Los inmortales del momento

Drácula: de la Historia a la Leyenda

El siempre resurrecto vampiro humano, el nocturno dandi chupasangre, el príncipe transilvano universal, el temible y gozable personaje que sería multiplicado por Hollywood y otras cinematografías, es decir el conde Drácula, apareció por primera vez a finales del siglo XIX con la novela de un escritor nada o casi nada conocido: Bram Stoker pero se sabe que, desde hace siglos y con distintos nombres o sin ellos, el siniestro antihéroe venía autoengendrándose a través de las arcaicas supersticiones, de los viejos folclores orales y de las literaturas populares y otras más distinguidas, por ejemplos: el Satiricón de Petronio, Las mil y una noches (¿de Sherezada?), el Diccionario Filosófico de Voltaire, Smarra de Nodier, La novia de Corinto de Goethe, El manuscrito hallado en Zaragoza de Potocki, Vampirismus de Hoffman, El vampiro atribuido a Byron pero de un tal doctor Polidori, Barney, el vampiro de B. Prest, Berenice de Poe, Carmilla de Sheridan Le Fanu, y otras obras y obritas que prolongarían la lista y aburrirían a mi lector (si todavía estuviera leyendo aquí).

El subgénero narrativo del vampiro tenía ya tradición y hasta títulos de nobleza, pero tocaría al oscuro escritor irlandés Abraham “Bram” Stoker (que nació en Dublín y en noviembre de 1847, y moriría en Londres el 20 de abril de 1912, y además de periodista fue secretario y
sirviente multiusos del afamado actor inglés Henry Irving, quien lo explotaba y humillaba por no ser inglés, sino irlandés) erigir un prototipo de vampiro humano del que derivarían casi todos los multiplicados por el cine, los cuales, de película en película silenciosa o sonora, y en blanco-y-negro o en colores, se han procurado la sobrevivencia mediante el robo de la sangre ajena (de preferencia bebida directamente en las palpitantes yugulares de señoritas fácilmente seducibles por exóticos e irrecomendables machos sombríos).

La novela de Stoker, con el mero título de Dracula (que, traducido al español en modo esdrújulo, suena como un latigazo: ¡Drácula!), apareció en 1897 para competir garbosamente en los escaparates libreros de Londres con obras de autores ya famosos (Capitanes intrépidos de Kipling, El hombre invisible de Wells, El Negro del Narciso de Conrad), y comenzó su carrera de libro de culto entre fans de la narrativa de terror, un género en el cual la literatura de lengua inglesa ya era generosa en astros: la señorita Radcliffe (El castillo de Otranto), “Monk” Lewis (El monje), Robert Maturin (Melmoth), el norteamericano Poe (cuentos como “La caída de la Casa Usher” y “Berenice”), el escocés Robert Louis Stevenson (El caso del doctor Jekyll y el señor Hyde) y Sheridan Le Fanu (Carmilla), más, quizá, los proliferantes autores de ghost’s stories.

Drácula se atenía al formato estructural de la novela epistolar y diarística al modo de las del siglo XVIII, pero gozaba de varios puntos innovadores en el género fantástico: un entrecruzado tejido de relatos de los principales personajes, una cierta densidad psicológica previa a Freud, la presencia anecdótica de elementos modernos como el telégrafo, el dictáfono y la taquigrafía, y la astucia de hacer más amenazante al tenebroso protagonista a pesar de, ¿o gracias a?, estar narrativamente presente en mucho menor cantidad de páginas que los demás personajes, y de derivar de un héroe de documentada existencia histórica: Vlad Tepes, un señor feudal y guerrero de Valaquia, un sádico vóivoda que gozaba empalando a los enemigos turcos y que ha pasado de su leyenda de viciosa crueldad a la categoría de prohombre patrio y astro folclórico de Rumania cuyo castillo en la otrora llamada Transilvania es muy visitado por multitudes de turistas y fans de la literatura vampírica.

Y, último pero no menos importante, desde 1897 Drácula es un best seller de la literatura de mero entretenimiento, pero tal vez se ha alzado a un nivel literario superior cuando, un siglo después, el exigente ensayista y crítico Harold Bloom (que confiesa no perderse ninguna película draculiana) incluyó la novela en la privilegiadora lista de su libro El canon occidental, pues, dice, es mítica, perdura en nuestros sueños y pesadillas y nos plantea el terrible dilema de querer ser Drácula, el cruel vampiro, o querer ser Van Helsing, el cruel asesino de vampiros.