Carta de Esmógico City

Algunas ingratas cosas acerca de la Prima Vera

Pese a lo que digan, proclamen y canten los “liróforos celestes” o las “torres de Dios” (como llamaba a los poetas un hermano mayor del gremio: Rubén Darío), la primavera, esa estación climática más cambiante de ánimos y modos que una señorita coqueta, y puede ser que hasta algo putita, no le resulta seductora y ni siquiera simpática al cronista, pues éste nunca sabe si para salir de casa (como cotidianamente acostumbra para cumplir con las obligaciones propias de su condición y su profesión andando de aquí para allá en las calles de Esmógico City) deberá llevar ropa de mucho o de poco abrigo, o duda sobre si debe portar paraguas y/o impermeable, pues tal vez de un minuto en otro ocurrirá un calorazo que lo hará andar como una tortuga horneada o caerá una lluvia torrencial que lo arrastrará al torbellino de una alcantarilla o vendrá un vientazo de esos que o te tumban la gorra o te despeinan las canas y el ralo cabello y ni siquiera tienen la galantería de hacer aletear las faldas de las muchachas… pues ahora las muchachas ya no visten faldas sino pantalones, de modo que el cronista ni siquiera podrá darse el gustazo de silabear aquella inmortal cuarteta octosilábica (tal vez de origen yucateco):

No salgas, niña, a la calle,

pues el viento fementido,

al soplar en tu vestido,

puede dibujar tu talle.

¿Y, para colmo, resulta que en estos días primaverales lo puede asesinar a uno el sol mismo, ah, canalla, pues, según el SIMAT (Sistema de Monitoreo Atmosférico), los rayos del astro rey han alcanzado los once puntos en el hit parade de la Radiación Ultravioleta, por lo cual, para evitar daños oculares y el cáncer de piel, hay que caminar por la sombra o llevando sombrilla o sombrero, permanecer menos de trece minutos al sol, vestir camisa de manga larga y de colores claros, montar sobre la nariz lentes con filtro UV, mantenerse hidratado mediante alimentos frescos y beber líquidos (sí, mucha agua, pero ¿se valen limonadas, nieves y cervezas?).

Y, ¡uf!, el por ahora acalorado cronista lamenta opinar que la linda y coqueta Prima Vera es, quién lo diría, una señorita tan latosa como mortífera.