Carta de Esmógico City

La poesía honrará, ¿o quién sabe?, a la Ciudad de México

En el desordenado cuarto donde duerme y escribe, pero, conste, no haciendo las dos cosas al mismo tiempo, pues acaso ni un refinado sonambulismo le permitiría tal proeza, el cronista parpadeó de asombro casi gozoso al leer en su periódico favorito la cabeza de una nota de Ilich Valdés:

PINTARÁN DE POESÍA LAS CALLES DE LA CIUDAD DE MÉXICO.

Según tal nota, tomada de la voz de José Ramón Amieva, de la Secretaría de Desarrollo Social del Gobierno de la Ciudad de México, el suceso maravilloso, el quizá más soñado antes de ser planeado para decorar o condecorar, o, en final de cuentas, honrar a la mexicana ciudad capital recientemente considerada como tal, con iniciales mayúsculas, y no como mero Distrito (aunque Federal, eso sí), y en consecuencia adecuadamente bautizada, consistirá en que la susosdicha Secretaría Social, el Instituto de la Juventud, la sociedad Acción Poética, la de Mensajeros Urbanos y la de Corazón Urbano, más una empresa fabricante de pinturas (cuya marca no diré porque no hago anuncios comerciales), grafitearán en fachadas, muros exteriores, bajos puentes, bardas y otros espacios públicos, nada menos que veintisiete mil fragmentos de poemas o acaso breves poemas enteros.

El cronista, que es adicto a la lectura de poemas, no está enterado de si la tal exhibición de versos abarcará a poetas celebres y/o a poetas desconocidos, y en el supuesto de que tal grafiterío abarque a autores del primer caso, se pregunta eñ cronista qué sentirá el ciudadanaje al leer, por ejemplo, en un muro de la avenida Patriotismo los tres muy conocidos versos de José Emilio Pacheco:

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.

O en una esquina de la céntrica avenida Juárez el verso de Efraín Huerta dedicado a la urbe capital de México:

Te declaramos nuestro odio, magnífica ciudad.

O en el suelo del Zócalo y frente a la reputadamente casta Catedral Metropolitana los dos ¿incitantes o irritantes?, versos de José Gorostiza:

¡Anda, putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!

Pues, como dijo un inolvidable poeta (que, ay, he olvidado), "la poesía sopla donde quiere" ... y, sin duda también aletea donde quiere, como quiere y hasta como mal quiere.