Carta de Esmógico City

¿La pedrada según el sapo?

Metronauta consuetudinario por necesidad, aunque quizá también por el placer de viajar (aunque nomás sea por abajo de la ciudad, y apretujado y ensordecido por el estruendo de los “vagoneros”), el cronista se frota los ojos después de leer cierta noticia en su periódico favorito.

La noticia, ¿buena o mala?, es que en el Gobierno del Distrito Federal están analizando el modo de seguir subsidiando el precio del viaje en el Metro, y piensan que “según el sapo sea la pedrada”, es decir que los costos sean diferenciados, y esto es que el boleto o la tarjeta cuesten según sea el nivel económico de cada cliente.

Por su parte, el cronista, que no es milloneta ni mucho menos, pero tampoco es indigente, está muy bien dispuesto a pagar uno o dos o tres pesos más por cada viaje en el susodicho sistema de transporte, pero, intrigante y acaso inquietante, brota de pronto una pregunta:

¿Cómo, en las taquillas del Metro, se practicarán los costos “diferenciados”?¿Será según le vean a uno en la cara, o en la ropa o en el tono de voz, que puede o no puede pagar más de los tres pesos que el viaje cuesta hasta ahora? ¿O será mediante credenciales que certifiquen, por ejemplo, que el posible viajero pertenece a los pobres de dar lástima, o sobrevive flotando en la tan sufrida como infamada clase media, o es de la high life y del club de los gozosos multimillonetas?

Porque, la verdad sea dicha, hay cada ricachón que además es avaro al estilo de aquel Rico MacPato (¿lo recuerda usted?) capaz de disfrazarse de pobretón para seguir mañosamente aumentando su fortuna; y hay cada empleadito, de los de la angustia presupuestaria cada mitad del mes, que lleva una corbata suntuaria porque el jefe o el patrón le exigen vestir “correctamente”, o porque mediante cooperacha se la regalaron los compañeros en su cumpleaños, que pero tiene que rascarse los bolsillos en busca de unos cuantos pesos; y hasta hay cada mendigo que por una temporada viste el trajezazo deslumbrante y todavía muy en buen uso que al bote de basura tiró un milloneta desde un piso alto de la clase alta.

Y es que, piensa el cronista en modo refranero, no es oro todo lo que reluce, ni cobre todo lo que desluce.