Los inmortales del momento

Divagación hacia una sillita ante la Eternidad

En un momento de nuestras vidas todos en cierto modo somos inmortales; lo somos mientras ejercemos la juventud como derrochando una dorada moneda de valor universal que siempre se repite en el bolsillo y que serviría para adquirir todo lo deseado.

El 23 de enero del año 2000 (final del siglo XX y no el inicio del siglo XXI, si vale la cronología tradicional) inauguré en el todavía joven MILENIO esta columna dominical titulada “Los Inmortales del Momento”, justificada por un aforismo mío nada genial pero útil para escribir sobre lo que sugiera un día conmemorativo o divagatorio: “Todos somos inmortales mientras vivimos”.

Inmediatamente surgió un amigo, uno de esos amigos muy lectores y muy fieles (pues te leen atentamente buscando pescar tus descuidos, tus torpezas y tus faltas al sentido común, a la moral y a la política correctas) para pedir que justificaras la frasecita, según él escandalosamente absurda, pues, dijo, “si eres inmortal tan solo de un momento, es decir, sin posibilidad de vida eterna, resulta que, según las leyes de la realidad y de la mera lógica, eres mortal como cualquiera. Esto es como nos ocurre a todos; ¡así que deja de escribir paradojas que son parajodas!”.

En la ocasión no supe cómo “fundamentar” más ampliamente la frase, pero ahora me acuerdo de lo que a un periodista que lo interrogaba sobre su juventud respondió Humphrey Bogart.

Con su rostro tejido de arrugas, con su silbante ceceo y con la añeja mirada existencialista o acaso senequiana (que viene a ser lo mismo), Bogart silabeó entre dos fogonazos de whisky:

“¿La muerte?... ¿Qué significa la muerte para un chico de diecisiete años? Para él la muerte no existe ni siquiera como idea. Ese cabrón pensamiento de la muerte que te espera solo comienza a entrarte en la cabeza cuando ya tienes algunos años y ya empiezas a usar peluquín y vas enterándote de que mueren seres que han marcado tu vida o que eran tus amigos o los personajes famosos de tu generación…”.

Lo cual rezuma más o menos el ácido jugo de la desencantada y casi estoica filosofía de Joseph Conrad al repasar su propia juventud en una novela precisamente titulada Youth: “Cuando yo era joven, creía que iba a durar más que el mar y el cielo y todos los hombres”.

O sea que en un momento de nuestras vidas todos en cierto modo somos inmortales. Lo somos mientras ejercemos la juventud como derrochando una dorada moneda de valor universal que siempre se repite en el bolsillo y que serviría para adquirir todo lo deseado. Pero sucede que también solemos ser muy descuidados, y si cuando jóvenes nos sentimos tan inmortales que resultamos siéndolo en verdad, también somos despreocupados, y así poco a poco nos descuidamos, vamos desjuveneciendo y embarrigueciendo, y encalveciendo, o encaneciendo, y notando que las señoras guapas ya no nos consideran siquiera atractivos, si acaso lo fuimos; y empezamos a inquir los intereses que a los ahorros otorgan los bancos para asegurarnos un futuro que, quizá sin que todavía lo advirtamos, va deseternizándose día tras día, cuando no hora tras hora, o al ritmo de la manecilla secundera en el maldito reloj al que antes ni mirábamos…

Y luego, ¡zas!, hasta las quinceañeras, tanto más crueles cuanto más guapas, nos ofrecen su asiento en el Metro, y hay que trabajar, y vas perdiendo padres y amigos y, en fin, en casi un suspiro pasó un día más y luego una semana y luego un mes y luego un año, y vas perdiendo la ilusión de ser inmortal y sabes que un día te apagarás, según dijo el gran Salvatore Quasimodo (no el jorobadito de la catedral hugoliana, sino el gran poeta italiano) en solo tres versos:

“Ognuno sta solo sul cuor della terra,

trafitto da un raggio di Sole:

ed è subito, sera”.

(Apenas tu mano deja de temblar, he aquí lo que inscribe en la pantalla de cristal líquido:

“Uno está solo en el corazón de la Tierra,/ atravesado por un rayo de sol:/ y, de pronto, noche”.)

Y recuerdas la vez en que Silvestre Lanza vio en tu casa un póster con el cuadro La silla, de René Magritte, en el que en realidad hay dos sillas: una enorme, de piedra, y una pequeña, de madera, posada sobre la otra como un insecto asomando a un abismo.

—La silla grande —te dijo el amigo—me recuerda la letra popular: “de piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera”; y me parece que la sillita está allí para sentarse a contemplar el vacío, o sea la Eternidad.

Sí, es un poético cuadro… y es algo aterrador.