Los inmortales del momento

Acerca de nuestra efímera inmortalidad

Como somos lo que pensamos y sentimos (“Pienso y siento, luego existo”), en cierto modo somos inmortales mientras vivamos creyéndolo y sintiéndolo.

El 23 de enero del año 2000 —final del siglo XX y no inicio del siglo XXI, si tomamos en cuenta que, por muchas ganas que acaso tengamos de inaugurar un siglo, éste siempre será de cien años, no de noventa y nueve— publiqué mi página dominical de MILENIO Diario encabezándola con una breve aclaración que a mi juicio justificaba el título general de la columna:

"Todos somos inmortales del momento... mientras vivimos".

Pero un amigo, Andrés Marceño, que a veces goza de sentido común a pesar de ser poeta —y por ello dotado de un cierto gusto por lo contradictorio y lo absurdo— me telefoneó en aquel entonces para que "fundamentara" la frasecita, que según él carecía de sentido.

—Si uno es tan solo criatura transitoria, o sea un ente pasajero durante un pestañeo del tiempo, es decir que le es imposible vivir eternamente —dijo Marceño—, resulta que es tan mortal como cualquier hombre y como cualquiera de los animales y cualquiera de los vegetales... pues también éstos nacen, crecen se reproducen y mueren, igual que cualquier hijo de vecino o cualquier mandarín.

En la ocasión no supe cómo "fundamentar" más ampliamente esa frase, Los inmortales del momento, que por muchos años ha sido la marquesina de mi página "milenaria", pero ahora me acuerdo de aquello que Humphrey Bogart, con su rostro de adelantado existencialista, su silbante ceceo y entre dos tragos de whiskey, respondió al periodista que le preguntó sobre qué pensaba de la muerte cuando era joven: "¿Qué significa la muerte para un chico de diecisiete años? Para él la muerte no existe ni siquiera como idea. Ese cabrón pensamiento solo comienza a preocuparte cuando ya tienes muchos años más y habrás empezado a enterarte de que mueren las personas que, sean famosas o no, han sido de importancia en tu vida o que sencillamente son de tu generación, y tú sentías —pero solo lo sentías, no lo pensabas— que si ellos eran mortales, tú no".

Lo cual ya antes lo había dicho, de manera más breve, y más bella, Joseph Conrad en una de sus inmortales páginas:

"Cuando yo era joven pensaba que iba a durar más que el cielo, que la tierra y el mar y todos los hombres...".

Y si bien Bogart quedó inmortalizado por la cinematografía y Conrad por la literatura, esa inmortalidad ilusoria de meros personajes no logra ponerlos en pie como personas de carne y hueso "y un pedazo de pescuezo" (según, hace —¡uf!— muchos años, mi ahora inencontrable amigo Arturo Pérez Hortigüela decía en aquel Colegio Madrid que, si aún existe, dejó de estar en el lugar y de ser el mismo).

Y de pronto...

Como somos lo que pensamos y sentimos ("Pienso y siento, luego existo"), en cierto modo somos inmortales mientras vivamos creyéndolo y sintiéndolo. Lo que sucede es que también solemos ser muy descuidados, y si cuando jóvenes somos inmortales (pues eso pensamos mientras sentimos que la fecha de nuestra muerte está en una imprecisa pero total lejanía), también somos despreocupados, y nos distraen cosas o seres o asuntos como las señoras guapas, el futbol y la cotidiana lucha por la vida, de modo que en cualquier momento nos cae un año más y lo único bueno que hace es empezar a quitarnos del rostro el acné, a espesarnos el bigote y a convertinos en adultos acaso "interesantes" aunque no precisamente guapos. Y empezamos, por lo tanto, y a lo tonto, a desperdiciar nuestra inmortalidad, de modo que, mientras van acumulándose los descuidos de hora en hora, de día en día y de año en año, terminamos perdiendo el aura de inmortales, y un día nos apagamos, según el gran Quasimodo —no el jorobadito de la catedral hugoliana, sino otro: Salvatore Quasimodo, un gran poeta italiano— dijo en este breve y estremecedor poema que me ha acompañado durante la mayor parte de la existencia:

Ognuno sta solo sul cuor de la Terra,

Traffito da un raggio di sole;

Ed è subito sera.

Y, apenas mi traidora mano traductora y nada inmortal deja de temblar ante el sonido de ese poema intenso que habla de nuestra escasa intensidad en el siglo, he aquí como se inscribe en español y en la pantalla de cristal líquido que vuelve fantasmal toda escritura:

"Uno está solo en el centro de la Tierra,

atravesado por un rayo de sol;

y de pronto anochece".

Y se piensa en los seres queridos, en los amigos y también en las personas no tratadas personalmente, pero sí amadas o al menos admiradas, que han ido apagándose mientras el que esto escribe, e incluso el que esto lee, sigue encendido pero con una luz transitoria que no le dará inmortalidad, quizá ni siquiera en condición de fantasma.