Los inmortales del momento

Edgar Allan Poe y el te-ke-lili

El 7 de octubre de 1849 el caballero Edgar Allan Poe, nacido el 19 de enero de 1809, poeta, cuentista, ensayista, periodista, tras haber sido encontrado alcoholizado e inanimado en un café o bar de la ciudad de Baltimore (Maryland, Estados Unidos), agoniza delirando en el Washington College Hospital, y si nos acercamos bastante a él acaso podremos oír su susurrado monólogo entrecortado por jadeos que son ráfagas de puntos suspensivos:

“Mi capote, mi bastón, mis guantes, mi sombrero... ¿Cómo llegué aquí? La segunda copa siempre me fue fatal, y me la invitaron, y luego otra y otra y... Alma mía profética: ahora que cabalgamos en el hipogrifo violento, corriendo parejas con el viento, razonemos, es decir deliremos a nuestro entero gusto... Escucha... Escucha el ululato de los grandes pájaros espectrales sobre el infinito mar blanco: ¡te-ke-lili!, cuatro sílabas que son mi último definitivo poema, porque bien decía san Agustín: ‘Cuando nos servimos de las palabras para descubrir lo que pensamos, solo expresamos una sola cosa a la vez, pero si yo pudiera expresarme de otro modo, pondría en una sola palabra todos mis pensamientos’... y yo encontré la palabra: te-ke-lili, y váyanse al infierno los médicos y los enfermeros, esos filisteos de batas blancas que me reprochan la borrachera de mi vida, sepan, perros filantrópicos, que la poesía es una calculada embriaguez... yo no soy arquitecto de elevadas torres de Babel, de papel, soy Poe, the poet, aun si no sé a dónde carajos se fue la T que merece mi apellido... no fastidien registrándome como vagabundo borrachín, a final de cuentas la poesía es una profesión, qué digo una profesión, es un honrado comercio, y honorablemente viví de vender y revender, pedazo a pedazo, palabra a palabra, mi intangible dominio de Arnheim y mi etérea Isla del Hada y mis castillos en España... y viví de cantar mi Cuervo y mis Campanas y mi Annabel Lee y mi Ulalume y mi El Dorado... los dije una y otra vez a cambio de copas, los recité en los bares, cabarets y cantinas, mientras, agarrado al mostrador, luchaba heroicamente para no naufragar en las niqueladas y hondas escupideras junto a la barra... los monologué usando del poder de concebirme otro, u otros, que es la mayor de las licencias poéticas si las hay... pero ante todo soy un caballero, y Oinos es mi cabalgadura... Sobre las Montañas de la Luna, hacia el valle de El Dorado, galopa, audaz galopa, si vas en busca de El Dorado!... Cabalguemos, Oinos, mi alado corcel... Cuánto cabalgar, cuánto heroísmo el mío, soy el primer escritor americano que se arriesgó a ser un héroe y un mito, dejé la vida en ello, y todo para que finalmente un dizque filósofo se atreva a apodarme the jingleman, el hombre del tintineo..., me dicen que lo dice ese Emerson, son of a bitch, asno versorreico que daría su alma por tintinear como yo o siquiera por morir cascabeleando al lado de un barril de amontillado, como mi emparedado Fortunato... ¿Cómo he llegado aquí? Finalmente caí en sus manos, en las manos de los representantes de la canalla, que para engordar la gran farsa democrática me emborracharon más allá de mis posibilidades, y tal vez hasta me dieron opio y me arrastraron por todas las casillas electorales de este siniestro Baltimore, ¡Baltimore nevermore, nevermore!, haciéndome votar una y otra vez con mi nombre y mis otros nombres: Roderick Usher y Montresor y Fortunato y el caballero Dupin y míster Valdemar y Arthur Gordon Pym y William Wilson, mi semejante, mi enemigo, etcétera, pues he sido todos ellos, y aún más: he sido el Hombre de la Multitud interior, lo contrario de lo que será Whitman, el Hombre de las Multitudes Exteriores, ¡puf, el hombre que avanzará repartiendo besos a toda la ciudadanía, abominación, mercenarismo: ¡el rapsoda de la democracia!...¡Ay, las ratas y los falsos enfermos se llevan mi sombrero, mis guantes, mi bastón, mi capote...! Pero ¡te-ke-lili, te-ke-lili!, y abran el ventanal que da al blanco, al limpio, al vasto Polo, pues soy Poe el poeta, caballero del Sur, y me orino desde una altura considerable en todos mis conciudadanos correctos... ¿Lo oyen?... Oigan el te-ke-lili, mi réquiem triunfal, oigan cómo cantan esos grandes pájaros blancos, volando en lo blanco, sobrevolando los blancos icebergs hacia la solar blancura polar... pero... Pero el cegado sol blanco es un espectral dólar de plata cuyo reverso es el negro sol de la Melancolía y cuya realidad última es el escupitajo... Mi pobre alma dolorida, insalvable, tristemente olorosa desde mis axilas fermentadas en alcohol, teme perderse en esa blancura tan deseada, tan temida, tan abierta, tan desesperada, la blancura que me robará Melville para su ballena y él y Baudelaire me robarán para sus albatros, pero sobre todo para el terror, para la gran ballena, la enorme y necia masa marina, la bestia Moby Dick. Fíjense, en moby hay mob: masa, turba, populacho, canalla, chusma, el agregado estúpido y maléfico, la bestial gran masa tonta que embiste frontalmente, y ese Leviatán será tu Dios, Melville, plagiario de mi Gordon Pym, pero no te envanezcas, ¡todos me plagian!, no eres el único, y luego me tiran al arroyo de cualquier callejuela, entre los orines y los vómitos de los borrachos, mis semejantes, mis hermanos... ¿Y también el blanco Sol del Polo será un escupitajo parecido a un dólar de plata?...”.