Carta de Esmógico City

La madre del Día de las Madres

El 10 de mayo de 1906, en Filadelfia, EU, miss Anna Jarvis, habiendo perdido a su progenitora, la homenajeó convocando a parientes y amistades en una ceremonia de té, galletitas, recuerdos y cantos corales. Después fatigó el correo, el teléfono y el telégrafo conminando a gobernadores, senadores, periodistas, ciudadanos, etc., a hacer de la fecha personal una fiesta nacional. Y en 1914 el Congreso instituyó el 10 de mayo como el Mother’s Day, que muy pronto se convertiría en una fecha mundial.

En ese triufo pronto hubo sombras. Una víspera de 10 de mayo la alarmó el cartelito visto en el ventanal de un establecimiento: “Mamá debe besar una mejilla rasurada y perfumada en la barbería Harry’s”. El letrero le desató la bilis: “su” 10 de mayo, concebido como fiesta universal aunque íntima, derivaba al business e incluso al show business, pues ya proliferaba en teatros y cines las mamás llorosas, llorables y engordadoras de taquillas. Entonces miss Jarvis tuvo otra gran idea. Para retornar a la sencillez del homenaje filial, propuso a los ciudadanos en ese día un humilde clavel blanco sobre el pecho o en el sombrero. Y previendo que faltarían claveles por excesiva demanda, fundó una industria casera: con sus manos produjo miles de clavelimorfos facsímiles de celuloide para venderlos a dos dólares la docena.

Ingenua miss Anna. La industria y el comercio masivos ya vampirizaban a la gran legión de hijos e hijas de señoras: “Haga feliz a mamá con la lavadora automática Clean Love”; “Menú especial para las cabecitas blancas en el restaurante Mother’s Paradise”; “¡Hoy, estreno de la bella película con reparto estelar: ¡Qué maternal era mi Mamá!; “Con la máquina de coser Happy Mommie su dulce mamacita, además de contribuir al presupuesto hogareño, reducirá la obesidad pedaleando todo el día”. Un colmo fue que el famoso retrato de la madre del pintor Whistler apareció en carteles y anuncios publicitarios mostrando a la señora sosteniendo entre las manos una botella de refresco de marca archiconocida.

Después de quebrar vitrinas y dar paraguazos a comerciantes, miss Anna Jarvis se puso de nuevo en campaña contra esa impía comercialización, y tal vez hasta quiso sacar patente de su invento pero ya era tarde: lo habían hecho “patrimonio universal”.

Y dos días antes del 10 de mayo de 1944, la revista News Week localizaba a miss Anna, de 83 años, arruinada y casi ciega, en un hospital público de Pensilvania, donde expiraba ofreciendo a todos un puñado de blancos clavelitos de celuloide.