Carta de Esmógico City

Donde se habla del robo del otoño y la caída de las narices

El cronista empieza a sentirse encolerizado una vez más por el llamado cambio climático que está alterando el orden natural.

Brrrrrr (eufonema que pretende ser el del escalofrío). La habitación en la que el cronista teclea su carta esmogiquense del martes para el miércoles (traslape en el tiempo aún vigente en algunos casos del periodismo de papel, por muy modernizado que éste pretenda ser en competencia con los aparatos electrónicos) está orientada hacia el norte, de modo que es la más fría de la casa, y se diría que en ella el otoño es un avance del invierno. Por ello el cronista, aunque todavía no teme que la nariz se le congele y se le caiga de la cara como una pequeña estalactita de hielo, empieza a sentirse encolerizado una vez más por el llamado cambio climático que está alterando el orden natural (y según algunos también divino) de las estaciones del año.

No se vale, ciudadanos, y reflexionemos. Todos hemos consentido en que nos fuese robado el verano, estación sumamente placentera, y ahora estamos consintiendo en que nos roben el otoño, estación templada muy propicia para los paseos románticos y por eso también muy placentera.

Nadie se ría, por favor. El cronista considera a la nariz más importante que el paladar, porque es en realidad la nariz y no el llamado paladar la que realmente “paladea”, es decir nos permite saborear los papadzules yucatecos o el cocido madrileño o los chongos morelianos o el queso de Cabrales o un vino tinto francés o blanco o alemán o español, y hasta un pulque de Apan, si todavía eso existe. Pero no se vale cargar a otros con la culpa de que estén cada vez más resultándonos poco posibles esos placeres. Todos hemos consentido el cambio climático, y el cronista, encolerizado consigo mismo, antes que con otros, por la adulteración del orden del clima, propone, no afiliarse a Green Peace, sino fundar una Green War con la que por lo menos nos calentemos y pongamos a salvo a nuestras narices.