Carta de Esmógico City

¿La policía contra la tauromaquia?

Un amigo madrileño, editor de profesión y taurófilo de devoción, acababa de aterrizar aquí cuando le asaltó los ojos un titular que “clamaba” desde un puesto de periódicos en el centro de Esmógico City:

“La SSPDF [eso, en el magma de las siglas, significa Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal] destacará mil policías contra ochocientos toreros”.

El amigo llegó al restaurante en que se había citado con el cronista y, tras el rápido abrazo, balbuceó su asombro, casi un susto.

—¿Cómo es posible —más o menos dijo— que los artistas del toreo, que es el supremo rito profano y quizá hasta sagrado, sean tratados como delincuentes en un país de gran tradición taurómaca y taurófila?

El cronista, nada taurófilo ni taurófobo —pues si el toreo le parece un rito cursi, también admite que todos pecamos de alguna cursilería, y solemos llamar cursis a aficiones, pasiones e idolatrías (e ideolatrías), que no compartimos—, aún no leía periódicos, por lo cual no sabía de la noticia, e imaginó que, en otro acatamiento servil al Partido Verde, como el que decretó la desaparición de los animales en los circos, los curuleros habían ahora decidido la abolición de las corridas de toros y la criminalización de los toreros (a quienes, por cierto, se les celebra como “mataores”). Pero… ¿hay ochocientos toreros en México City, y se les va a echar encima la policía, y...?

Hubo un clic y al cronista como quien dice  se le encendió el foco. “Toreros”, explicó al amigo, también se les llama a los vendedores no establecidos de mercancía ilegal, o chafa, que para venderla se instalan —aunque se les llama “ambulantes”—  en las aceras o banquetas de las calles con “puestos” que consisten en solo una lona o siquiera un pañuelo como mostrador para, si viene un policía, envolver y levantar rápidamente la mercadería, hacerle el “quite” al uniformado y salir por piernas. Eso sería “torear” en las calles, cuanto más que en la graciosa o torpe huída hay que hacerle el quite también a los automóviles, o sea “torearlos”.

El amigo se calmó un poco y susurró:

—Banquetas en lugar de aceras, ambulantes instalados con puestos, policías contra toreros y toreros ante policías, no ante toros … No entiendo al país aunque me guste.

El cronista calló dentro y fuera del cronista, admitiendo así lo mismo que susurró el amigo.