Carta de Esmógico City

El misterioso caso de la Línea 12

Parece que nadie tuvo la culpa, excepto los incautos usuarios que creyeron que el servicio mejoraría con el aumento de tarifa.

Ya los esmogicanos, including el cronista, saben (pues lo viven) que la Línea 12 del Metro está mal hecha desde que con gran pompa y circunstancia la inauguró don Marcelo apenas unos días antes de que terminara su tiempo de jefe del Gobierno del Distrito Federal, pero eso no quita que la gente, y el cronista con ella, le agradezcan al actual jefe de gobierno, que por ello es el heredero de la Línea 12, el haber tenido la cortesía de reconocer el mal asunto, en actitud muy distinta a la de su antecesor, quien alega que tales o cuales firmas autorizadísimas le habían garantizado que la Doce era tan perfecta como (imagina el cronista por su cuenta) las líneas corporales de Riana o Cate Blanchett, las cuales nada tienen que ver en el tema (pero que el cronista las introduce solo porque le gusta poner en sus crónicas cositas gratas).

Total: en el embrollo de la Doce nadie tiene culpa, o sea que todos los que oficialmente tuvieron que ver con la portentosa creación de la tal línea se la echan unos a otros (la culpa, pues) y dicen, si bien en lenguaje más refinado, yo no fui, fue Teté, pégale, pégale, pues él fue.

Y habría que admitir que, en efecto, nadie tuvo ni tiene la culpa, salvo los incautos y los tontos (o traducido a palabra portemanteau: los “incautontos”), es decir los habituales pasajeros  que aceptaron pagar dos pesos más creyendo en la promesa de que se perfeccionarían los servicios del Metro. Y ya se ve cómo se ha ido perfeccionando todo, al grado de haber estado el cronista a punto de escribir la crónica de un desastre anunciado (y la escribiría tan perfecta que si la publicase en el New York Times, téngase por seguro que se ganaba el premio Pulitzer).

Por lo demás, los vagoneros a los que se les da una lana y la promesa de locales a cambio de que abandonen su ruidosa intrusión  en los convoyes, siguen entrando con sus monstruosas bocinas y siguen emitiendo rockorrores, como antes… o quizá en menor cantidad que antes, pero tan ruidosos, o más, que antes. Y de qué poco sirven los tapaorejas de hulespuma.