Carta de Esmógico City

La gallarda Torre Latino/ y II

En los lejanos años de adolescencia del cronista, en aquellos en los que todavía echaba “volados” con neveros y merengueros e iba de un lado a otro de la capital mexicana tarareando swings y lanzando a las muchachas de estilo Esther Williams (pero vestidas, no en pieza de baño) el silbidito de “¡fuuuiiit fiuuuhhh!”, la Torre Latinoamericana, lo crea usted o no, aún era inexistente. En lugar de ella, en la esquina de Madero y San Juan de Letrán (que le faltaba mucho para ser el Eje Central Lázaro Cárdenas), estaba el hotel Guardiola con sus pocos pisos (tres o cuatro, o cinco, tal vez) y la cafetería Lady Baltymore, donde el escritor Francisco Pina invitó a quien aún no era el cronista, sino un periodista incipiente, a tomar un café-crema póstumo, pues dentro de unos días el bonito local desaparecería de allí y empezaría a ser sustituido por un “rascacielos” (según quizá aún se dice añadiendo el signo de comillas). Y así resulta que el cronista puede decir que vio “nacer” a la mencionada torre, pues el lugar era de muy frecuente paso para la generación del susodicho, y vio cómo iba creciendo en pisos de aluminio y de cristal hasta el día en que sería oficialmente inaugurada: el 30 de abril de 1956. Fue desde entonces y por décadas el edificio más alto de la ciudad feamente llamada México D.F., y a su piso culminante, el número 44, uno invitaba a las chamacas consideradas conquistables, ¡ay!, a contemplar desde la mayor altura (de entonces) el panorama casi entero de la ciudad capital, para que, inermes ellas por el asombro, se dejaran abrazar y besar.

Pero basta de anotaciones nostálgicas. El espléndido edificio rascador de cielos, hijo del talento arquitectonil e ingenieril de Alfonso González Paullada y Augusto H. Álvarez, el que fue el más alto de  Latinoamérica hasta que en 1976 lo sobrepasó el egolátricamente llamado Hotel de México, que ahora se apoda el World Trade Center, más el añadido de Ciudad de México (¡tan siquiera!), es, en compañía de la Torre Ejecutiva Pemex, una estructura de garantizada altísima resistencia al riesgo sísmico, y además sigue siendo un excelente mirador de la zona central de la Ciudad de México, tanto si  deseas asustarte del hormiguero humano pululante en la Plaza del Zócalo o pasear los ojos por la aún arbolada Alameda Central o gozar del palpitante alhajero de luces en que la noche transfigura a “nuestra” ciudad.