Carta de Esmógico City

El "vagonero" que le da voz al Espíritu

Tal vez usted habrá visto y oído a Don Salvador Méndez Ossián, hombre bajito y rechoncho, muy moreno, con aspecto de entre taquero venido a más y licenciado de la calle de Donceles venido a menos, adornado por un bigotillo de galán del cine mexicano de los años cincuenta (digamos Ramón Gay), y dotado por dentro del sublime fuego de la poesía simbolizado hacia fuera por una corbata roja, único detalle de color en su gris atuendo.

El modo de ganarse la vida de don Salvador Méndez Ossián es oficiar de bardo viajero del sistema subterráneo de transporte público. Con vibratos de voz tan viril como emotiva va por los vagones declamando poemas de varios asuntos y estilos, desde “Semejas esculpida en el más fino/ hielo de cumbre sonrojado al beso...”, al pícaro “El ánima de Sayula, pasando por “Pues bien, yo necesito decirte que te quiero”, “El brindis del Bohemio”, y, si amaneció con hálito más épico que lírico, declama todo “Guadalupe la Chinaca va a buscar a Pantaleón” acentuando las cadencias como si montara cuaco retozón, pero su gran especialidad es unas variaciones sobre las célebres coplas de Sor Juana: “Hombres necios que acusais…”. Vayan aquí como muestra los octosílabos iniciales del poema compuesto en réplica al de la monjita poeta:

“Hembras necias, calumniais/ a los hombres sin razón,/ sin ver que sois tentación/ del deseo que incitais; /si con magias cual de Thais/ nuestro amor solicitais,/ ¿cómo rencor nos guardais/ por lo que gustosas dais?”

A don Salvador ese contrapoema le gana muchos monedas y hasta algún billete, pero hace unos días, le fue mal e hizo una pausa y se sentó al lado del cronista para susurrarle al oído:

—¿Sabe usted qué? Algunas damas se ofenden cuando recito mi poemita en respuesta a nuestra Décima Musa, como si las insultase a ellas mismas, y hace poco una hasta me amenazó con denunciarme a la autoridá, porque dijo que ahora está prohibida la venta de chucherías en los vagones. Pero yo solo ofrezco poesía, que no es chuchería, sino la voz del espíritu… ¿Y desde cuándo el espíritu es delito?