Los inmortales del momento

Asesinato en el patio de vecindad [un relato]

Y hemos seguido andando Esteban y yo, él hablando de su partido de futbol y yo no recuerdo qué le habré dicho, en mi cabeza estaba sonando la música de la película como restallar de gotas de lluvia en gongs largamente resonantes.

Oigo que Leticia dice mira, la va a matar, y veo que el hombre está avanzando lentamente, como si caminara en el fondo del mar, y veo que sus manos se alzan con los dedos entreabiertos, corvos, y luego veo, mejor dicho vemos que la mujer rubia y blanca, asustada, retrocede ante esos entreabiertos dedos mientras esa música está sonando como gotas de lluvia sobre gongs, y ahora el cuello de la mujer está entre los dedos del hombre, que aprietan, y la mujer abre más los ojos y el hombre sonríe viéndola morir, jadear, toser, suplicar confusamente, ir quedándose sin vida mientras él la mira, ¡pero cómo!, ¿dulcemente?... y Esteban dice: aquí llegamos, vámonos.

Y Esteban y Leticia y yo hemos salido del cine a las nueve de la noche y caminamos, ellos tomados del brazo, ella apoyando la cabeza en el hombro de él, y la oigo hablar de la película con esa voz lánguida que me exaspera y me gusta tanto, y dice: la mata porque la ama y ella no.

No estoy de acuerdo dice de pronto Esteban, él la mata porque es un asesino nato, fíjate lo que le dice al doctor, que de niño había envenenado a un perro nomás porque sí, que no sabía por qué, pero el doctor sí sabe por qué, sabe que el tipo es un sádico, un asesino nato, está todo explicado, demasiado explicado y eso mata el suspenso.

El viento de la noche está acariciando violentamente el rostro de Leticia, los cabellos de ella se arremolinan, quieren metérsele en los ojos, y su falda aletea en torno a sus rodillas. No, dice ella, viste mal la película, el tipo la mata porque él la ama y ella no. Sí, claro, dice Esteban, como en una película mexicana con bolero sangrón, "ay amor qué matoncito eres, por eso te queremos las mujeres". Y Leticia hace como que se enfada, dice, eres un animal, no entendiste nada, ¿verdad, Luis? Y yo sonrío como diciendo pues quién sabe, y me encojo de hombros, y Leticia me susurra ¿verdad que sí? y Esteban lanza una corta carcajada, uh, dice, a quién le preguntas, si este cuate está todavía tiernito en esas cosas, es de los enamorados de ojitos en blanco y suspiritos romanticones. Y yo habré balbucido alguna tonta respuesta, y Leticia me dice no te dejes Luis, no te dejes.

Seguimos caminando, hablando de la película y luego de la escuela y del partido de futbol americano que él va a jugar el domingo y así hemos ido doblando algunas esquinas, y a veces Leticia se ríe con algún chiste que cuenta Esteban, se ríe echando la cabeza atrás y dejando ver su largo cuello de gacela y veo que se abraza a Esteban, y veo la mano de él, los dedos de él que se meten entre los cabellos de ella y los revuelven más, y además, dice Leticia, el tipo todo lo hace muy suavecito, así como dulcemente.

Y después de caminar por las calles de faroles solitarios, en el barrio de ella, hemos llegado ante la reja de su casa, y yo me paso un poco de largo, dándoles la espalda, para que se despidan a gusto, pero a unos pasos de distancia he vuelto la cabeza y los he visto: los cuerpos juntos en pie, los rostros unidos, los labios que son de ella y los labios que no son míos, que son de él, demorándose en el beso, y he visto cómo Leticia echa la cabeza atrás y el que no soy yo la tiene tomada por la cintura con una mano que no es la mía mientras con la otra mano acaricia por atrás el cuerpo de ella más abajo de la cintura, y le levanta algo la falda y le acaricia las nalgas sobre la pantaleta, y así han estado largo rato, hasta que ella se metió a su casa...

Y hemos seguido andando Esteban y yo, él hablando de su partido de futbol y yo no recuerdo qué le habré dicho, en mi cabeza estaba sonando la música de la película como restallar de gotas de lluvia en gongs largamente resonantes, hasta que nos despedimos y lo he visto entrar en en la boca de la estación del Metro y yo he seguido caminando y ahora tarareo por lo bajo la música, la dulce música del asesinato, y entonces, así tarareando, he caminado mucho por mi barrio y he salido a otro barrio y hacia otro, no sé cuántas horas he pasado, no sé cuántas horas así, tarareando y caminando a lo tonto, caminando de aquí para allá como no queriendo llegar a la casa, diciéndome esta noche de julio de 1975 no pasará nunca, y descubierto que estoy enamorado a lo loco de Leticia...

Y cuando por fin, en el amanecer, he vuelto a mi barrio, he llegado a la casa, donde papá y mamá y la tía Lourdes ya están dormidos y me habrán dejado un vaso de leche y unos bizcochos en la mesa del comedor, bajo el foco encendido, he oído aletear al canario allá en el patio y he salido al patio, a la luz gris de un día que será poco soleado... y el canario ha aleteado dentro de la jaula colgada ante la ventana abierta hacia el patio... y me he ido acercando a él, lentamente, como a través del agua, en el fondo del mar... y he abierto la pequeña puerta de alambre, y ahora el cuerpecillo está entre mis dedos, está latiendo muy fuerte y aletea y pía, y aprieto, y el cuerpecillo palpita como un solo corazón, y calla... y aún está la música de la película tintineando en mi cabeza...