Los inmortales del momento

Don Primo, el tren, la muchacha y el potrito

La obra maestra de sus narraciones era un episodio de sus andanzas por la revolución que nos contaba con su chisguete de voz, enronquecida por los frecuentes y dizque secretos tequilazos.

Don Primo era el velador de la fábrica de bibelots de cerámica instalada en un chalet de San Ángel en cuyo piso superior vivía nuestra familia allá por los años cuarenta. Según el dueño de la fábrica, don Primo "valía poca cosa", pero resultaba muy valioso para mi hermano Raúl y yo, porque era un gran narrador de historias.

La obra maestra de las narraciones de Don Primo era un episodio de sus andanzas por la revolución que nos contaba con su chisguete de voz, enronquecida por los frecuentes y dizque secretos tequilazos. Creo recordar que el relato iba de este modo:

Veníamos en el tren, trepados en los techos de los vagones en que traíamos unos cien caballos y yeguas que nos habíamos confiscado de una hacienda, e íbamos a todo vapor para San Juan Titinzán, con el fin de sorprender y chingarnos a los federalitos. En la noche del día antes estaba yo bien mareado de tequila y del tracatraca de los vagones, y que me ladeo pa'fuera del techo pa vomitar todo lo que me bullía en las tripas y grité ay, mamacita, ay, mamacita, y de repente oí la risa de alguien, que me extrañó, porque yo creía estar solo allí, y me volteo encorajinado y veo que cerca venía sentada una chamaca bien linda, envuelta en un rebozo y con un escuincle en brazos que le mamaba la chiche. La miré como con ojos como de pistola y ella seguía risa y risa y me encabroné. A cuatro patas, porque el zangoloteo del tren estaba en su diapogeo, me le acerqué, y ya le iba a soltar un manazo cuando me dijo con una vocecita bien dulce: "Posqué, si nomás era de juego", y se me derritió el coraje y se puso blandita y le entramos a las cariciñosas. Le pregunté que si quería que le pusiéramos miel al piloncillo y nomás bajó la cabeza pero sonreía y ronroneaba, y yo, como casi un chamaco, ¿no?, me puse como rifle, y ella dejó al escuincle a un lado y se alzó las enaguas, así, de repente, yo creo que para no darse tiempo de apenarse, y mientras que ya estábamos en el mero gusto el escuincle, tan desoportuno, se suelta a chillar, y yo digo: "Ah caray, se va a rodar", y ella me dice: "No se rueda"... y seguimos en el gusto, y qué creen, aunque estaba macizo el tracatraca del vagón, y más con nosotros allí cogiendo, no se rodó el chamaco, se ve que tenía bien afinado el equilibrio, aunque apenas era de unos meses.

Al amanecer llegamos a San Juan Titinzán y agarramos a la tropa enemiga por sorpresa echando por delante a balazos y gritos la caballada que traíamos en el tren, y así entramos con gran burucutún por las calles y por el portal del cuartel, y el espanto que les dio a los pelones, híjole, lo hubieran visto, todos atarantados y sin saber ni qué pasó ni para dónde ir, los muy pendejos. Y ya a la medianoche éramos allí los meros meros, de modo que volvimos a agarrar las riatas y nos pusimos a buscar y a juntar los caballos, que trotaban de allá pacá por las calles, cada vez más asustados, y yo lacé tres que luego regalé uno a Lucas y otro a Jerónimo, y me quedé con un potro gris precioso, grisecito, que me acompañó días al lado de mi Colorado, y que un día se desapareció, ha de haberlo robado alguien de la tropa que se peló con él, hay cada malora. Era un potro de lo más fino, claro que nunca lo monté, estaba tiernezón y se hubiera despatarrado.

Con la muchacha estuve arrejuntado como medio año, pero se me fue con la criatura tras un indio medio albino, también los hay. Por esa época perdí mi carabina y se me murió el Colorado, mi caballo compañero de tanto guerrear, que estaba viejo pero de muy buen uso, así que anduve largo tiempo sin mujer, sin carabina y nomás a pelón pie, qué pinche suerte, de veras, hasta me atizo mis tequilazos cada que me acuerdo. Y vieran que olvidé la cara de la muchachita, pero recuerdo sus ojos negros y grandotes como los del potro aquel al que no llegué a ponerle nombre. Era gris y en el pelaje le cruzaban como relampaguitos cuando trotaba a mi lado, ah, chulada de animal.