, cerrado, se habilita/ un paraguas alférez en lo ufano,/ y a su cuello de alambre, por lluviano,/ adjudico pañuelos en la cuita.// esqueleto de barco giratorio/ que lo enjuago a lo diario y que lo tiendo/ luego de consabido lavatorio,// escurrido de estrellas lo desciendo/ y cobijo le doy en mi jolgorio,/ y a dios componedor se lo encomiendo".

Era uno de los nueve Sonetos de lo diario que en cuatrocientas esbeltas plaquettes con viñeta de unicornio dibujado a partir de la espiral por Héctor Xavier, e impresos en noviembre de 1958 en el taller de los maestros tipógrafos Salido Hermanos, de México D.F., componían el número 21 de los Cuadernos del Unicornio editados por Juan José Arreola, el extraordinario escritor y generoso suscitador de entonces jóvenes escritores, quien a mí, tres años antes, me había publicado en la colección Los Presentes un librito que a él le pareció bueno ("entre Charles-Louis Philipe y Saroyan", me dijo) pero del que ahora prefiero callar el título, pues yo no me había estrenado tan brillantemente como tú.

Y tus nueve sonetos que me dedicaste "a Pepe, con todo cariño" (¡vaya: hay tantos Pepes por el mundo que esa dedicatoria no me permitía presumir de un amigo de medio siglo!) los releí como acostumbro hacerlo por las noches: paseando de un extremo a otro y vuelta a empezar en el pasillo de mi casa, leyendo en voz susurrada tanto versos como la prosa, sin que Polvorilla, mi gata inmortal ya fallecida, haya venido ahora a mordisquearme los tobillos, como hacía en tales ocasiones porque no me reconocía la voz lectora: era que le parecía la voz de otro, la de un impostor (aunque yo no impostaba), y...

Recordé que entonces, es decir hace 50 años, Antonio y yo estábamos convencidos de que tú ibas para poeta, y poco después nos extrañó que derivases hacia la prosa de tus grandes novelas de chorrocientas páginas: José Trigo, Palinuro de México, Noticias del Imperio.

Pero qué digo, Fernando, si en realidad lo tuyo, aparte de que hayas escrito poemas en verso, es hacerle a la poesía a través de la prosa narrativa, o sea poéticamente violar el género novela, y allí están, por ejemplo, en Noticias del Imperio para no ir más atrás, esos poemas en prosa que son los monólogos de Carlota, momentos de lírico delirio en los que la emperatriz de la íntima, la oscura y desvariada voz, se desangra y se mea y humea y fluye como un alborotado río de palabras, como una sucesión de arias de la locura en perpetuo fluir oscuro y relampagueante entre trozos y trozos de una documentadísima crónica que viola la Historia y la asesina para revivirla en el tiempo/espacio de la superrealidad.

Y habría mucho más que decir, Fernando, pero por ahora solo esto:

¡Un abrazo de "¡compañero del alma, compañero!", como decía Miguel Hernández, ¿recuerdas?