Los inmortales del momento

Diálogo en un café con el poeta fantasma

Escribí poesía por afán de encontrarme en los otros, de reencontrarme en la mujer, en el amigo, en el niño que fui, en el hombre que he querido ser y que acaso lo he sido pero no lo supe.

El poeta Tomás Segovia, muerto (¿muerto?) hace poco menos de tres años, escribía, no en un cuarto propio, esa irrisoria “torre de marfil” de los escritores, sino en los cafés más o menos acogedores de México, de Madrid, de Roma o de cualquiera de esas ciudades que visitaba viviéndolas. Se definía ante algún entrevistador como “un señor que escribe en los cafés” y para el recuerdo inmediato eso fue desde la primera vez que hablé con él. El tiempo nos convierte en fantasmas y ahora, fantasmas él y prefantasma yo, estamos en un renacido café de Chufas en el primer tramo de la calle de López, hoy rebautizado Vía del Exilio Español. Y hablamos en el dialogado silencio de muertos y vivientes.

—Tomás, ¿qué has sido tú al ir de un país en otro de un café en otros? ¿Exiliado? ¿Nómada? ¿Un mero errabundo? ¿Un mero prefantasma?

Me responde con voz menos apagada que la suya cuando vivía:

—Exiliado antes que nada, y varias veces: exiliado del vientre materno, exiliado de España, de Europa, y ahora, como se ve, exiliado de la mera vida. Sufro o tal vez gozo la condición de exiliado, pero no de un exilio de circunstancias, sino de innato y diverso destino. En cuanto al exilio histórico, que también lo viví, no culpo a nadie. Tal vez ha sido una buena aventura. Gentes, costumbres, lenguas he pasado y me han hecho el que soy: un poeta. ¿Español/mexicano o mexicano/español? No sabría cómo etiquetarme, y a final de cuentas, de cuentos, ¿para qué las etiquetas, los adjetivos? Acaso la poesía debiera hacerse con solo sustantivos y verbos, ¡ah!, y alguna vez un gerundio, pues la vida no es algo fijo sino un estar viviendo, un vivir “gerundial”. A veces me pregunto si vivo la vida a la que estaba destinado o estoy viviendo otra, y he escrito poemas para aclararme eso e iluminarme la vida y el mundo. Lo digo, o mejor, lo susurro, en un poema:             “Mientras no quiera el tiempo/ dejarme de su mano,/ saldré cada mañana/ a buscar con la misma reverencia/ mi diaria salvación por la palabra”.

Escribí poesía por afán de encontrarme en los otros, de reencontrarme en la mujer, en el amigo, en el niño
que fui, en el hombre que he querido ser y que acaso lo he sido pero no lo supe.

—Escribir, Tomás, es acto de solitarios y amantes del silencio. ¿Por qué escribes en el rumor y a veces en el estruendo de estas plazas públicas dentro de plazas públicas: los cafés?

—Porque, como diría Albert Camus, soy solitario/solidario, y necesito ser acompañado y acompañante de la vida que bulle y habla alrededor de uno.         

—Pero ¿y el silencio, Tomás? Tu amado silencio “del que deben nacer las palabras y el poema”… ¿El poema, que como una vez inolvidablemente me dijiste, no está en lo escrito, sino entre lo escrito y el lector?

—El silencio, Colina, puede estar solo por dentro, como una música callada en la soledad sonora, que diría Juan de Yepes. Pero el silencio exterior, la ausencia de las otras voces, aun de las estridentes, me inmovilizaba la mano escritora, ésa que nos avergüenza un poco, pues solo construye con palabras y no funda nada concreto. Por eso, como le dijiste a Nicolás Alvarado en aquel programa de televisión (¡la televisión, vaya cosa fantasmal!), he sido un bricoleur, o, mejor dicho, un obrero hacedor de una casa: hice manualmente una en Tepoztlán. La dejé hecha y me fui. El nómada a veces funda, pero vuelve a irse; ésa es su condición, su destino.

—¿Eres un nómada, o sea un tránsfuga, un solitario?

—Todos somos transitorios, es decir tránsfugas, y nadie escribe solo. Uno escribe, aunque no estén en el momento, acompañado de los amigos, de las mujeres amadas, del desconocido que te ha lanzado una mirada de simpatía, o quizá de odio (pues aun los enemigos acompañan a su modo). Y también acompañan los fantasmas. A mí me acompañaron —y me acompañarán mientras yo perdure en quienes me lean— los fantasmas de Jorge Manrique, de Garcilaso, de Li
Po, de Shakespeare, de Shelley, de Nerval, de Baudelaire, de Bécquer, de Rilke, de Juan Ramón Jiménez, de Emilio Prados y Luis Cernuda y Octavio Paz, y… en fin, ¡son tantos! Pero, disculpa, navegar es necesario y debo despedirme. Oigo al marinero del romance cantar desde la nave que va a partir: “Yo no digo mi canción/ sino a quien conmigo va…”.