Carta de Esmógico City

¡Por fin, un poema al Metro!

El muchacho entró en un vagón del Metro (de la estación Coyoacán, Línea 3, la verde), se presentó como “poeta salvaje y por tanto incomprendido”, pero esto qué importaba, añadió, porque todos los días él escribía su poesía “entre íntima y citadina”—y se lanzó a decir o recitar o cantar en modo entrecortado (según el género del rap, supongo) el siguiente poema que dijo haber escrito esa mañana misma:

“Desventurados los que divisaron a una muchacha en el Metro/ y se enamoraron de golpe/ y la siguieron enloquecidos/ y la perdieron para siempre entre la multitud/ porque ellos serán condenados/ a vagar sin rumbo por las estaciones/ y a llorar con las canciones de amor/ que los músicos ambulantes entonan en los túneles/ y quizá el amor no es más que eso:/ una mujer o un hombre que desciende de un carro/ en cualquier estación del Metro/y resplandece unos segundos/ y se pierde en la noche sin nombre”.

Luego solicitó muy cortésmente la “aportación” de los pasajeros y descendió en la estación Eugenia.

Entusiasmado porque al fin hallaba lo que había buscado desde hacía años pero sin hallar gran cosa: buena poesía de cualquier lengua acerca del Metro, el cronista le había dado al muchacho una aportación generosa (según el estado del bolsillo del cronista), y el autor le había entregado una hojita impresa con el texto del poema, más un “¡gracias!” y el nombre del autor: Enrique Sánchez Cenobio.

Pero cuando el cronista le mostró el poema a Eugenio Olmedo, casi gimió al oír la respuesta del cultísimo amigo:

—No está mal, aunque no es para exaltarse. Además es un plagio. Lo hallarás tal vez en la Wikipedia. Es de un poeta chileno, un tal Hank o Hahn, más o menos de nuestra generación.

Y, sí, esa misma tarde el cronista halló en Wikipedia el poema y su autor: “Óscar Arturo Hahn Garcés (Iquique, 5 de julio de 1938), poeta, ensayista y crítico chileno, integrante de la generación literaria de los años 1960, Premio Nacional de Literatura.”

Pero al cronista, romanticón incorregible, el poema, quizá tan bueno como el mejor de los boleros o los tangos o los cantares flamencos, le parece que no solo es de Hahn, su primer autor, sino también del muchacho Enrique Sánchez Cenobio y de cualquier de los metronautas que lo hayan oído y leído con emoción (incluido el cronista, claro está).