Los inmortales del momento

El elevadorista, la estrella y el alacrán

Ahora NO ERA solo el príncipe del harem sino el futuro invasor de un sueño, y el alacrán lo miraba desde el otro lado del cristal, lo miraba mirar hacia la mujer.

El alacrán estaba preso entre paredes transparentes, inmóvil pero vivo, con la cola enroscada, el dardo vuelto a un lado, las pinzas plegadas junto a la cabeza, los ojillos como negras cabezas de alfiler.

El muchacho, uno de los elevadoristas, ponía una mano en la llamada "palanca de mando" e iniciaba su turno de noche, subiendo y bajando por los ciento doce pisos del hotel.

Los pasajeros (como él decía) rara vez le decían más palabras que el número del piso al que iban, y él se sentía un mero instrumento del elevador y eso no le desagradaba.

El alacrán o escorpión, regalado por un turista ebrio, seguía vivo dentro de la transparente cárcel: el cristalino frasco muy plano que el muchacho guardaba en el bolsillo izquierdo y alto del uniforme.

A veces el muchacho detenía el elevador en alguno de los pisos altos y, sintiéndose dueño por unas horas de una robada llave maestra y del alacrán inmortal, recorría los pasillos silenciosos imaginando las mujeres que dormían como protegidas de los deseos de él por los números en las puertas de los cuartos, como si fuesen cifras cabalísticas.

Otras veces detenía el elevador en el último piso, la azotea y desde ésta admiraba el inquieto tejido de luces de la ciudad allá abajo.

Una noche llegó al hotel la todavía gran estrella de cine, entró al gran hall entre una nube de periodistas y curiosos y fotógrafos y empresarios, y sonreía ante los flashes que la aquietaban en fotografías. Era como si descendiese de alguna de las muchas pantallas donde el muchacho la había visto magníficamente cabalgar desnuda sobre potros salvajes, la grupa de los cuales prolongaba la grupa humana, o cruzar con una fusta el rostro del ebrio cosaco que la profanaba besándola a fuerza, o correr nuevamente semidesnuda sobre la arena y al pie de gigantescas olas.

Ahora ella venía con aquel andar en el que parecía deshacerse y rehacerse a cada paso, en rítmica ondulación desde los tobillos, en poderoso balanceo de las nalgas, y el muchacho cerraba los paneles de la puerta del elevador minutos después de que ella salía y la veía eclipsarse tras una esquina del pasillo del piso ciento once.

Una noche, qué raro, la estrella había llegado sola. Arrebujada contra el fondo del elevador, hipaba y se reía, decía rabiosamente algo a alguien que no estaba allí, y salió arrastrando el suntuoso abrigo, como en alguna de sus películas inolvidables; y él la vio perderse tras la esquina del pasillo del pasillo del piso ciento once.

Una hora después de la alta noche, el muchacho salió del elevador en el piso once, se descalzó, avanzó por el pasillo, dio vuelta al recodo, pasaba puerta tras puerta, número tras número, y el alacrán se removía en su pecho, al lado al corazón, y la llave maestra sudaba en su mano.

Abrió la puerta del 1719 con un lento girar de la llave y un lento girar del picaporte. Lentamente entró en la oscuridad que olía a ella y a alcohol, y cerró la puerta detrás suyo. Oía una densa respiración en alguna parte desde donde llegaba la densa respiración de ella y la entreveía durmiente bajo tan solo una sábana en la cama enorme y lujosa.

Entreveía la cabeza de ella pesando sobre el brazo doblado, el cabello rubio como una leve aureola, un pecho reposando sobre el otro en pausado subir y bajar, y la boca entreabierta, succionando y expeliendo el cálido aire.

Demorando lo que no sabía que iba a hacer, la contempló durante unos minutos o un siglo y luego se puso en cuatro patas en la esponjosa alfombra, olfateó los finos zapatos tan chic, el portabustos nacarado, la pantaleta vagamente azul en la que hundió la cabeza, y aspiró ese denso aroma de ella.

Y entonces... ¿hubo una especie de gruñido de ella?

Se sobresaltó, se quedó quieto, agazapado en la oscuridad, como dentro de un inmenso corazón oscuro, con el propio corazón batiendo entre las costillas, y sentía que también el alacrán palpitaba.

Sacó el frasco del bolsillo y, contra resplandor del lejano ventanal, miró al alacrán, y el alacrán lo miró a él.

Se levantó, veía sus propios pies descalzos moviéndose hacia el borde de la sábana que caía en quieta cascada desde la orilla del gran lecho, y no supo cuánto tiempo estuvo allí antes de que su mano empezase a levantar la sábana. Ahora ya él no era solo el príncipe del harem, el sultán de todas las mujeres dormidas, sino el futuro invasor de un sueño, y el alacrán lo miraba desde el otro lado del cristal, lo miraba mirar hacia la mujer.

Y el alacrán miraba hacia ella.

La veía, la veían.

Ella de frente, horizontal, pesadamente durmiendo con una mano descansando sobre el vientre, con los dorados cabellos esparcidos en la almohada y enmarcando su rostro, con los labios entreabiertos y rumorosos con su aliento.

Y él, a través de las manos del otro, o las manos de nadie, hace girar la tapa del frasco, y yo, el alacrán, desde el fondo
del estrecho pozo de cristal le he visto a los ojos al muchacho y, a pesar del hambre y del mucho tiempo en que ya debería haberme muerto, he salido del frasco y me he dejado caer sobre la sábana, sobre el muslo de ella, y él está mirándome mirar hacia ella, y vibran mis pinzas, y siento bajo mí esa blancura compacta, ese calor, ese zumbar de la sangre en el cuerpo de ella, y he empezado a arrastrarme por su piel, hacia el centro de ella, hacia su otra boca: la triangular rubiez entre sus muslos, y él me espía, ese pobre tan cercano y tan distante muchacho...

Y lentamente estoy alzando mi dardo de veneno y amor.