Los inmortales del momento

¿Efecto Rachmaninoff o de “Palitos Chinos”?

Caer en el suelo, o más bien caer en la alfombra azul que te quiero azul, como caer/ascender a un cielo invertido y en compañía de la rubia, la blanca, la tentadora y todavía no fallecida pero ya inmortal Marilyn, según ocurre en una secuencia de The Seven Year Itch (en México Comezón del séptimo año), no sería ciertamente una desdicha, sino una de las más fascinantes glorias dadas por el cine, digna de que la recuerden por siempre los cinéfilos y los fanes de MM. En esa secuencia, el protagonista masculino, un tal Richard Sherman (Tom Ewell), alto empleado de una editorial popular, padre de familia, hombre maduro, moderadamente mediocre y eventualmente soltero en el sofocante verano neoyorkino, ha estado durante más de una hora soñando ligarse a la hermosa vecina no de al lado sino del piso superior que es, ¡venturosa casualidad!, Marilyn Monroe tal como el esplendoroso technicolor la glorifica (y a quien en la película no se le da nombre: solo es The Girl, es decir La Muchacha). Richard sufrirá, ¿o gozará?, una tan intensa como compartible obsesión erótica a partir de que ella, desde el balcón de arriba, y sin duda por un descuido, estuvo a punto de matarlo mediante un macetazo, de modo que el susodicho Richard, instantáneamente seducido y como devuelto a la adolescencia (la cual, como todos sabemos, es una edad extremadamente deseosa), tratará, desde ese momento, de “ligarla”, y le da champagne (“champaña”, pues) para que ella “sopee” en el burbujeante líquido dorado unas simples hojuelas de papa frita (lo cual desde luego resultaría grotesco y vulgar si ella no fuese Marilyn, un ser con tanta gracia). Entonces Richard, persistiendo en su intento donjuanístico a pesar de ser feo y casado y paterfamilias, pone en el tocadiscos el Concierto para piano número 2, de Sergei Rachmaninoff, que, como se sabe, es música muy espiritual y, quizá por eso mismo, muy erotizante (aunque sea en plan fino y romántico), pero es evidente que a ella, que no es muchacha culta ni pretende serlo, esa música sublime no le hace ningún tilín, o, en otras palabras, no le causa nada de feeling, no la “motiva”. Richard, sin desanimarse, pues está cada vez más en onda de machito cabrío, acompaña a la muchacha en tocar enérgicamente en el piano la inmarcesible y no poco idiota pieza “Palitos Chinos”, que los dos “ejecutan” a cuatro dedos (esto es: dos dedos por mano de ella y dos dedos por mano de él), y pasan un rato con tal gozo sonoro que solo un crítico musical tan viejo como para tener pelos blancos en las orejas juzgaría que es digno de mejor causa. Y… llega el momento cumbre de la secuencia:   Ya en la lujuria irreprimible, Richard se arroja a besar a la muchacha tomándola por sorpresa, pero solo logra darle un fuerte empujón. Los dos caen del banquillo del piano a la alfombra de intenso azul celeste, en la cual quedan perplejos y sospechablemente felices, pues acaso no habrán sentido el accidente como un momento de frustración, sino como un episodio mágico y hasta poético.

Por lo menos eso es lo que tú, a tus 21 años, habrás sentido al ver el primero de noviembre de 1955 en el cine Chapultepec el filme de Billy Wilder. Y, aunque no eras ni eres un galanazo ni mucho menos, te hubieras resignado a ser tan feo y tan paterfamilias y acaso tan mediocre como Richard Sherman (Tom Ewell) a cambio de la espléndida fortuna de caer con La Muchacha, es decir con Mmmmarilyn Mmmonroe, en la alfombra azul; o, la verdad sea dicha, en donde sea.