Carta de Esmógico City

Cuando seamos más titipuchal...

La Organización de las Naciones Unidas ha informado que nuestra (¿nuestra?) ciudad capital ocupa el cuarto lugar en la lista de las ciudades más pobladas del mundo, y el cronista, a pesar de no creerse mucho eso de la unión de las naciones, pues existen las “identidades nacionales”, que suelen ser separatistas, tiene alguna confianza en las estadísticas que esa seria organización suele emitir.

La ONU, pues, dice que en la Ciudad de México DF y en este año de 2014, pululan (pululamos, pues) nada menos que 20 millones 843 mil habitantes, cifra que desde luego va creciendo cada día gracias a la Paternidad Irresponsable y que casi explica sintéticamente, aun en la dizque frialdad de los números, por qué es tan problemático vivir en esta ubérrima urbe.

Al cronista se le erizan las ya escasas canas tan solo de pensar  cómo será el asunto en las tres primeras ciudades campeonas en el deporte de la expansión poblacional; ciudades en las que el cronista mucho se guardará de poner  siquiera un pie en ellas, y que en orden descendente de cuantía demográfica, son: Tokio, con 37 millones 833 mil habitantes, Delhi, con 24 millones 953 mil y Shanghai con 22 millones 991 mil.

El cronista, ante esos titipuchales, o, para decirlo más seriamente: ante esos números escalofriantes, no se atreve a confiar en el posible hecho de que, como sigue informando la ONU, dentro de dos o tres décadas la Ciudad de México descenderá al lugar décimo octavo o algo así, pues eso no significará que la capacidad de expansión demográfica de Esmógico City haya disminuido, sino que Tokio, Delhi y Shangai, abusando a su vez de la Paternidad Irresponsable, habrán pasado de ser campeonas a ser campeonísimas y meterán todavía más balones en sus propias porterías.

O sea que, en cuanto a lo que se refiere a Esmógico City, se puede temer lo que decía aquella película interpretada por los imponentes músculos pectorales de Charlton Heston: que el Destino no solo nos alcanzará dentro de poco, quizá meses, quizá semanas, o días u horas, sino que además, pasando por encima, por debajo, por los lados, el Destino nos aplastará, nos convertirá en galletitas verdes que nuestros descendientes masticarán tristemente, sin más consuelo que imaginar cómo les estará yendo a los pobrecitos habitantes de Tokio, de Delhi, de Shanghai…