Los inmortales del momento

El misterioso caso de la Virgen en la garganta

Naciste, o más bien te nacieron, en una casa de apartamentos de la calle de Mies del Valle, así nombrada porque, en muy lejanos tiempos, por ese lugar entraban a la ciudad de Santander (España) las carretas de trigo. Calle ahora corta, de una sola manzana, transversal a la Alameda Segunda. Calle algo opresiva porque la cierra al fondo un muro gris que niega el paso a los fantasmas de las carretas… y porque te recuerda cierto episodio de tu primera infancia.

Siendo tú apenas un niño que aún gateaba ocurrió allí el caso de la medalla criminal, uno de los grandes hechos de la pequeña historia familiar que te han contado tus padres y tus parientes Colinas y/o Gurrías.

La medalla de la Bien Aparecida Virgen Patrona de Santander, que en tal ocasión casi te asesina, era una pequeña pieza pesada y gris, octogonal, de plomo, cubierta con una leve capa de plata, que tu madre, para tenerla fuera de la vista de tu padre, por sumiso respeto al ateísmo de su marido: Jenaro de la Colina, guardaba en uno de los cajoncillos de la máquina de coser, entre carretes de hilos, retazos de telas y patrones de costura.

Un día, en un recorrido a gatas por la casa, descubriste el cajoncillo, revolviste su contenido, te llamó la atención la medalla, y, confundiéndola tal vez con un caramelo envuelto en papel de estaño, te la llevaste a la boca, la tragaste, y con sus ocho ángulos (picos) se te atoró en la garganta y comenzó a asfixiarte. Tu madre entraba en la habitación y al verte pálido, ojiabierto, boqueando y tosiendo, te tomó en brazos y te sacudía gritando para que alguien viniera a ayudarla, y el tío Marcelino, que estaba de visita, esperando que llegara tu padre, acudió, intuyó que algo se te había atragantado y, tomándote a su vez, cargándote y poniéndote sobre un hombro, salió de la casa, bajó las escaleras, echó a correr por las calles en busca de un establecimiento médico.

Recuerdas el momento como de una película muda: el tío Marcelino corre por la calle atropellando a asustados transeúntes, cargando al niño que abre mucho los ojos y la boca y agita los brazos como un muñeco de guiñol, mientras al pie de la pantalla el pianista de la sala, aburrido y con ganas de fumarse un cigarrillo, cosa prohibida en las salas de cine, pianotea una transcripción de la airosa, airada aria “Di quella pira”, de Il trovatore.

Llegados el tío y tú a un consultorio, el médico se asomó a tu boca abierta. Te habían vuelto los colores a la cara y el ritmo normal a los pulmones, solo te quejabas, lloriqueabas, hipabas, y resultó que tenías la garganta rasguñada, ensangrentada, pero cualquier cosa que se te hubiera atragantado, dijo el médico, ya estaba fuera de tu organismo, en el estómago, así que sería expulsada en unas horas por “salva sea la parte”.

Al bajar las escaleras hacia la calle, una habitante del edificio llamó a tu tío desde una puerta, abrió la mano, mostró en ella algo que aún tenía alguna baba sanguinolenta y dijo que lo habría echado el nene por la boca. Era la medalla, expulsada quizá cuando tío Marcelino, subiendo a trancos la escalera y fatigado de cargarte sobre un hombro, bruscamente te puso bocabajo sobre el otro.

Cuando tu padre, que volvía de la imprenta y a quien, en un ataque de histeria, tu madre había mal informado de lo ocurrido, salía de casa en busca del hermano y el niño, los encontró a los dos subiendo ya la misma escalera hacia la casa. Vio la medalla que Marcelino le mostraba diciendo que eso se lo había tragado el niño; la tomó, la examinó, la arrojó al suelo y, soltando fuertes palabras impías, la pisoteó furiosamente, hasta convertirla en una pequeña e informe masa de plomo.

En esta escena se vería la conveniencia de que la supuesta película titulada El misterioso caso de la Virgen en la garganta fuese silenciosa, porque en tal caso no se oirían los mecagüendioses e impías alusiones a la Bien Aparecida que profería Jenaro de la Colina.

Muchos años después, ya marcada la familia con la doble equis en la frente, la del exilio y la de México, y tras haber contado tu madre el episodio de la medalla a una vecina, ésta comentó que la Virgen había hecho el milagro de sacarte la medalla de la garganta.

—Pues ¡vaya con el amuleto de la milagrosa Virgen! —dijo tu padre con una sonrisa que te asombró porque él no soportaba a las beatas—. ¡Ya hubiera sido milagro más que suficiente no habérsele metido a Pepe en la boca!

Y tú quedarías sospechando por mucho tiempo que tus anginas y otros males de la garganta que te aquejaron en gran parte de tu niñez habrían sido generados por aquella intrusión pía, pero asesina, en tu espacio interior.