Los inmortales del momento

El fusilado por la tinta de Picasso

En esa imagen, titulada La ejecución, todo está suspendido. Es un eterno minuto de fijeza en el curso del tiempo: los soldados aún no disparan, el condenado aún vive, pero, en el tiempo que transcurra hacia un segundo dibujo (que quizá no existe), el condenado estará muerto.

Es una escena de inminencia, pero sabemos que, en menos de lo que dure un parpadeo, el condenado ya no será sino un cadáver. Uno de los millones de cadáveres en una de las innumerables guerras que ha habido en la historia, en el mundo.

Habías visto ese dibujo por primera vez en una galería de arte y en un invierno de Madrid.

Ese dibujo de Picasso...

De Pablo Picasso, que aun cuando ya no era joven seguía teniendo la intensidad de mirada de Buster Keaton, el cómico de cara impasible.

Nunca antes habías visto, ni en museo ni en libro de reproducciones, ese dibujo del genial pintor. Lo viste en original una sola vez pero se te había grabado como con fósforo en la memoria.

El dibujo, de 1956, trata del fusilamiento de un soldado, que es el protagonista aunque no tenga “identidad personal”, y que en otra imagen, si existe, si Picasso la dibujó, será un cuerpo horizontal, caído, con los ojos ya sin parpadeo.

El fusilable no es un héroe ni un traidor. Es un hombre cualquiera en cualquier guerra, aunque, pues Picasso es el autor del dibujo, el momento podría ser de la Guerra Civil de España en 1936-1939.

Y ese hombre ha vuelto la espalda a los fusiles, se ha agachado, se ha soltado el cinturón, se ha bajado los pantalones y está mostrando el trasero a la muerte.

(Trasero es una forma dizque decente de llamar al culo.)

Pero ¿cómo? ¿Es eso posible? ¿Ponerse en tal postura ante la muerte? ¿Hacer ese indecente gesto, nada heroico, nada sublime, tan impúdico, tan grosero, de mostrarle a la muerte eso que Quevedo, en alguno de sus magníficos poemas sucios, hubiera llamado “el ojo de sombra”?

Y Picasso ha dibujado eso sin tensión ni violencia, como jugando a hacer un poco de dibujo dizque japonés, como divirtiéndose en soltar sobre el papel unas cuantas manchas de tinta china que por casualidad terminarían componiendo una imagen.

Y ahora miras otra vez el dibujo de 1956 en el reencontrado catálogo de la exposición de dibujos, grabados y escultura de Picasso, realizada entre diciembre de 1978 en la galería Theo, Calle Marqués de la Ensenada, 2, Madrid. Estaba el dibujo a tinta china entre otros dos: un desnudo femenino, de 1922, y una entrada de picador en el ruedo, de 1959, y la imagen hubiera pasado como una obra menor del genial pintor, si no fuese por su asunto tragicómico ¿y grosero?

Hay muchas escenas de fusilamiento perpetuadas por innumerables pintores que captaron o imaginaron ese quieto instante de la Historia con mayúscula y muy poco atendieron a una historia con minúscula, la de un soldado raso, que, como alguien dijo, es la historia de todas las guerras. Allí está ese hombre fijado por la tinta, y allí estará, siempre, a punto de ser matado para…

¿Para qué?

Tal vez para que la pesadilla de la Historia continúe con su redoble de tambor: la música que acaso fue inventada para silenciar el grito que se lance en los fusilamientos.

El hombre que será fusilado (y lo será, pues la Historia no acepta la fijeza de la imagen) es uno que ya nada tiene para enfrentar a los fusiles de la Historia, que ha perdido ilusiones y heroísmo y bravura, y cuya única actitud ya es, en su desdén heroico y burlón, presentar a la muerte el ojete ciego, el ojo de sombra, el no-ojo: el culo, es decir la contraparte de nuestro rostro.

Y será fusilado una y otra y otra vez, y nunca por última vez.